Seamos heterónimos

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No hubo en toda la villa rivalidad más encarnizada que la que entablaron don Carlos de Solís y su mellizo, don Pedro. Como tales, fueron íntimos; como tales, fueron extraños. Juntos conocieron el solaz de la niñez, y la frialdad de la madurez. Sabía uno las flaquezas del otro, compartían el respeto hacia sus bondades, y se comprendían tanto como se repudiaban. Suya fue la perfecta semejanza, y cuanto más grande era esta, tanto igual su irreconciliable diferencia. […]

Ya ha salido el primer número de Heterónima, revista nacida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, que propone ser punto de encuentro de un grupito heterogéneo de alumnos y maestros con ánimo de juntar letras. Los temerosos primeros pasos y la comodidad de la experiencia, un hueco para lanzarse al mundo o para reafirmarse en la veteranía. Un necesario proyecto para dar voz en papel y pantalla a una hambrienta nueva generación de letristas, que por fin tenemos un rincón en nuestra casa donde dar salida a nuestro empeño de hacer algo con la pluma y la tecla, la tinta y el cursor, la creación y la crítica.

He tenido la oportunidad de poder colaborar en este primer número con un pequeño cuento. Mi puesta de largo, pues es este mi primer relato publicado. Y ahora de pronto esas cuatro páginas ya están expuestas, en una revista amparada por el nombre de la Facultad. Se lanza mi texto al mundo, y yo nada puedo hacer con él. De él, sin embargo, sí hice un experimento: y sea estas palabras de ahora una excusa o reacción desmedida ante una responsabilidad hacia el texto emancipado que otros ya pueden acoger, quiero comentar este cuento.

“Verdadera destreza”, se llama. Y no sé si he sido plenamente consciente de las decisiones que he tomado o me han conducido a darle forma. Como no podía ser de otro modo, la esgrima tenía que ser el centro del relato. Mi familia, la base (David, tranquilo, no quiero matarte; espero que sea recíproco). Y mi ciudad como el escenario (villa insufrible pero insustituible, escenario por tanto perfecto para un relato de desengaños). Y el Siglo de Oro el tiempo. Un escritor siempre habla sobre sus fantasmas (filias, manías, obsesiones) y deposita, voluntariamente o sin darse cuenta, su vida, tanto experiencias como actitudes, en lo que escribe. Y resulta que con este relato he vuelto a un estado previo de mi “viaje del escritor”: a cuando mi imaginación deambulaba por el Siglo de Oro, practicaba esgrima pensando en alatristes e inventaba leyendas para cada piedra de la Ciudad Monumental. No he dejado de hacerlo, pero ya no soy un adolescente: por ahora habito en el Medievo, he probado más aceros y miro el Casco Histórico como una ruina vieja. Y, pese a ello, la primera oportunidad que he tenido en toda mi vida de publicar un relato, la he aprovechado yendo hacia atrás, para continuar avanzando. Misterios de la vida. Ese ha sido el juego: el regresar sin preverlo a cuando escribir era divertido porque no buscaba mejorar. Ahora hay metaficción explícita, referencias pseudo-eruditas a libros antiguos y sentimientos tan intensos que no se pueden describir. Ahora quiero copiar, pero para encontrar mi propia voz. También es divertido.

Debo reconocer que Borges planeaba durante su composición, porque por coincidencia leí mucho del argentino mientras escribía: en mi objetivo de condensar el infinito en el breve espacio de pocos folios. También estuvieron Eco y Ende, lecturas que mantengo siempre, y sus conclusiones sobre el lector, el autor y la obra infinita que se alimenta de sus múltiples lecturas potenciales contenidas en su texto y su contexto. Y Lope y coetáneos, e imitadores como Pérez-Reverte, seguro que también los tuve presentes, pues encajaban como un guante en el ambiente escogido. Pero sobre todo busqué emplear mi propia voz, aún en construcción; remite a los escritores que necesariamente conforman mis enseñanzas, pero a los que no puedo ni siquiera emular. Grandes nombres, fuentes de oro a las que cito con involuntario orgullo… pero nada más. Al igual que para cualquier otro escritor, mis palabras son mías, y de nadie más.

Tal vez hubo un 20% de ideas previas, al más puro estilo Eco o Marsé, de comenzar a escribir sobre una imagen imaginada (valga la redundancia), una instantánea pintada hace mucho tiempo. También un 30% de inspiración, sobre todo en expresiones y sentencias “de sabor antiguo” que salieron solas. Y un 10% de asonancia inconsciente que está agazapada en mi subconsciente, cual sedimento formado tras eternas lecturas de teatro áureo y poesía medieval. El 40% restante, trabajo, borrado y corrección. Quién sabe si ese diálogo final que conforma mi cuento -mi juego-, ya definitivo al estar impreso y publicado, derivará tarde o temprano en un guión, un cuento más largo o una novela corta. Por ahora he firmado un experimento en la brevedad, la concisión y la fuerza plasmados en escenas potentes y autosuficientes. El lector ya juzgará si lo he logrado.

Etiquetado ya como “escritor” e “investigador” (un periódico no hace mucho me consideró “estudioso”, je), no tengo más que decir sobre mi parte. Ahora queda remitir a este primer número, ya disponible en la red y en versión física en hemerotecas y bibliotecas de la UEx. Me dispongo, al fin, a disfrutar tranquilamente de su contenido, de las aportaciones de maestros, compañeros y amigos que, estoy convencido, han conformado una revista sorprendente, sobresaliente y prometedora. Quedan muchos más heterónimos por venir: estoy ansioso por encontrármelo. Por lo que a mí respecta, reitero mi agradecimiento por haber tenido la suerte de formar parte de este grupo, y mi enhorabuena a los responsables del proyecto por haber llevado a buen puerto este reducto de opiniones, creaciones y alteridades. Que haya muchos más cuentos o artículos por venir, y que podamos leerlos. Y envainemos nuestras destrezas, dispuestas esta vez a no dejar morir…

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Un pensamiento en “Seamos heterónimos

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