Dime, si puedes ver

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Una vez alguien me dijo, desde su total e irracional convencimiento, que si dentro del ejército-cuerpopolicial-unidadparamilitar-llámaloX su superior le ordenaba golpear a manifestantes pacíficos o atacar inocentes desarmados, lo haría gustoso, sin miramientos, sin hacer preguntas. Porque si estaba dentro de esos comandos no era para cuestionarse la moral de sus órdenes, sino para cumplirlas en pos de objetivos mucho mayores y abstractos: orden, paz, patria, familia, Dios.

American Sniper me hizo recordar esa desagradable conversación. En una escena, ante un soldado que se cuestiona el porqué de estar en Irak, Chris Kyle responde sin dudarlo: “porque existe el Mal, lo hemos visto aquí, y tenemos que destruirlo o vendrá a nuestro hogar”. Y un escalofrío recorre tu espalda cuando, a la vista del salvajismo que desfila en pantalla, comprendes que en la guerra no hay titubeos. Deseas ver muerto al bastardo yihaidista que taladra cráneos. Tanto da que tal personaje sea una reformulación maniquea. Ves al ISIS en las noticias todos los días, así que no hay manipulación. Clint Eastwood, por lo general nunca dado a las medias tintas, se desata rodando escenas pretendidamente truculentas, sin miramientos. Seguramente porque comprendía la polémica intrínseca a este cuestionable relato, y decididamente elaborado para abofetearnos en la cara y obligarnos a discutir.

Ante esto, dos interpretaciones: la gesta del guerrero que por hacer lo que debe ha de perder lo que más quiere, y la insensatez del soldado que por hacer lo que cree que debe acaba perdiendo lo que más quiere. Las diferencias son estremecedoras. En ambas, tanto da, subyace la idea del héroe: bien desde una perspectiva medieval que le obliga a despreciar lo material en pos de la gloria, bien desde otra posmoderna que se atreve a torpedear la pertinencia misma del ideal. Las dos funcionan.

Lo que no quita que American Sniper jamás cuestiona la guerra de Irak, como tampoco va más allá en la recreación negativa del auténtico Chris Kyle: un psicópata muy lejos del honor de la guerra (si es que eso existe), del “matar es como triste oficio, no afición”. Antes que eso, humaniza al demonio: nos coloca en su pellejo, nos anima a compadecernos de él y desear que triunfe en sus misiones. En ese sentido, las imágenes de archivo que llenan los créditos finales me devuelven a la realidad: las banderas, homenajes y alabanzas al francotirador asesinado me demuestran que podré gastar tinta y saliva, pero nunca llegaré a ninguna conclusión. Sencillamente, jamás podremos abarcar la terrible realidad tejana. Jamás procesaremos en toda su complejidad el hecho de que una interpretación de este biopic en clave de denuncia al héroe patrio solo está al alcance de unos pocos directores estadounidenses, al estilo de Oliver Stone. Y tampoco tengo prisa en intentar comprenderlo. Esto es otro mundo; esto es América.

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Como tampoco comprendemos una guerra: allí no hay ni buenos ni malos más que como definiciones de ideales trasnochados y consignas que basan su convencimiento y objetividad solo en su repetición incansable cual mantra, pero no en la realidad. Porque el campo de batalla es solo caos, sufrimiento y el horror. El instinto de supervivencia puesto a prueba, y la camaradería llevada a su último extremo. Y los ideales sublimados, como única fuerza de convencimiento para poder sobrellevar la omnipresencia de la muerte. No hay sentido. Yo tengo claro que siempre denunciaré los desmanes de todo ejército, pero nunca negaré que todo ejército queda justificado ante el peligro de ahí fuera. Y el peligro mata.

Sutil como propaganda, como crítica no se pilla los dedos. American Sniper va a lo básico. Es fácil que el paleto tejano medio se haya venido arriba con lo que ve como una exaltación patriótica. Que el espectador más cabal se estremezca ante la progresiva deshumanización del personaje. Que el crítico cuestione una película a la que aún le falta aún más mala leche. Porque cuando Clint parece desviarse hacia una posición, enseguida cambia, pero sin olvidarse en ningún momento de lo que quiere contar: que este francotirador era una máquina de matar, que en el proceso casi pierde a su familia, y que finalmente recibió honores de héroe en una sociedad que encumbra a sus soldados. Clint narra con pretendida objetividad; nosotros decidimos. Y por eso mismo es tan incómodo.

Últimamente el tema del integrismo islámico está muy presente: decapitaciones diarias, destrucción de patrimonio, amenazas a Occidente por el simple hecho de ser Occidente. También tenemos que aguantar la verborrea infantiloide de los generalistas, tanto los apocalípticos orgullosos de la consigna “moro bueno = moro muerto” como los new age abanderados de la tolerancia entre civilizaciones. Es muy difícil, ante semejante confusión, ante esta creciente sensación de inseguridad internacional, aplicar la necesaria diferenciación entre musulmán, árabe e Islam. Aunque es obligatorio conocer la cultura ajena para poder responder ante ella. Por desgracia, algunos confunden el conocimiento con la aceptación sin tapujos. Otros, aún peores, desprecian el Saber y prefieren quedarse en su cómoda posición fundamentalista pseudo-patriótica. No sé si American Sniper es una película necesaria, pero sí ilustra como pocas lo que nos viene encima: gobiernos necesitados de carne de cañón barata, de espíritu mártir y seso hueco. De gente ansiosa de morir, bajo la creencia de que eso les hará héroes. Y, sinceramente, esta posibilidad, esta desesperada y furiosa posibilidad, me da miedo.

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