“Sí, Lisa: papá es profesor”

profesor

Me tiene perplejo el “3+2”. Porque me parece inaudito que en este país (Larra-ModoON) sigamos siendo tan ineptos, cegatos y cazurros como para seguir no aplicando parches sucios sobre heridas sino dejando que estas sangren copiosamente; y que encima lo hagamos con el convencimiento de beneficiar la cura. Me cuesta creer en una democracia que cambia de ley educativa con cada legislatura, más por no confesos deseos revanchistas que para garantizar la validez, calidad y utilidad reales de nuestros títulos formativos más allá de la firma real en el diploma de la pared.

Y está claro que el plan de estos payasos ministeriales no es poner orden en la mal entendida “democratización” extrema de la educación universitaria que en cierta medida ha perjudicado al prestigio externo y la calidad interna de nuestro sistema; lo que pretenden es la elitización discriminatoria, la negación de la igualdad de oportunidades y el asentamiento definitivo del utilitarismo rancio y excluyente, que acentuará más la tónica actual del coleccionismo de títulos y la inutilidad de lo recibido, que no aprendido. Porque, por favor, no me hagan reír si pretenden modernizar la Universidad con medidas ya no arcaicas, sino insuficientes y creyentes dogmáticas en su falsa vanguardia.

El tema sigue en el aire. Y ese es el gran reto de la educación actual: ser relevante en un mundo donde el aprendizaje es público, desarrollado en comunidades virtuales. La enseñanza no puede basarse más en un saber acumulativo y transferible unidireccionalmente en clase magistral. Y no estamos listos: no sabemos recuperar a Sócrates a través de las cruciales nuevas tecnologías en las que el alumno desarrolla su vida cotidiana y de las que recibe conocimientos que sí le resultan útiles. Alabamos la arroba como quien hace ofrendas y sacrificios frente a cualquier altar mecánicamente, sin saber ni a quién reza ni qué significa e implica: su enorme capacidad de difusión, pero también su densidad y sobrecarga de información.

Aprender no es educar, como tampoco información es conocimiento. El futuro que nos viene encima no es brillante y prometedor, sino un reto aterrador. Cuanto más saber se alcanza con un clic, más se diluye la exclusividad académica. Luchemos, pues, contra la inmovilidad analógica y el papel del docente como guardián del saber oculto del santuario. El aprendizaje no ha de establecerse en base a la acumulación del conocimiento, sino en formas útiles, diferentes y eficaces de manejo y transmisión del mismo. El profesor no debe ser solo guía en la confusa marea de datos, sino también fomentador de curiosidad y perspectiva crítica ante esta realidad multimedia. No toda web es maestra, no toda la información pública es válida.

Sin embargo, aquí estamos. Como si asumiésemos inconscientemente que “con internet los críos se te educan solos”, y nos diese igual. Y ahora los de Humanidades nos encontramos con un nuevo capítulo en esta espantada esperpéntica, que devalúa todavía más nuestra compleja materia a unos irrisorios tres años de grado más dos de máster. Lo que conducirá únicamente a la reducción aún más drástica (como si el plan Bolonia no hubiese sido lo suficientemente desastroso en ese sentido) de la cantidad y calidad de los contenidos impartidos. Y al replanteamiento de unos programas docentes que aún no han asimilado la última reforma de hace apenas un lustro. Humanistas, bienvenidos al Gólgota: porque nosotros, en este birrioso sistema en el que malvivimos, no podemos ni siquiera gozar de oportunidades laborales sin un máster que nos permita simplemente presentarnos a una oposición, u optar a una beca de investigación. Ya que está claro que dar clases de español lo puede hacer cualquier mindundi de Villabotijos con máster extraordinario en coloquio de bar y técnicas docentes de la tertulia de sobremesa. Nos obligarán, por tanto, a pagar más por nada, por una reforma que pondrá arreglo a la base del problema: el que los conocimientos contemporáneos no tienen cabida en títulos y diplomas.

Tanto currículum (si acaso) como ostentan nuestros legítimos dirigentes, y no es sino muestra de nuestra sociedad. Hiperformada, pero incapaz de dar salidas profesionales útiles a la inversión estatal en educación, que queda en saco roto. Hambrienta de trabajar y formarse, pero arrojada a un sistema anticuado. Y, finalmente, obligada a asumir el cuento de la atemporalidad, inefabilidad e invencibilidad de la educación superior. Lo que perpetúa los malos comportamientos y los atascos metodológicos, y da pie a reformas desastrosas bajo la bandera (falsa) de la innovación. Total: un diploma nos llama universitarios, titulados, profesionales. Somos profesores, ¿verdad? Y qué más da lo que impartamos, o el cómo, o el porqué. Somos la autoridad en el conocimiento (corrijo: en este país, ni siquiera eso). Y qué bien nos quedan las coderas en la chaqueta. Incluso las de lana en chaqueta de cuero.

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