Visto para sentencia

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Dará igual lo que suceda: que True Detective triunfe finalmente con su segunda temporada, que quede en un limbo de desinterés, o que fracase. Ya está condenada de antemano. Lo que me parece injusto.

Con la narración estrella de Nic Pizzolatto me ocurre que desconozco sus antecedentes televisivos en la ficción criminal europea (especialmente la nórdica), así como la estadounidense. Sé que el formato serial ha alcanzado la madurez en esta última década y media, sobre todo gracias al soporte de la televisión por cable, pero solo hasta ahora no he empezado a ver, y poco a poco, sus obras cumbre. A lo que sí he sido aficionado desde niño es a la literatura de detectives, misterios y crímenes, aunque hasta este año no he empezado a estudiar (Universidad mediante, y cuánto lo agradezco de veras) la configuración de tal género, su historia y evolución, y sus vías de aplicación intermedia.

En resumidas cuentas: no sé dónde colocar True Detective en la dinámica televisiva, y solo puedo aventurar a introducir hipótesis aisladas, nunca conclusiones, sobre su lugar en el género policial. Pero no toca hablar aquí de tales clasificaciones, sino de narrativa y recepción. Y por ello me apena ver dónde ha quedado una de las series revelación del año pasado, cómo se está prejuzgando su nueva entrega, y cuán injusto puede llegar a ser el mutable y caprichoso parecer del público.

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El problema, no obstante, va más allá de los premios, que no son sino la materialización de una tendencia: la victoria derrotó a True Detective; las expectativas fueron su irónico ataúd. Hablamos de una serie que hace apenas un año y medio colapsó la web de la HBO durante la emisión de su último capítulo; de una trama de investigación policial que congregó a las masas de fans que anotaban cada referencia subliminal, en lo argumental y visual, para predecir la conclusión del misterio. Y eso, en una serie tan densa como esta, heredera de tantísimas influencias, supuso un colosal ejercicio comunitario a nivel intertextual y transmedia. En otras palabras: en apenas dos meses, internet enloqueció y surgió un fenómeno instantáneo que, sorprendentemente, vio su burbuja pinchada con un inesperado capítulo final que trastocó las expectativas.

Porque True Detective jamás fue una serie policial: esta solo era la excusa argumental para sostener un abrumador estudio sobre la naturaleza humana, plasmada en la catarsis de dos magníficos personajes y en un escenario hipnótico. Fukunaga dirigió con maestría unos ambientes pantanosos que nos hicieron creer en la verosimilitud de lo sobrenatural, y Pizzolatto depositó fortísimos revulsivos metafísicos en un mundo tan cercano como aterrador. La investigación fue sencilla, esquemática y prototípica: las lecturas subyacentes, sin embargo, se multiplican, condensando cine, televisión, literatura, filosofía y religión en un poderoso y denso constructo audiovisual.

Ahora, la segunda temporada, tal vez consciente de que no podrá volver a jugar la carta del engaño (no al menos de la misma manera), tira por otros derroteros. Van tres capítulos, y la investigación policial copa todo el interés argumental; no podemos rastrear las influencias en busca de pistas para resolver el crimen, sobre todo porque la torpe y explícita dirección de Justin Lin ningunea este aspecto; y por ahora carecemos de personajes interesantes, o como mínimo tan complejos y atractivos como la pareja de detectives que se perdió en los pantanos de Luisiana. Por ahora, o bien Pizzolato y su equipo han perdido el norte, o bien se guardan un as bajo la manga y nada es lo que parece: pero a estas alturas, en la primera temporada, teníamos elementos que nos enganchaban, espacio donde asentar nuestras expectativas. Teníamos a Rust.

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Colin Farrel no es McConaughey. No lo necesita. Es la prueba definitiva de que esta serie se rige ahora por otras reglas. Antes, prometía; ahora, sugiere. Parece que recelo ante esta segunda temporada. No es así: simplemente, sé que si en su cuarto capítulo no ha ofrecido un asidero que demuestre que la historia avanza, acabaré decepcionado, y afrontaré los que quedan por compromiso antes que por placer. La primera temporada también tardó en arrancar (tres capítulos, ¿recuerdan?) antes de explotar: no estoy seguro de que con esta vaya a repetirse la jugada.

Y también, reconozcámoslo, nos hemos dejado arrastrar por la deriva. La misma que subestimó dónde era evidente que la primera temporada se podía tambalear: en su intensidad forzada, sus pretensiones “bigger than life”, su en ocasiones burda obsesión por lo sórdido. Todo eso ha vuelto, cristalizado ya como marca de personalidad de la serie. No lo veo motivo de crítica, sino cuestión de gusto personal y subjetivo. Cuando se sostiene que esta temporada es “diferente” a la anterior no es una vana excusa para no aceptar un mal producto: quiere decir que, en su -egocéntrico- empeño por separarse de lo anterior, Pizzolatto ha conservado las señas de identidad, aunque abanderando unos impredecibles derroteros narrativos. Antes, nos desconcertaba un desenlace imprevisible; ahora, el no saber qué nos quieren contar.

En ese sentido, True Detective ya ha perdido su batalla más importante: sobrevivir a sí misma. Tendemos a comentar todo, dar relevancia canónica a lo reciente, como si temiésemos perder el instante en la maraña justiciera del tiempo. Pues bien: si esta llega a ser la sentencia, yo me opongo a ella y delinquiré en desacato. Me gusta que True Detective intente montar su propio juego. Cansará su pomposidad, pero la acepto como rasgo inexcusable y diferenciador. Hablamos aquí de lo que la crítica denomina como “ficción criminal metafísica”: desde esos términos, esta serie aún tiene mucho por revelar. Y deseo que lo que resta de segunda temporada me devuelva las sensaciones que me produjo la primera: que finalmente estos tres capítulos, aunque más flojos que sus precedentes en cuanto a dirección y planificación argumental, sean solo una pista falsa. Esto no puede ser un policial al uso. Por eso me fascinó tanto esta serie, y querría que este sueño siguiese durando unos cuantos casos más.

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