Siendo como niños

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Toy Story es perfección. Así, de buenas a primeras, lo afirmo, me reafirmo e inicio un berrinche personal contra el anuncio de la cuarta parte. Innecesaria. Yo ya lo tengo claro: ignoraré este nuevo episodio. Suena más al cansino nuevo intento por establecer una otra franquicia consumista Disney (maldita senda Cars), sacrificando a cambio la por ahora tambaleante integridad de Pixar. Como cinéfilo, guardo con especial cariño y agradecimiento la oportunidad de haber disfrutado “in situ” y en directo de una de las mejores y más placenteras etapas del celuloide: Pixar, durante esa milagrosa escalada desde el año 2001 hasta 2010. Donde Monstruos S. A. emocionó, conmovió luego Buscando a Nemo; donde Los Increíbles sorprendió, Ratatouille encandiló; donde WALL-E superó un listón que parecía inammovible, UP conquistó al mundo. Y allí estaba yo, creciendo con ellos, acumulando auténticos tesoros que me hicieron descubrir los grandes temas de la vida y aprender que infantil no es sinónimo de estúpido; recopilé historias que no se han desgastado, sino enriquecido con las nuevas visitas; y supe con ellas qué era el Cine, y aumentó mi pasión por este Arte y mi ansia por saber más de él.

Y, cómo no, ahí está Toy Story: el faro guía que ha marcado a dos generaciones, ha prestigiado la cada vez la menos denostada animación y se ha convertido en una de las mejores muestras del cine como ente vivo simplemente por emular esa característica que nos convierte en seres humanos: envejecer, ser conscientes de ello, y tratar de ver más allá.

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Ya fue original la primera parte al presentarnos las escenas cotidianas de nuestro mundo desde la perspectiva de unos juguetes. Supuso un colosal experimento que el guión supo manejar para conseguir que apreciásemos otras escalas, otros peligros, otras mentalidades. Se planteaba un vínculo muy fuerte ente el mundo humano y el juguete, de tal manera que el niño desarrollaba su personalidad en la potencial fantasía que contienen los muñecos, y estos construían su sociedad como una réplica de quienes están por encima de ellos, en un mundo que ofrece tanto la calidez del hogar como el peligro atroz del exterior. Y comienza a establecerse una “mitología” con aspiraciones de futuro: en la estrecha amistad entre los dos líderes, o en las diferentes parejas sentimentales. Todos necesitan a alguien.

Superada la sorpresa del punto de vista, el segundo capítulo potenció las posibilidades de ese universo y llevó a sus juguetes a aventuras mayores: menos originales, pero más potentes; nuevos escenarios, mismas reglas. Y los guionistas, aún jóvenes, plasman un ejercicio de nostalgia de su propia infancia en los años 50. Adultos que juegan a ser niños, en un ejercicio en el que se atisba la necesidad de perdurar a través del orgulloso deseo de los juguetes de convertirse en piezas de museo, no solo plástico de usar y tirar. Frente a esto, la fidelidad devota al dueño. Los juguetes, salvo accidente, viven para siempre, y este es un terrible castigo si se vive en soledad. La compañía, sin embargo, es efímera: sobre el alegre final musical acecha la sombra de que el punto y final está sujeto al inevitable crecimiento de Andy. Y ojalá la eterna compañía de los amigos sea suficiente como para hacerle frente.

En el tercer capítulo, ya no hay hogar al que volver. El último sostén con la realidad -la fidelidad al dueño- también debe romperse. Y hay una fuerte dosis de realista determinismo en la vida de los juguetes, enfrentados también a las mismas vicisitudes humanas por acción de fuerzas que no pueden controlar, solo sufrir. Estre drama comienza con los juguetes recapacitando sobre el hecho de que son los únicos supervivientes: parte de la idea de que la vida es un cúmulo de desilusiones, gente que se va para siempre y gente que se queda, seres queridos que solo perviven en el débil recuerdo y otros, tus auténticos amigos, que no se separan de ti solo porque tienes la suerte de que el destino no se los ha llevado.

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La realidad se vuelve despiadada. Lotso no es como el Capataz, empujado a ser “villano” por su terror a la soledad: este oso amoroso sí está dispuesto a hacer el mal. Y en esta oscuridad (en aumento progresivo durante toda la trilogía) Pixar alcanza la madurez: porque admite los designios del ciclo de la vida, un continuo vaivén de finales y principios. Y lo hace dialogando directamente con nosotros, los que esperamos diez años para cerrar la saga. Todos necesitábamos crecer para ver. Incluso los guionistas: más viejos, padres o abuelos, otra perspectiva que fructifica en un relato irremediablemente maduro, reflexivo, crepuscular.

Pero que aún no ha perdido la inocencia infantil, el deseo de divertirse.

Y no interesa seguir mostrando cómo ven el mundo los juguetes. Ya sabemos que es un lugar hostil, y que el único refugio reside en el cariño de un niño. Una vez asimilado eso, solo nos queda la aventura. Pero esta vez con un marcado y poderosísimo mensaje: esta puede ser la última. El futuro es incierto.

Por suerte para todos, “los sueños cine son”. Pero atrevido y arriesgado: que no duda en hacerte asumir la felicidad de un desenlace triste. ¿Que nuestra juventud nos anula el derecho a la nostalgia? Yo creo que no. Tenemos todo el derecho del mundo a ser como niños. A mirar hacia atrás y redescubrir qué nos hizo aprender inconscientemente lo que tendríamos delante, lo que habríamos de vivir, y que no comprendimos hasta que nos ha tocado superarlo. Hablaba antes del Cine: es un sentimiento que no se encuentra en la sucesión de planos con banda sonora, sino en el relato que perdura. Toy Story, como trilogía, aún me hace reír a carcajadas y también llorar desconsolado. Siempre me encontraré con quien fui en estos juguetes, y sé que ellos seguirán conservando las claves de quién seré. Me enseñaron, ante todo, a jugar con el día a día. Aún sigo intentándolo.

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2 pensamientos en “Siendo como niños

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