¿Por qué nos caemos? | El pozo de Lázaro

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-No temes a la muerte. Crees que esto te hace más fuerte. Y te debilita.
-¿Por qué?
-¿Cómo podrías moverte más rápido, luchar más tiempo de lo que es posible sin el impulso más fuerte del espíritu: el miedo a la muerte?
-Temo a la muerte. Temo morir aquí, mientras mi ciudad arde, y no hay nadie para salvarla.

El dolor es una constante a lo largo del desafío del Hombre Murciélago. Dolor mental, causado principalmente por la desgarradora pérdida de los seres queridos. Pero también dolor físico: cicatrices, quemaduras, secuelas externas de impactante atractivo estético que parecen materializar en lo corporal el sentimiento interno. También son una suerte de marcas individualizadoras del sujeto, traslaciones físicas de su propia condición interna de “locos, bichos raros, monstruos”. Víctimas del sistema, al fin y al cabo, y por tanto imposibles de afrontar en los términos de lo cotidiano.

Bane es la última y más poderosa pieza que juega la oscuridad en el desafío que ha atormentado a Bruce desde niño. El concepto de la escalada llega a sus últimas cotas de pura maldad en un villano que reúne todos los requisitos necesarios: una traba física que no solamente le confiere un aspecto amenazador, sino que también limita su voluntad y su propia fuerza física; una génesis basada en el miedo a la pérdida y azuzada por el sacrificio personal; un código moral estricto y sólido, pero enormemente limitado por su negativa reincidente a ampliar miras; y, a fin de cuentas, su condición de nuevo agente del miedo, materialización del temor humano a la pérdida, la derrota, la muerte.

Este último capítulo de la gesta del héroe ha de remitir necesariamente a conceptos atávicos: vida y muerte, génesis y apocalipsis, origen y revelación. Y puesto que la violenta irrupción de Bane es un choque frontal contra un reflejo deformado, la reacción del héroe supone afrontar un decisivo careo con la muerte para reafirmar la pertinencia de la elección moral que tomó en el momento de asumir el miedo como protección y estandarte. El conflicto entre Bane y Batman plasma la violenta oposición entre dos visiones irreconciliables del mundo. Frente al relativismo del Joker, Bane actúa en términos estancos de blanco y negro, y utiliza los grises para confundir a la débil ciudadanía gothamita. Y por eso Batman debe contraatacar en los mismos términos.

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No es casualidad que la trilogía culmine con un descenso al infierno: adentrarse en el Hades significa morir instantáneamente, de modo que regresar es toda una hazaña que demuestra que somos más fuertes que el fatal último destino, tal vez no tan inevitable. En ese sentido, el impacto de la muerte de Rachel, ligazón que unía a Bruce con una infancia aún no superada, es demasiado doloroso. Aunque sus intenciones eran nobles, ha malinterpretado el alcance del peligro en el desafío y ha perdido el último asalto, supliendo su carencia con una necesaria mentira institucional. Sin embargo, y pese a que la verdad no siempre es suficiente, el engaño no deja de ser un error inestable que compromete la sacralidad del símbolo.

Por eso la fosa responde irónicamente a los deseos de Bruce para que el sistema se hunda y gozar así de una excusa para retomar el hábito del murciélago: lo único que le hace sentir útil, vivo. El objetivo de Bane es anular el entrenamiento de Bruce, y devolverle a un estado previo de indefensión, inseguridad y pánico ante la muerte. Sin embargo, al romperle la espalda le está dando, sin saberlo, lo último que necesitaba para completar su desarrollo heroico: el dolor físico; la certeza absoluta de la corporalidad, la finitud. El Pozo, por tanto, es un recurso precioso como conductor de la reflexión y el autodescubrimiento, al lograr que Bruce desee la muerte, cercana a él como nunca antes. El juego de identidades y máscaras, de por sí complejo, se vuelve sorprendentemente simple ante los verdaderos constituyentes existenciales del desafío del miedo.

Cuando se ha perdido todo menos la vida, e incluso desprenderse de esta podría servir para triunfar, entonces el héroe está plenamente configurado. Porque esa es la verdera enseñanza del desafío, el arma definitiva que solo se puede obtener al final del camino: el miedo a la muerte solo puede combatirse con justicia; la justicia queda puesta en entredicho con el caos; el caos solo puede derrotarse con esperanza. Tener fe en futuros mejores, mantener la ilusión por vivir hasta las últimas consecuencias. Bruce, finalmente, lo entiende. Y por eso mismo debe asegurar la continuidad su legado, para convertirlo en eterno.

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Encontramos una ciudad abocada al desastre, frustrada por una crisis económica que revela los límites del estado de bienestar, motivada por una preocupante falta de confianza hacia las instituciones democráticas e impulsada irónicamente por su propio sentimiento tergiversado de justicia social, política y moral. Joker tenía razón: a la menor señal de cambio, Gotham se viene abajo y los ciudadanos ignoran la supuesta pertinencia el código legal comunitario, dominados por su irracional instinto de revancha o por el miedo. Ello obliga a los dos paladines del conflicto, los únicos capaces de afrontarlo, a fortalecerse en sus posiciones morales, asumidas ahora sin ningún titubeo.

Y en un relato que convenientemente se cierra reforzando su tesis sobre la herencia como forma de trascendencia, Blake es el candidato ideal para retomar el manto del símbolo y perpetuarlo, otorgándole así inmortalidad: canalizando la propia necesidad social de simbología, de fuerzas reinstauradoras del orden básico y primigenio. Al contrario que Dent, sujeto a las pasiones desatadas, Blake es otra víctima de las injusticias de la vida. Sus padres fueron también fueron asesinados por tipos ahogados por la crisis y la desesperación: los mismos que ahora sumen a Gotham en el caos. No teme a los murciélagos como Bruce, pero ello no es un escollo sino quen viene a demostrar la necesaria mutabilidad potencial del símbolo. El nuevo Batman lo será por completo.

Y el símbolo renace. Como figura purificadora del tormento y la obsesión de Bruce Wayne; como héroe legendario que derrota a los fantasmas internos de toda una ciudadanía; y, sobre todo, como punto de inflexión, guía mítico que se perpetúa en acciones proyectadas hacia el futuro y legitimadas por una serie de enseñanzas que revelan la existencia de un orden superior de las cosas. Ahí residiría el verdadero equilibrio del mundo: en bandos antagónicos que se alternan en la supremacía, y en la necesidad que tenemos como seres humanos de depositar nuestra confianza en el único extremo capaz de crear, crecer, ascender: el luminoso. Aunque para ello sea necesario probar el reverso oscuro, afrontarlo y superarlo: aunque haya que destruir, humillarse y descender. Y sufrir, y temer, para luego poder librarse, al fin, del miedo.

 


Análisis de la trilogía El Caballero Oscuro:

1. Resucitando al murciélago.

2. El desafío del miedo.

3. La seducción del caos.

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