Mientras escribo | Apostillas a una Poética en curso

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Últimamente me cuesta leer. No solo porque he tenido que concentrarme en otros asuntos propios de la anti-lectura por placer (lo mismo me ha ocurrido con escribir), sino también porque me resulta difícil concentrarme en lo que quiero leer. La lectura fragmentada es propia del volumen impreso desde el momento en que complementamos el texto con párrafos, capítulos, índices y otros descansaderos y ordenadores. Lo que no es tan común es que el lanzarnos a una hora, dos, tres de lectura continuada se vuelva cada vez más complicado. Sin duda, la eclosión de nuevos medios de ocio ha apartado al libro de su posición privilegiada. Hay quienes, además, aseguran que esta sociedad del conocimiento disperso solo puede acceder a él también por fascículos. El reto, en este caso, está en retener tal cantidad de información inconexa, y establecer con ella relaciones, conclusiones y razonamientos. Quién sabe: a lo mejor me estoy dejando llevar por esa dinámica puzzle. O tal vez solo ande descentrado. En cualquier caso, leo unos pocos párrafos, me detengo, me meto en cualquier otro enredo, y después sigo leyendo. Y vuelta a distraerme.

Terminé hace poco la relectura de ese delicioso ensayito de Umberto Eco titulado Apostillas a “El nombre de la rosa”. Indispensable para todo aquel que quiera acercarse a una introducción básica y accesible (que no mascadita para parvulario) a cuestiones de narratología, teoría de la recepción, posmodernidad y posmodernismo, cultura de masas, metafísica y novela policial, y medievalismo, así como a una revisión y comentario de El nombre de la rosa a la luz de los trabajos de Eco en estos mismos campos. Revisión estéril y comentario insuficiente, pues solo aporta las claves pero no nos da las soluciones interpretativas a un texto con tantas puertas abiertas como cerradas. Eco es consciente de ello. Lo que no nos confiesa es que sus apostillas son vanas en otro sentido: en que el narrador siempre miente. Ningún narrador desgranará a la perfección y mínimo detalle los entresijos de su producción textual y sus múltiples significados contemporáneos (los futuros son, evidentemente, impredecibles): bien porque el autor nos deja a nosotros la responsabilidad de encontrarlos, bien porque prefiere escondérnoslos, bien porque los desconoce. En cualquier caso, reflexionar sobre la propia obra es una ficción asumida, que solo da como resultado aquello que el narrador consigue esquematizar o lo que prefiere exponer, y no necesariamente lo que es real.

Todo narrador (y aquí no hago distinciones entre bueno o malo, vanguardista o clásico, joven o viejo, académico o popular) debe desarrollar su propia poética. Entendámoslo como el estilo de narración que se adopta, encuadrado en un contexto compositivo determinado. A base de ensayo-prueba-error, de textos que maduran en cajones, de opiniones ajenas (todas válidas, pocas determinantes), de este eterno círculo visioso, llegamos a la conformación de unos rasgos exclusivos, fruto de la práctica, y listos pues para pasar a la conceptualización “a posteriori” y entrar en el terreno de la teoría. Podemos crearnos esos rasgos conscientemente, pueden ser fruto de la casualidad; podemos ser nosotros quienes teoricemos sobre ellos, pueden hacerlo otros: quién soy, y quién quiero que vean/crean que soy. Es igual: es irreversible, somos esclavos del qué haré-qué dirán. Y es un juego, es falso, es convencional ficción.

Encadenados así a la dictadura de la Poética, yo también aspiro a desarrollar la mía propia. Lastrado por las infinitas circunstancias que me hacen escribir como escribo, que unas veces exploto a conciencia (y con dejes de orgullo o propaganda), otras veces me vienen sin que me dé cuenta. La escritura es el escaparate, y me toca crear al personaje: qué partes de mí se convertirán en el “juntaletras”. No creo que sea capaz nunca de escribir un Código Da Vinci, unas Cincuenta sombras o el último fenómeno folletinesco a la altura de una Corín Tellado. Sencillamente, soy incapaz de adaptarme a esas reglas: mi modo de leer, escribir y narrar responde a otras inquietudes y aspira a distintos objetivos. Todo se reduciría, pues, a responder a los gustos del público o educar al público en sus gustos. Un debate que, si lo libramos de connotaciones paternalistas, tampoco podemos basar en una limitada concepción dualista de buena literatura frente a mala literatura, o narración limitada y acomodada frente a narración arriesgada y progresista. Son lenguajes diferentes, adaptados a concepciones de la escritura igual de legítimas. Pero no me quejo: intento escribir por placer, y para entretener fuera de efectismos (menos mal) o eficiencias (ahí tengo un problema).

Tengo la suerte de que no me faltan amigos con los que, al abrigo del café o caña, las palabras vuelan, desarrollando digresiones sobre cultura literaria, histórica y cinematográfica, o soluciones de barra a los problemas del mundo (son de rigor) de forma distendida y nunca petulante. Que nunca falten estos encuentros. Sobre todo, porque de ellos surge buena parte de las entradas de este blog: de esa maraña de opiniones cruzadas que acaba conformando un todo disforme que luego, más calmadamente y tras sucesivas reescrituras, aquí deposito. Me costará leer libros, pero intento “leer” de otras partes. Y, por supuesto, no paro de recoger información. Lo que no sé muchas veces es qué hacer con ella. Esa, al final, es mi poética: es la Poética. En identidades construidas con fragmentos ajenos. Ya no sé qué es mío y qué es ajeno de lo que escribo, cuánto he plagiado de otros y cuánto viene de libros que he leído sin leerlos; es imposible discernirlo a partir de esa confusión de palabras. Lo que no me exculpa, claro está.

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