¿Por qué nos caemos? | Desmontando al murciélago

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El término “realismo” a veces es confuso y se usa arbitrariamente. […] Quería crear un mundo que fuese retratado de forma realista, en el que incluso pudiesen ocurrir sucesos extraños, y esta figura extraordinaria pudiese caminar por esas calles que tendrían el mismo peso y validez que las calles de cualquier otra película de acción. […] Para mí, todo giraba alrededor de hacer más especial al personaje. Si puedo creer en ese mundo porque lo reconozco y puedo figurarme a mí mismo caminando por esa calle, entonces cuando esta figura extraordinaria de Batman cae desde lo alto con esa apariencia tan teatral, eso será para mí mucho más excitante.

Christopher Nolan (Entrevista en Film Comment, noviembre/diciembre de 2012)

La épica necesita al mundo real. Para que un relato consiga calar en el público, necesita remitir a elementos con los que el receptor pueda sentirse identificado; cuánto más en el caso del héroe, depositario tradicional de nuestras inquietudes y anhelos colectivos. No ha de ser necesariamente un escenario localizable en un espacio y un tiempo concretos: lo fundamental es que el mundo que veamos representado en pantalla, lienzo o papel esté configurado con entidades, tanto materiales como abstractas, fácilmente reconocibles. Las mismas preguntas, los mismos objetos, los mismos caracteres que nos rodean.

Sin ánimo de querer comparar la trilogía de El Caballero Oscuro con los altos nombres de la narrativa, está claro que juega en sus mismos términos. Donde muchos (con todo su derecho, cómo no) dibujan mundos verosímiles pero evidentemente ficticios, Nolan se propone dar un paso adelante al plantearse la pertinencia del superhéroe en un mundo realista. Lógicamente, este propósito se tambalea desde su propio planteamiento: la fantasía jamás puede ser realista, y la ficción, aunque asiente sus pilares en la realidad, no puede aspirar más que a la verosimilitud. El espectador no puede ver comprometida su suspensión de la incredulidad: ante todo, el cine es creación de ficciones que sirvan de escape al día a día.

Sin embargo, la inquietud de Nolan es comprensible y hasta legítima. Frente al derrumbe de la civilización, él coloca al superhéroe: el icono de la pop prototípico sobre quien recae el sentimiento identitario nacional, comunitario y social de multitud de culturas. Extrae de las páginas de cómic el propio deseo popular de tener figuras incorruptibles, sobrehumanas y capacitadas para vencer siempre, y lo lleva a nuestra desesperada cotidianeidad, necesitada de amarrar una realidad cuestionable en términos más manejables: héroes y villanos, luz y oscuridad, Bien y Mal.

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Nolan está obsesionado con poner orden a un mundo que no podemos comprender. Este desasosiego le empuja a rebuscar allí donde se idealmente se esconden, agazapados, los constituyentes arquetípicos de nuestra mentalidad. Cree ciegamente en la firmeza incuestionable de los grandes sentimientos: el heroísmo, el sacrificio, el amor. Hasta las certezas tradicionales, la vida y la muerte, pueden ser refutadas en lo único que, según Nolan, es más fuerte que la propia realidad, subyace bajo su piel y adquiere completo sentido sobre ella, transformada a través de nuestros conceptos e ideales en algo superior: la voluntad humana.

La trilogía, en su conjunto, es coherente en su herramienta base: la escalada. Desde el optimismo, la ingenuidad y la inocencia de Batman Begins, más pegada a la estética cómic y a las expectativas de la audiencia hacia el género, pasamos a la insoportable tensión de El Caballero Oscuro, planteada como un thriller de corte académico aunque hinchado de testosterona y artificios. Esta angustia se traslada directamente a El Caballero Oscuro renace, un relato de guerra total y de asentamiento de los principios temáticos que configuran esta trilogía. El círculo se cierra, las referencias cruzadas hacia episodios previos se multiplican, y todo puede leerse como un bloque compacto bajo el constante esfuerzo de mantener la cohesión a toda costa.

Lo que no evita que los deslices sean más evidentes, sobre todo a medida que las piezas tienen que ir encajando para levantar el acto final. En una saga preocupada por los términos del heroísmo puro, la superación personal y la trascendencia de las limitaciones humanas, resulta decepcionante que se apueste en el desenlace por una solución abrupta y precipitada. El largo y tormentoso periplo de Bruce, que le ha hecho enfrentarse a la muerte en tres ocasiones y aprender a superar sus miedos y confiar en su propio poder, requería una solución más sucia, menos mecanizada: un Batman cansado, pero al fin consciente de su trascendencia, que con sus pocos recursos puramente físicos y mentales derrota al Mal; un símbolo puro, sin tanto artefacto de “hombre de privilegios”.

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Pero donde otros arrojarían al héroe al fracaso, derrotado por las irrevocables fuerzas naturales a las que estamos sometidos, Nolan prefiere una visión más humana y optimista: acepta la posibilidad del triunfo. Porque cree en los héroes: confía en ellos porque son, a su juicio, sostenes de una visión del mundo sencilla, ordenadores de una realidad demasiado perdida en constructos ideológicos. Solo el héroe, puro e imperturbable desde su génesis, puede servir de fuente de inspiración a la sociedad aterrada ante el vacío. Para Nolan, Batman no es un ser humano sino un símbolo; y aunque el ser humano sufre y se desgasta, lo obsesivo de su cruzada no tiene por qué implicar la fusión total de lo abstracto y lo concreto, de su disfraz y su identidad real.

Lejos del debate sobre si los resultados compensan tanta ambición (debate extensible a toda su filmografía), lo que de verdad podría perdurar de esta trilogía no es solo su atractivo como entretenimiento palomitero. Ante todo, las dinámicas del género no hacen sino confirmar la unicidad de esta aproximación tanto al mito del Hombre Murciélago como a las tendencias del cine superheroico. El propio propósito de Nolan de dar empaque a los relatos de héroes en mallas no es nuevo, no reformula sus constituyentes básicos y puede ser tachado de pretencioso: pero es el primer intento en el ámbito cinematográfico blockbuster, remite a influencias fácilmente rastreables pero que aún esperan al momento de ser descubiertas, y, más importante aún, resiste el paso del tiempo.

Los grandes temas demuestran, una vez más, tener cabida en el terreno de lo popular, del que en realidad jamás se han marchado. Las propias inquietudes de Nolan también encuentran cómodamente cobijo en un personaje de casi ochenta años. Todos los elementos encajan: la trilogía aún tiene mucho que contarnos. Solo nos queda esperar. Por ahora, apagaremos la bat-señal, cerraremos los ojos y confiaremos en que hay héroes allá fuera que nos protejan de cualquier mal. Héroes que nos enseñan a derrotar al miedo, aunque sea en la ficción. Nosotros, como niños que nunca han terminado de crecer, sabremos conservar esa ilusión, y trasladarla desde el relato hasta donde de verdad puede ayudarnos a sobrevivir: el mundo real.

 


Análisis de la trilogía El Caballero Oscuro:

1. Resucitando al murciélago.

2. El desafío del miedo.

3. La seducción del caos.

4. El pozo de Lázaro.

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2 pensamientos en “¿Por qué nos caemos? | Desmontando al murciélago

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