“Por el mero placer de fabular” (II): maldito sea el péndulo

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Piensen en Oriente próximo durante durante los primeros siglos del cristianismo. La Palabra de Dios plasmada en una trinidad de lenguas, las deturpaciones y corrupciones textuales, la conjura de los setenta, las múltiples herejías. Dios fue más que uno y trino: fue Legión, y la distancia geográfica y la legitimidad de la escritura perpetuaron un terrible debate teológico. Den ahora un salto temporal, a las Cruzadas. A la turbulenta multicultural realidad de contacto y choque del cristianismo con las sectas orientales, fascinantes por sus transgresiones. Aquellos caballeros movidos por un imbatible ideal de fe que se aventuraban hacia las tierras desconocidas, cargadas de connotaciones fantásticas en su imaginario; y que, finalmente, no tenían otra opción que dejarse llevar para sobrevivir a situaciones límite, cuestionando sus principios y anulando la moral y la ley previas, movidos por un hambre insaciable de conocimientos.

De algún modo enlacé ambos conceptos, tan complejos, remitiendo a una imagen prototípica de Oriente que me tiene atrapado. Sobre todo, a raíz de la ya lejana lectura de la segunda novela de Eco: aquella que para muchos demostró que El nombre de la rosa fue un golpe de simple suerte, y para otros reafirmó la genialidad narrativa “posmoderna” del piamontés. El péndulo de Foucault. Novecientas páginas de terrible autocomplacencia, de un erudito que lleva sus fantasías y fetiches intelectuales hasta el extremo. Aquí la fábula es una falacia: Eco no hace más que convertir sus juegos en ficción; se transmuta en sus personajes de tal manera que el proceso de reelaboración de la Historia que realizan los tres protagonistas, intelectuales de Milán, no sea sino el mismo que él lleva a cabo al construir su particular conspiración novelada.

Ante esto, una incómoda conclusión: “ma gavte la nata”. Es esta una novela sobrehinchada, necesitada de algo fundamental a la narrativa, incluso cuando la vanguardia se vanaglorie de haber acabado con ello: la anécdota. El caos puede ser bello, pero a la belleza le pesa ser farragosa (que no sobrecargada). Y no he encontrado el “placer de fabular” en la lectura de los desvaríos de un sabio. Allí donde El nombre de la rosa triunfa, El péndulo de Foucault fracasa. Como tratado divulgativo del ocultismo a lo largo de la Historia es fascinante; como relato, es terrible. Comete el error de excederse en lo académico, en un tiempo en que la novela histórica ya se está asentando como género popular y la expectación general hacia la nueva novela de Eco es enorme.

Ahora bien, rebosa apasionante conocimiento entre toneladas de paja. Eco hila una ingente cantidad de datos con tan obsesiva meticulosidad erudita que cualquier imprecisión histórica se justifica, y es verosímil (más aún: es verdad) en este mundo cotidiano novelizado que parece esconder lo sobrenatural. Y entonces, cuando aceptamos su plausibilidad, hemos sido absorbidos por el Péndulo.

Ante todo, funciona como mordaz patada en la boca para todo crédulo. Miren las brillantes exposiciones de Lia: los significados ocultos del mundo en realidad responden a necesidades básicas de humanos débiles y asustadizos; las conspiraciones deben ser reanalizadas siempre siguiendo un proceso “ockhamiano”; y si preferimos la solución ininteligible es porque nuestra cultura remite a soluciones incomprensibles por naturaleza. El narrador demuestra su maestría en la sugestión antes que en la plasmación explícita, y dilapida la navaja de Ockham en el proceso. Y todo ensimismado por la “new age” de mercadillo debería leer este libro. Aunque sea a la fuerza. Porque yo no pongo en duda que tal vez haya fuerzas ocultas (hasta que no se demuestre lo contrario, me mantengo escéptico y crédulo al mismo tiempo), pero no creo que las revelen los libros de autoayuda o los siete coloridos humores ascendentes en la progresión brahámica de la Cábala judeomasónica. Por decir algo.

Todo para que finalmente la jugada de Eco sea un golpe maestro, y el mayor hallazgo de la novela (aunque no del todo original): apostar por un final lógico que nosotros inconscientemente hemos decidido ignorar para acogernos al misticismo de manual. No hay conspiraciones, no hay planos secretos, el ocultismo es una farsa. Y lo que nos queda, pese a su pesadez, es un interesante debate sobre el papel del lector en la lectura: manipulado por el autor, pero solo porque quiere entrar en su juego; en sus manos somos crédulos, estamos hambrientos de mitos; es el libro un pasaje a otro mundo, otro código, otra forma de ver la realidad, y Eco nos devuelve esta quimera deformada, para luego dejarnos solos en la insoportable levedad de la realidad. La fantasía novelada es necesaria, pero no cuando se convierte en obsesión. Eco, tan mordaz e insoportable como siempre, nos advierte de tal peligro, pero al mismo tiempo planta en nosotros tal obsesión. Y aquellos que podemos afirmar orgullosos que hemos “sobrevivido al Péndulo de Foucault” sabemos que, independientemente de que nos haya convencido o no como novela, nuestra vida como lectores no será nunca más la misma.

Y, sí, contiene una potencial y apasionante película de suspense en su interior. Pero me temo que es un imposible. Y me alivia: una adaptación tan perfectamente equilibrada como El nombre de la rosa es un milagro irrepetible. En pantalla, El péndulo de Foucault sería un infumable mamotreto.

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