Falsas apariencias

mosca

Breaking Bad. Episodio 3×10. 50 minutos en los que Walter White y Jesse Pinkman intentan matar a una mosca que se ha colado en el laboratorio de meta. Y nada más. Por supuesto, entramos en el empantanado territorio de la simbología: la mosca es un leitmotiv, cúmulo de todas las coincidencias y traumas de la serie, reflejo de su atormentado protagonista, punto e inflexión en el desarrollo del conflicto y premonición de lo que está por venir. Pero repito: una simple mosca. Aunque dirija un profesional como Rian Johnson, Bryan Cranston y Aaron Paul borden sus papeles, o el guión cuente con múltiples capas de profundidad. Son 50 malditos minutos para cargarse a un bicho. Para reincidir en que el protagonista “se vuelve malo”, aunque ya lo sabemos desde el título de la serie, capítulo 1, minuto 0. Qué frustración.

Hay más, cómo no. Nuestra perspectiva en este estudio de caso está incompleta si desconocemos que toda temporada de serie cuenta con mínimo un capítulo barato, de relleno, descansadero, recopilación de momentos anteriores: en suma, un “atasco narrativo” por motivos presupuestarios. He aquí entonces que “La mosca” cuenta solo con un par de escenarios, los personajes esenciales y una trama mínima. Y un episodio a priori inútil se convierte, a merced de un “conflicto” chocante, unos medios técnicos suficientes, un equipo artístico entregado y un guión redundantemente perfecto, en memorable. Se trabaja lo mejor posible con los pocos medios disponibles.

Y, desde esa perspectiva, me lanzo a la piscina. Retrocedamos 22 años: Jungla de cristal es una obra maestra del cine de acción. Y puesto que este género no tiene ninguna desventaja intrínseca con respecto a otros géneros “mayores” (entiéndase “académicos”, entiéndase “aburridos” cuando degeneran a su vertiente más fría y efectista), Jungla de cristal es también una de las grandes películas de la historia del cine. Tal vez no sea tan herejía colocar a John McLane al lado de Casablanca: son ámbitos distintos. El cine, después de 100 años, ha ganado el mismo estatus que cualquier otra manifestación artística, obtenida en su largo y complejo proceso de madurez: perspectiva histórica, y conversión en producto digno (y susceptible) de análisis.

Este medio exige tal proceso de contextualización. Ahora podemos tomar una película y abarcar su importancia canónica dentro de una dinámica de un género concreto. Eso nos arroja cintas que solo adquieren relevancia en su trascendencia: es decir, como elementos de una cadena. Ahí reside el clavo de oro de su ataúd: inmortalidad en su cristalización como producto académico, y no como relato que perdure en el tiempo con sus constituyentes lúdicos intactos, más allá de una admiración condicionada por lo que supuso antes que por lo que supone.

Jungla de cristal supone, en estos términos, la depuración total de sus limitaciones argumentales y expresivas. Terroristas contra policía. Tan aparentemente simple. Tan sorprendentemente compleja. Cuidada en sus planos, en su fotografía; única a la hora de humanizar a los personajes, cuadrar a un villano inolvidable y dar entidad a sus arquetipos; magistral a la hora de manejar los recursos e información de los que gozan o carecen los personajes, así como el espacio en el que se mueven y con el que interactúan; magnífica en un reparto de actores entregados al material. Deconstruye, en definitiva, el género, para explotar sus posibilidades y transformarlas en una película que (voluntariamente, supongo) se hace pasar por una estupidez hipertrofiada más. Hay un reloj de pulsera que motiva la resolución final del conflicto a la vez que metaforiza la superación de un trauma: un potente símbolo en una supuesta película palomitera del montón. ¿Ven de lo que hablo?

junglacristal

Vía: diehard.wikia.com

Al fin y al cabo, el cine no es más que narrar en imágenes. Como si fuese poco. Y ahí tenemos a McLane como prueba: sabe que arrasar en plan Rambo o Chuache implica morir. Ello no reduce el nivel de pirotecnia, pero sí la sitúa en un ambiente de verosimilitud anclado en la vulnerabilidad del héroe. Eso se agradece, aumenta la empatía. Eso, a día de hoy, sigue siendo un hallazgo. McLane sabe que las reglas son otras, que no puede bajar con el cadáver vestido de Santa Claus en el ascensor para a continuación ametrallar a lo loco. La película tarda media hora en presentar el primer tiro. La película, maldita sea, utiliza sus primeros diez minutos para presentarte y caracterizarte al héroe, sus limitaciones, habilidades y temores con solo un primer plano de la alianza y otro del oso de peluche, un rostro mareado, una conversación sobre moquetas y pies descalzos, y una pistola en la cartuchera. Eso, amigos, es narrar.

Hay que abordar, comprender y analizar el objeto de estudio según su contexto. Qué era el cine de acción en los 80. Qué cabía esperar de las aventuras de McLane en el rascacielos. Dónde acaba el tópico y empieza la innovación. Otros han hablado mucho mejor que yo sobre este aspecto, así que les doy la palabra. A mí solo me queda volver sobre mi planteamiento principal: Jungla de cristal continúa siendo uno de los engaños más elaborados del cine de tiros, sudor y cerveza. Tan bueno, que incluso a día de hoy nosotros, hijos suyos sin saberlo, ya lo hemos automatizado, y no nos sorprende. Pero ahí se mantiene, y por suerte, no solo como petulante obra de estudio: también sigue siendo igual de entretenida, tensa y divertida que en su estreno. Llegados hasta este punto, me dan igual sus tópicos: jefes incompetentes, malos malísimos, insultos a granel, disparos que nunca aciertan, y “resurrección” final del terrorista-europeo-cabreado. John McLane le desea buen viaje a Hans Gruber tras soplarle al cañón de su pistola. No se puede molar más.

 

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