Ciudadanos, que Europa prospere

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Maldita sea. No tengáis miedo, generaciones futuras: las guerras intestinas europeas que estén por venir no se combatirán con fusiles y bombas, ni tampoco con piedras y palos. Será con bonos y capitales. Armas intangibles, teóricas e insustanciales, pero aún más peligrosas en el poder que les confieren sus nombres, que no sus acciones. Armas que siempre han estado detrás de todo conflicto bélico, es cierto, como verdadero y en ocasiones (más de las que nos gustaría aceptar) único motor de la violencia, por encima de ideologías y otras fachadas. El fusil y la piedra llevan a la asunción enfervorizada de la muerte; el bono, aún más dramático, a la resignación humillante ante la desigualdad. Un hongo sobre el cielo de Japón activó de una vez y para siempre el sentimiento europeo contrario al combate, que siempre hemos querido mantener al margen de nuestra utopía unitaria pacifista (valiente eufemismo o decisión cobarde; podemos discutirlo otro día): pero carecemos a día de hoy de un revulsivo que nos haga abrir los ojos y reaccionar ante el crimen de guerra de nuestro siglo. Cuando las maquinarias todopoderosas de una unión fallida son capaces de condenar a países enteros a la ruina total, sin pretender con ello un beneficio colectivo: simplemente un escarmiento.

No soy economista, me pierdo entre las mareantes cifras. Tampoco es que los que las manejan nos dejen claro qué demonios está ocurriendo. Tal vez jueguen a la desinformación calculada, lo que demuestra que nos han metido en un laberinto tan enrevesado en el que el Minotauro tiene todas las de ganar. Pero esta vez la bestia no tiene sangre helena: esta vez, Teseo pierde el hilo. Leí hace tiempo que nunca ha interesado una Grecia saneada y en plena potencia económica; me dijeron en su día que no se pretendía rescatar por completo al vilipendiado sector de los “cerdos” de Europa (los PIGS). Que siempre es necesario tener al vecino pobre, marginado y arruinado; sobre el que es más fácil vender una situación de caos descontrolado; a quien poner el ropaje de desprotegido para acogerlo más fácilmente en los brazos de acero teutones. Un “otro” junto al cual nuestras miserias, faltas y carencias (morales, políticas, monetarias, culturales) se vean minimizadas. Un “otro” sobre el que, para más inri, colgar la etiqueta de la austeridad merecida. Por años de indudable derroche público, de mentira institucional, de cobarde falsificación de datos. Pero que alguien me explique cómo es posible que nos estén adoctrinando con ese discurso del castigo justo, aunque sea desproporcionado: cómo nosotros, muchos tan amigos también de la jubilación sobre-anticipada, el horario laboral flexible, la subvención generosa y el trabajo relajado, podemos compartir esa atroz idea de que el suplicio de casi once millones de personas es un precio justo y necesario que podemos pagar tranquilamente para evitar el descalabro de toda una unión supuestamente política, en absoluto económica. Once millones que sucumbieron, presa algunos de su codicia, a los tiempos de bonanza, engañados a su vez por la avaricia de entidades financieras que, en sus altas esferas, no tenían nada que perder. Once millones que conforman una pérdida necesaria, en un inconcebible ejercicio de “especismo” humano, discriminador entre primeras y postreras clases.

Y mientras, aquí, no nos enteramos. Nos aturden castas y populismos que de la noche a la mañana pasan a ser amigos del alma, ciudadanos que se enorgullecen de cambiar solo de piel, uniones ideológicas que caen fruto de sus errores, y cobardes modificaciones de logotipo que no maquillan el fracaso de una nefasta forma de hacer política. Conocemos el voto de castigo, pero no el de renovación. Ojalá no me forzasen a creer que no estamos preparados para la democracia, que no nos han educado en lo que implica. Estos días, por desgracia, ha quedado claro que todo forma parte de la pantomima. En estos días, un país se ha acogido a la única salida posible para no derrumbarse, y pasa exclusivamente por la aceptación del insulto en la pandilla de abusones: ni siquiera nos dejan arriesgar con alguna alternativa en teoría más humanitaria. Hoy, la bofetada nos devuelve a una realidad en la que la dignidad no parece posible. No se puede, luchamos x un futuro engañoso, las propuestas en común no tienen fuerza, la sensatez no es justa, el cambio no une, no se progresa en este sucedáneo de democracia. Me gustaría saber si de verdad hemos llegado a disfrutarla alguna vez. Me da miedo la respuesta.

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