Ascenso al reino de un sol arcano (I)

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Tras años de silencio, decidieron despertar.

Dead Can Dance es el caso paradigmático de música minoritaria que se vuelve de culto. Sus conciertos tienen la extraña cualidad de llenar auditorios con público que no duda en estallar en silbidos, aplausos y otras muestras de desinhibido fervor más propios de grandes estrellas de rock, comprometiendo lo sobrecogedor de los sonidos que Lisa Gerrard y Brendan Perry desgranan de su repertorio; ambos, insustituibles miembros de este Jano que mira al pasado y al futuro, hacia el público y ellos mismos. Ella, un auténtico monstruo de voz ora de ultratumba, ora enternecedora; él, maestro en la construcción de paisajes fascinantemente decadentes. Un dúo difícil de digerir, precisamente porque detrás de su repelente fachada esconden un fastuoso aparato sonoro, instrumental y conceptual: de músicos que han desnudado a la música de todos sus disfraces y envoltorios, y se han formado en sus constituyentes más puros para elaborar con ellos un estilo personal, único e inimitable. Algo solo al alcance de unos pocos.

En su música, y he aquí el hallazgo más importante que en ellos encuentro y por lo que se han convertido en uno de mis grupos de cabecera, me replanteo el tiempo mismo. No solo por la más que meritoria labor de investigación y reformulación de motivos, esquemas e imaginarios antiguos a través de su filtro contemporáneo; sobre todo, porque el tiempo fluye por todos los recovecos de esta ecléctica construcción, extendiéndose en todas direcciones y configurando una discografía muy especial: donde los álbumes de estudio conforman solo un escaso tanto por ciento de la producción total, y las diferentes etapas de formación profesional de Lisa y Brendan son causa y consecuencia de circunstancias muy personales que tejen el tapiz sobre el que se plasmará la música. En Dead Can Dance el concepto de evolución artística se liga necesariamente al crecimiento y la madurez personales, volviéndose revelador.

En otras palabras, no podemos entender la música de Dead Can Dance si no es desde una perspectiva doble: la de grupo dependiente, como es natural, a las corrientes artísticas y necesidades comerciales de su tiempo; y la de una música de motivos recurrentes, donde todo permanece y se retoma para descubrir que siempre ha estado allí pero resulta sorprendentemente nuevo. En 2012 regresaron tras dieciséis años de silencio: momento perfecto para redescubrir que en este grupo todo, pese a diversas vicisitudes, parece anclado en un lugar sin lugar, un tiempo sin tiempo, donde los precedentes influyen y se perpetúan en sus continuadores, y los continuadores instauran reinterpretaciones de los precedentes. Donde cada disco, que ahora pasaré a comentar, es un eslabón más en una cadena cíclica de lecturas recíprocas.


 

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Me gusta escuchar sus dos primeros trabajos, Dead Can Dance (1984) y Spleen and Ideal (1985): en ellos encuentro frescura, ingenuidad y herencia directa de sonidos rock revolucionarios para su época. No es difícil imaginarse a Brendan y Lisa, pareja por aquel entonces, disfrutando de su labor como dos bohemios de manual, aireando pomposamente por doquier su intelectualidad elitista: esas letras barrocas, esas prepotentes portadas, esos abigarrados y pretenciosos conceptos… Música de adolescentes de amplia cultura pero aún mayor ambición. Dos discos fruto de la convivencia de dos genios muy distintos entre sí, y sin duda unidos por el sexo, el aprendizaje y la devota creencia en estar creando algo superior y nuevo.

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Y de pronto Within the Realm of a Dying Sun (1987) irrumpe como una violenta explosión, actuando cual revulsivo sobre un estilo que pronto, y quizá debido a su rabia, quedó desfasado. Atrás queda el rock gótico, es hora de explorar las vías complementarias de la “world music” tan en boga entonces. Muchos opinamos que Dead Can Dance como concepto, grupo reconocible (dentro de que es manifiestamente inaprensible), no surge hasta que en este disco no manifiesta una voz propia: paisajes de densa oscuridad, cánticos de sabor arcano, solemnidad aplastante. Una música hipnótica que parece hablar a lo inefable primigenio que todos guardamos dentro. Y dos caras de vinilo que ya anuncian la separación: una, compuesta por Brendan; otra, por Lisa.

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La ruptura amorosa entre ambos parece ser la clave: en el consecuente dolor de tal fractura, más aún si está asentada en términos intelectuales abstractos, encuentro el motivo de la desesperada experimentación que el dúo aborda desde entonces. The Serpent’s Egg (1989) es el disco más hermético, extraño y angustiante de su discografía: su escucha es una dura experiencia, un difícil trago de madurez e imprescindible contextualización. Debemos quedarnos con cómo se apropian de instrumentos olvidados, aprovechan la riqueza de las texturas sintetizadas, y explotan lo ritual y arcaico de los coros. Aion (1990), tal vez el disco más agradable de todos, también es un experimento necesario. Hay que regresar al caldo de cultivo de la música occidental, estudiar el eslabón entre la música pagana que se pierde en las brumas del tiempo y su recreación posterior en una civilización bajo la cruz. Tanto da que para ello haya que remitir al falso tópico homogeneizador que agrupa sin criterio el Medievo, el Renacimiento y lo áureo: lo importante es jugar.

 

 (Continúa)

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2 pensamientos en “Ascenso al reino de un sol arcano (I)

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