Mago de las palabras

krahe

Como soy proclive a tirarme piedras sobre el propio tejado, ahí voy: podrá parecer que es esta una entrada oportunista, que aprovecha vil un triste momento para subir visitas y ahondar en la pena, sin aportar nada significativo a los panegíricos que hoy llenarán los medios. No soy tampoco el más indicado para subirme al carro de los condolientes: conocí tarde a Krahe, coincidiendo con mis años de carrera (que acabaron hace tan poco que parece ayer), y no puedo decir que haya sido un seguidor fiel, constante y veterano; no puedo estar orgulloso de conocerme todas sus letras, haber visto todas sus actuaciones, haber seguido todos sus conciertos. Por edad me perdí el fenómeno Mandrágora, la música íntima en local pequeño, las charlas en la barra de un bar. Lo que me llegó de sus canciones fue el reflejo de una época, un estado de ánimo, una crítica que ya era Historia, recuerdo: para mí el “cuervo ingenuo” es algo que fue, que no viví, que nunca sabré calibrar en su medida justa. El título de esta entrada no es ni siquiera mío, sino de un gran amigo, más bien hermano, que admiraba al cantautor mucho más que yo, y que por desgracia jamás ha podido verlo en directo.

Pero, pese al desconocimiento (que es culpa mía y de nadie más), Krahe estaba ahí. Uno de los mejores escritores de nuestro tiempo, sin rodeos. Todo autor que cultive con semejante ojo crítico y burlesco, tremendamente original, la sátira (¿o es la ironía?), y con una encomiable solidez a lo largo de décadas de carrera, aguantando el esfuerzo de numerosas giras; todo autor que se desenvuelva de forma tan extraordinaria en la poesía de verso libre o calculado, de comedia o de drama, que conmueva con el dolor de corazón o sacuda con la risa; todo autor que a día de hoy pueda estar orgulloso de haber colaborado a agrietar el terrible estancamiento moral, ideológico y cultural en el que estábamos ahogados hace no tantos años; todo autor que extrapole a su vida pública (e incluso privada, por lo que parece ser) su personaje hiriente aunque tranquilo, canalla aunque consecuente, despierto aunque parsimonioso; todo aquel que se mantenga firme en sus convicciones, sobre todo las artísticas, y asiente su nombre cincelándolo en el apoyo de incondicionales que jamás llenarán fríos estadios ni permitirán ganar los presuntuosos discos de platino; todo aquel que consiga todo esto, merece ser llamado genio de nuestro tiempo.

Krahe consiguió aunar en su música a varias generaciones diferentes, lo que en sí ya es un mérito que pocas veces alcanzamos a apreciar. Tuve la suerte de verle en directo en tres ocasiones, y en todas ellas era el centro, el gurú de abuelos, padres, jóvenes y hasta niños; llenaba con la misma facilidad un auditorio, un bar de copas, un salón de actos y un instituto. La primera vez, allá por 2013, en el Aula literaria “José María Valverde”. Krahe habló tras la peor presentación a la que he tenido y tendré el disgusto de asistir, fruto de la autoridad provincial de turno: pésima en su dicción y capacidad de oratoria, y datos recopilados a cascoporro sin orden ni concierto. Y, tras tantas pseudo alabanzas meritorias, tanta pantomima aduladora, Krahe solo respondió: “se te ha olvidado decir que tengo unas piernas muy bonitas”. Así, con sorna no falta de clase, ridiculizó a quien le introdujo, y se metió en el bolsillo a un público ya de por sí entregado. El resto de la charla fue pasotismo, mucha timidez, y ganas de terminar pronto, hay que reconocerlo: pero extendía ese aura de estar por encima de esa situación, de haberlo conseguido todo en esa vida que todos sabíamos ya en su recta final. La voz le fallaba al hablar y al cantar, olvidaba las letras, a veces perdía el ritmo. Pero eso daba igual, y en el fondo sabías, y las visitas a la hemeroteca te lo confirmaban, que siempre había sido así.

Conseguí su autógrafo en esa Aula, después de “afearle” que se hubiese burlado durante su charla de la profesión de filólogo: porque el perro de Ulises jamás hubiese podido vivir más de 20 años, y ahí Homero fracasaba, y Krahe, descubridor del fallo, triunfaba. No se lo tomó a mal, ni yo tampoco. Directamente, no le importó. Firmó, cumplió, y al bar. Lo mismo hizo tras aquel concierto, más formal, en el Gran Teatro de Cáceres, en 2014. Y durante el concierto, a sorbos de whisky entre verso y verso, en Salamanca, en enero de este año. Dos meses después volvió a Cáceres. Aunque tuve ganas de ir en un principio, pronto me desinflé. “Para qué”, me dije, “si le he visto hace nada”. Sí me lo crucé por la calle, instantes antes de que empezase su actuación, acompañado de sus músicos. Ni le paré, ni le deseé un inocuo “suerte, maestro”. Porque, “para qué”, me dije, “si no significará nada”. No fui al concierto. “Para qué”, me dije, “si habrá otra ocasión en el futuro”. Lo mismo me dije cuando Paco de Lucía vino a tocar a Badajoz, y por la razón que fuese no asistí. Negra casualidad.

Solo me queda lo de siempre: gracias. Por tu peculiar Odisea. Por tu versión de Marieta. Por las risas que me he echado siempre con el 2 de mayo. Y, sobre todo, por esas sábanas de seda, que llegaron a mí en el momento justo. Y por otras muchas más que ya conozco, y por todo lo que me quedará por descubrir. Ese es el mayor regalo: el futuro. Hasta siempre, mago de las palabras.

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