Para este principio

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Como es tradición, la parrilla televisiva durante esta Semana Santa no ha defraudado. Lo que significa encontrarnos desde el peplum más chusquero hasta el telefilm más digno pese a sus escasos medios, pasando por unas pocas producciones sobresalientes junto a otras demasiado hinchadas en su prepotencia. Todas ellas, sin embargo, se enfrentan a lo mismo: la enorme dificultad que entraña acercarse a uno de los episodios más poderosos e indescifrables de toda nuestra Historia, perdido en una confusa maraña de 2000 años de tradición oral, transmisión escrita y cuestionable legitimación en el dogma. Es el relato fundacional más importante de Occidente, y al que muy pocos se han sabido acercar con la mente clara, sin ánimo ni de tergiversación ni de propagandismo. Veía el otro día, por ejemplo, The Inquiry (1986), película heredera del peplum tardío y trasnochado que trataba de reinterpretar la vida de Jesús de Nazaret cual investigación policial. Un planteamiento interesante y unas cuantas ideas muy potentes (impagable el “detective” que poco a poco se funde con el misterio irresoluble hasta el punto en que es confundido con el mismísimo Cristo) que se desperdician por culpa de una realización torpe y sin alma, y un guión que no comprende la trascendencia de lo que narra.

Por fortuna, entre tanta morralla fundamentalista o mojigata se encuentran las auténticas joyas: imperedeceras, únicas, testigos de momentos únicos en la forma de entender el modo de narrar. No se hacen ya películas como Ben-Hur, ni se harán. Ninguna de las palabras que pueda dedicarle en menos de dos páginas podrán hacerle justicia. Tristemente, puede que poco de lo que podamos decirle a las generaciones actuales (quién sabe si las venideras) sobre esta obra de Arte las preparará para procesar y reaccionar convenientemente ante uno de los relatos más profundos, conmovedores, gandiosos y épicos que el Cine ha conformado.

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Hay una sensación de grandiosidad en esta película muy pocas veces después superada: de cine hecho para perdurar, el espectáculo definitivo que resiste al enriquecerse con los revisionados (relecturas), pues son tantos los significados potenciales que encierra. Se nota en que haya una obertura y un intermedio para “rumiar” tranquilamente la épica; en sus osadas decisiones a la hora de abordar un larguísimo prólogo antes de los títulos de crédito o la sobrecogedora carrera de cuádrigas (de la que ya se ha desgranado demasiado, aunque no suficiente, su epicidad): ese instante en el que la insuperable perfección técnica se abraza a una de las más aterradoras amistades que ha dado el Cine, para a continuación dar paso al desenlace familiar más profundo que imaginar cabe, por intensidad dramática y relevancia histórica.

En Ben-Hur hay redención, despecho, amor, celos, venganza, revelación, purificación, odio, dolor, felicidad. Hasta el extremo. La pura maldad del injuriado Mesala hasta su último aliento. La humanidad de un Judá Ben-Hur que deambula entre el rencor y la compasión hasta que encuentra la paz. El desgarrador dolor de una madre y una hija que rechazan reencontrarse con su propio hijo y hermano, condenadas como están a ser parias de la sociedad, aisladas de todo contacto verbal o visual, y destinadas a ser continuamente conscientes de la prontitud de su muerte. Y, sobre todo, hay convicción en el anhelo de trascendencia, sentido a la vida y perdón de las faltas que manifiestan sus protagonistas en el acto final, cuando solo les queda aspirar a un más allá que sostenga una vida de infortunios.

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Y aunque no queramos creer en el relato cristiano, no podemos negar que la propia gesta de Ben-Hur, tanto en su vertiente vengativa como en la espiritual, tiene todos los elementos de los grandes relatos. Es poderosísimo el simple hecho de que Dios hecho mortal y siendo ejecutado cruelmente aproveche su último suspiro para compensar al hombre al que años atrás dio de beber, otorgándole así aliento para seguir viviendo, y que ahora responde también ofreciéndole agua al crucificado, en sus últimas horas en pie. Funciona como narración o como verdad de fe, como lo prefiramos. Y en ambas aprehende nuestra emoción y la agita hasta dejarla exhausta.

El factor religioso de esta película está ahí, y criticarlo sería cargar inútilmente contra el propio armazón narrativo de la trama. Que no ideológico. La línea es clara, aunque el envoltorio, sobre todo en los tiempos que corren, nos pueda llevar a la confusión. Pero donde esa actual corriente de cine neo-religioso ultraconservador americano está avasallando en los cómodos terrenos del panfleto autocomplaciente y destinado a una grey manipulable y ansiosa de oír (con palabras superfluas) los mismos dogmas que tiene ya resabidos, Ben-Hur es un milagro. Porque conmueve, pero no adoctrina; cree, pero no dogmatiza; predica, pero no catequiza. No vemos nunca el rostro de Jesús, y ninguna palabra sale de sus labios. Nosotros ponemos el mensaje.

Porque nosotros no somos la sociedad norteamericana cristiana a la que hablaba el general Wallace tras la Guerra Civil, ni el púlbico occidental que aún recordaba los horrores de la Guerra Mundial y miraba con ilusión, curiosidad o recelo el reciente estado de Israel. Descreemos en estos tiempos indefinibles, pero no por ello dejamos de hacernos preguntas. En los pequeños detalles, Wyler, Vidal y compañía demostraron su maestría al comprender que los grandes temas necesitaban menor ambición, porque hablaban por sí solos. El público de los años 50 no necesitaba ser adoctrinado; nosotros tampoco, si no queremos. Y el Cine perdura, ajeno a estas cuestiones porque está por encima de ellas. Ben-Hur aún tiene mucho en lo que podemos reflejarnos. Que así sea.

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