De dentro hacia fuera

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AVISO: revelo detalles argumentales de toda la película, incluido su desenlace.

Inside Out es otro milagro de Pixar. Ya era hora de reiniciar el ciclo y volver a la primera línea de batalla; esa desde la que se conquista Cannes y la crítica, y la taquilla sube como la espuma. La vanguardia desde la que se escribe la Historia. Ocurre que, en este caso, parece que hemos olvidado sus últimos baches creativos, y tal vez aceptemos que con Inside Out han vuelto a alcanzar el nivel de excelencia al que estábamos (mal) acostumbrados. Lo que puede llevarnos a error, y a “menospreciar” en cierto modo la que es, y lo digo desde ya, la película más completa, arriesgada y maravillosa de la compañía.

Porque, ante todo, viene a probar definitivamente que la “vejez” a Pixar le está sentando rematadamente bien: le otorga una riqueza indispensable en serenidad y conciencia plena en lo que significa vivir, así como herramientas narrativas cada vez más depuradas y efectivas, fruto de una imaginación inagotable que solo se toma merecidas vacaciones de vez en cuando. Wall-E ya nos hizo descubrir qué era el amor mudo, solo con un roce de manos; Up y Toy Story 3 nos educaron en la naturalidad de la muerte, solo con un álbum de fotos, una incineradora y una agridulce despedida. Pero Inside Out va mucho más allá: conforma 90 minutos de extraordinaria creatividad y concisión a la hora de abordar el complejo mundo de la mente humana (chúpate esa, Nolan). Si ya de por sí los sentimientos (alegría, tristeza, ira, asco, miedo) son conceptos artificiales del inaprehensible acto de pensar, el simple hecho de darles forma palpable animada lleva el constructo metafórico a un nivel superior. No es original ni innovador, pero sí arriesgado y encomiable. Inside Out es, en sí misma, un increíble aparato simbólico, lleno de muchísimas influencias, listo para ser desmenuzado.

Sorprende el desarrollo argumental en este delicado ejercicio de relato de aprendizaje concentrado. En apenas tres días (y unos cuantos flashback), de emociones unidimensionales pasamos a complejos recuerdos multicolores; de sentimientos líderes y subalternos, a un intercambio y reparto de roles; hay que demoler parques de atracciones preescolares y construir vampiros dramáticos y boy-bands. Crecer supone sacrificar los pilares de seguridad para establecer otros nuevos, olvidar miles de recuerdos irrelevantes y arrinconar otros en el necesario ostracismo de la memoria a “largo plazo”. Crecer, en definitiva, se puede ver retrospectivamente como una sucesión de vivencias clave, seleccionadas “a posteriori” por ese adorable quinteto de emociones: una necesaria biografía manipulada, aunque su fuente sea una sucesión de impactos emocionales. Imposible, de a poco que se conozca cómo se cree que funcionan la mente, la memoria, los sentimientos, no asombrarse con las soluciones que desarrolla Pixar para convertir lo abstracto en elemento narrativo. Imposible, si se tiene algo de nostalgia, no venirse abajo con el impacto emocional más necesario y crudo que he visto en una cinta de este estilo en mucho tiempo: Bing Bong (porque, demonios, yo no recuerdo siquiera si alguna vez tuve un amigo imaginario). Imposible, en fin, no aplaudir cuando nos damos cuenta de que, tal vez subconscientemente, Inside Out está inculcándoles a los pequeños una valiosísima lección: no pasa nada por sufrir, llorar.

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Me asombra la facilidad con la que Pixar demuestra, una vez más, una increíble lucidez a la hora de manejar conceptos y vivencias tan complejas como el paso de la infancia a la pubertad, y más aún que sea capaz de narrarlas con tanta facilidad para hacerlas pasar por una película de aventuras. Es algo en lo que ya estaban curtidos en experiencia; solo que esta vez la jugada no puede ser infantil. Su ambición va a más. Para los más pequeños, esto no pasará de ser un juego de plataformas, con niveles y personajes de nombres raros. Pero ninguno la entenderá. Pixar, por primera vez, nos ofrece su película más madura en su totalidad. No hay espacio para secuencias planificadas para los más pequeños, y en las que lo rasgos adultos no pasan de ser referencias culturales aisladas. Aquí, los pequeños se divierten; los mayores, disfrutan: este cuento va para ellos.

Para quienes, desde la posición de la experiencia, comprenden ya que la tristeza es una parte necesaria de la vida. Y miran a su alrededor, y se percatan de que todos los pequeños de la sala -quizá sus hermanos, quizá sus hijos- tendrán que pasar ese mal trago antes o después. No se puede evitar, no se debe minimizar. Pero la madurez no se entiende como la búsqueda continua de la mejor opción, ya que el optimismo exagerado puede derivar en ceguera: madurar, entre otros detalles, implica la aceptación no resignada de los sinsabores de la vida. Así ha de ser. De todos los momentos en el crecimiento de un niño, Pixar elige este. Crucial, necesario para soportar el peor trauma y la mejor experiencia de todas: dejar de ser niño.

Y si alguna vez vemos una secuela, dentro de unos cuantos años -cuando Riley pase la pubertad, llegue a la adolescencia o salte a la madurez; cuando sus “islas” de la mente adquieran verdaderas responsabilidades, necesite sobrevivir, le partan el corazón, tenga que elegir su propio futuro-, nosotros estaremos ahí, rodeados de los que entonces eran críos, y que ahora, con suerte, habrán comprendido lo que implicaba que aquella encantadora muñeca llamada Tristeza convirtiese los recuerdos alegres en tristes, del cálido dorado al frío azul; y que estuviese bien, y fuese un final, si no feliz, sí necesario. Y, tal vez, lloren tanto como algunos (muchos, por lo que leo) a los que Pixar, en el momento justo, nos ha vuelto a recordar lo que significa mirar atrás.

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Un pensamiento en “De dentro hacia fuera

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