Mientras escribo | ¡Paren las rotativas!

Vía: hoy.es

Ha fallecido Ricardo Senabre. Descanse en paz. Primer decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, admirado profesor de muchos de mis profesores, y reconocido docente e investigador. Mis únicos (y escasos) contactos con él no han pasado de una excelente edición de Martes de Carnaval, algunos artículos y, sobre todo, una más que interesante charla que impartió en el Salón de Actos de la Biblioteca Central de Cáceres, a finales de 2012.

No es que estuviese de acuerdo con todo lo que el profesor Senabre afirmó durante aquella conferencia, en la que denunció una serie de malos usos lingüísticos que atentaban contra la norma académica. Discrepo con lo que me pareció una manifiesta adulación por la supuesta sacralidad de la Academia, menospreciando del verdadero motor de la norma social lingüística (su uso cotidiano); me quedo, eso sí, con su preciosa declaración de que el único modo de aprender a Escribir consiste en la práctica compulsiva, diaria, para llenar cajones con pruebas solo útiles como entrenamiento y no como potencial publicación.

Estos dos temas vinieron a cuento con una pequeñita puya que recalcó varias veces, y que irónicamente constataba un tópico que en cuatro años de carrera -y lo que me queda- no me ha abandonado: la tirria visceral de los filólogos hacia los periodistas. Me interesaría saber si es recíproca. En cualquier caso, suele ir más allá del necesario análisis objetivo de una realidad: los usos lingüísticos del periodista, sin más, en sus ámbitos oral y escrito, y asentados como marca de identidad. Un análisis, sin embargo, que suele volverse crítico.

Al principio, quise estudiar Periodismo. Diversos avatares me hicieron replanteármelo: finalmente, escogí Filología Hispánica. No me arrepiento. Recuerdo que mi primer trabajo durante la carrera, de hecho, fue un análisis de los rasgos y fallos del lenguaje periodístico a partir de ciertos estudios de Lázaro Carreter. Una lingüista faro de una especie en peligro de extinción: el periodista literato. Aún hay Universidades que imparten másteres en esta especialidad. Aunque los cursaría encantado, me temo que se trata de una rama en extinción. Si bien el periodismo comienza como hijo de la literatura (y qué placer es leer los diarios del XIX, en los que aún no había competencias definidas y exclusivas), con el tiempo se desteta.

En los países bajo Academia de lengua, carecemos del concepto de un periodismo al estilo británico: fuente de autoridad, no solo como transmisor de verdades sino también como instaurador de normas cultas de habla y escritura. Lo que no significa que hayamos ignorado el poder homogeneizador de la prensa nacional: ahí teníamos en el siglo pasado la imposición de un castellano neutro y correcto en redactores impolutos y locutores de perfecta pronunciación. Algo que ahora nos resulta inconcebible.

Ahí, en una permisividad extrema de los usos lingüísticos, residiría el problema, sustento de esta crítica. Listar aquí los errores garrafales de ciertos (muchos, por desgracia) periodistas sería una pesada labor de investigación filológica. Baste decir que el abuso de muletillas, las patadas a la semántica, la sintaxis retorcida y la desastrosa ortografía son considerados rasgos inequívocos de buena parte de nuestra prensa generalista. Y no lo niego: basta consultar cualquier medio para llevarse inútilmente las manos a la cabeza. Asistimos muchas veces al triunfo de la incorrección lingüística, la burda chabacanería y, en fin, la humillante mediocridad.

Pero seamos cautos. Dentro de mi campo, deberíamos ser capaces de abstraer el objeto de estudio, y situar el texto periodístico dentro de su propia dinámica comunicativa y social. Porque díganme qué sentido tiene la crítica furibunda hacia aquellos usos lingüísticos no incorrectos per se, sino necesarios en un medio que, aceptémoslo, ya no es literatura: que busca informar, no narrar; que precisa de una comprensión inmediata, no pausada; y que goza de multitud de registros, géneros y vertientes, y cada uno con su propio lenguaje. El paradigma cambió hace mucho.

No compensa reducir este panorama en un escueto y estereotipado “el periodista es un filólogo frustrado”, que proclamamos convencidos desde nuestro aislado palacio de marfil. Lo que no quita que abunden los periodistas pseudo-literatos, sabiondos y expertillos. Que me repatea su orgullo imbécil e inconsciente. Y que escriben terriblemente mal. Es imperdonable. Somos todos gente de Letras: periodistas y filólogos, docentes e informadores, columnistas e investigadores. Todo atentado contra las mismas trasciende esta limitada polémica. Cuánto necesitaríamos ponernos de acuerdo: periodistas, para entender el texto como entidad más allá de lo escrito; filólogos, para aprender de la inmediatez, autoridad y eficacia mediática de la prensa.

Respeto las palabras del profesor Senabre, aquel lejano día de 2012. Esto que he escrito hoy son mis tardías puntualizaciones. Sí comparto su evocación nostálgica a la prensa literaria: es, tal vez, mi única vía si alguna vez tengo la suerte de entrar en el mundo de las rotativas. Poder desgranar los entresijos y posibilidades estilísticas del lenguaje, para informar y opinar pero a la vez deleitar. Envidio muchísimo a los columnistas. Envidio a quienes controlan la imposible marea de la información. Y admiro a quien se toma su profesión en serio, arriesga por la necesaria defensa de la verdad, y trabaja con eficacia, objetividad, espíritu crítico y corrección lingüística. Cosas que le pediría, fíjense, a cualquier trabajador. No es todo una cuestión de Letras; no es todo una ramificación más de una polémica insípida.


PD: el fotograma que ilustra esta entrada es de la película Primera plana (The Front Page), de Billy Wilder. Absoluta obra maestra. De nada.

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