De fuera hacia dentro

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El primer tráiler de Inside Out trajo consigo una polémica internauta que me dejó perplejo. Unos cuantos comentarios desgranaron punto por punto los supuestos desmanes ideológicos de una escena en apariencia inofensiva. Hija pequeña que vuelve abatida de un triste primer día de colegio; madre que intenta comprenderla y pide ayuda al padre; sentimientos de la madre vestidos con jersey de cuello alto, y de actitud afable y protectora, y necesitados de apoyo masculino; sentimientos del padre vestidos de riguroso traje, y distraídos pensando en el fútbol, carentes por tanto de empatía familiar; incomprensión, en fin, entre las tres partes, que culmina con un castigo a la hija. Y, de pronto, llueven broncas: es un ejemplo de machismo, heterosexismo, patriarcado y estereotipos sexistas; de roles arquetípicos y arcaicos, padre que trabaja, madre ama de casa, padre severo, madre cariñosa. Ausencia de “espacios transformadores”, decían. Pixar, por tanto, cúmulo de despropósitos ideológicos. Y yo, desde mi posición, atónito ante tanta morralla.

Y no es que deteste este tipo de polémicas. Es más, me encantan: las transiciones estéticas, las transgresiones ideológicas, las transformaciones culturales; todos aquellos movimientos de cuestionamiento de los modelos previos, en pos de actualizar conceptos estancados y prejuicios varios. Cuando el arte refleja una realidad cambiante, y ofrece alternativas a los esquemas una vez innovadores, ahora tradicionales. Pongo ejemplo: los movimientos sociales que se visten con etiquetas marginales (de raza, género, sexualidad, religión, política) para hacerse notar, hasta que su aceptación total lleva a la eliminación de tal distinción discriminatoria. Proceso largo y complicado, cierto, y es difícil precisar cuándo acaba, cuándo una minoría adquiere suficiente voz como para dejar de ser “no-normal”; normal, de norma, corriente, cotidiano.

Claro que soy consciente del enorme poder de influencia del arte. Lo estudio, quiero dedicarme a ello. Una película es mucho más que un modo de entretenimiento: de forma muy sutil, puede inculcarnos un modo de entender la vida y actuar en ella. Las imágenes de sociedad presentes en una película reflejan nuestro pensamiento, nuestra jerarquía, nuestra historia: son productos culturales, que extienden sus significados en múltiples ramificaciones. No puedo detenerme en esto. Solo quiero dejar claro que es mucho más fácil perpetuar modelos llamados “tradicionales” en películas que, como Inside Out, se ambientan en un entorno occidental, norteamericano, familia de padre y madre, roles de género marcados, tópicos varios que sostienen diversos gags para que los asimilemos mejor en su simpleza.

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Pero no por presentar estos modelos se suprime la pertinencia de los otros, y viceversa. Me explico. La lucha por la visibilidad de lo marginal no puede pasar por la supresión de la tradición que lo ha visto nacer. En un primer momento, la transformación transgresora tiene que definirse en oposición a lo preestablecido: raza negra no es raza blanca,  mujer no es hombre, homosexualidad no es heterosexualidad. Se trata de encontrar una identidad propia, pero para ello hay que partir en primer lugar de una base de la que tomar conceptos sobre los que definir la novedad que se quiere alcanzar. Luego ya llega la necesaria equiparación total, y el no es desaparece. Que a día de hoy sigamos exigiendo representaciones artísticas de estos modelos minoritarios refleja que aún no han conquistado de forma plena el último eslabón para su aceptación: la cultura. Siguen siendo vanguardia, opción selecta, cine independiente. Es necesario proteger y fomentar estas nuevas visiones, qué duda cabe. Pero si eso va en detrimento de las bases anteriores, ahora convertidas necesariamente en opciones, tenemos un problema: pues siguen estando ahí, siguen siendo realidad, pertinentes y aceptables. Solo hay que romper la hegemonía de la “tradición”, no eliminarla salvajemente: aún sigue siendo otro pilar más, hasta que se desatasque por completo.

Sería sorprendente, y deseable, llegar a ver en una película de animación a gran escala algunos de estos conceptos novedosos. Claro que ello aún choca con cierto condicionante empresarial: la conocida tendencia conservadora tanto de Disney como del público mayoritario occidental (nunca del todo aceptada). Lo que no quita que, en este largo proceso, haya que obligarse a tomar la iniciativa y romper unos cuantos esquemas. Inside Out no toma este camino. Pero tampoco lo necesita: suyo es el planteamiento de la comedia dramática, de la película familiar por excelencia, de una reflexión increíblemente certera y emotiva sobre el crecimiento y la madurez. Toma los preceptos que le convienen para asentar la aventura: preceptos que ya dejaron de ser hegemónicos para convertirse, sencillamente, en uno más. Padre y madre, niña, raza blanca, sociedad yanqui. Tópicos y estereotipos de los que se ríe porque tienen capacidad intrínseca para la parodia. No hay que sentar ninguna tesis para transformar la realidad, porque lo que nos muestra Inside Out sigue siendo esa realidad; deformada en algunas partes, pero para ello actúa la comedia, para hacernos recapacitar sobre las estupideces en las que somos capaces de caer. No todos los hombres piensan en fútbol, pero no pasa nada por reírse de ello; no todas las madres tienen por qué ser copias acogedoras de Diane Lane, pero podemos aprovechar el tópico para desarrollar un inofensivo chiste (y narrativamente efectivo).

Aunque tal vez me esté equivocando, y Pixar/Disney sea una forma perversa de perpetuar modelos desfasados y homogeneizadores: tal vez esta comedia haga admisibles, y por tanto única opción válida, aquellos modelos “tradicionales” que mejor deberían ser eliminados del mapa. Puede que este cine de animación sea una herramienta de adoctrinamiento para los más pequeños en la incomprensión y cerrazón de mentes. Quizá. O tal vez, me da a mí, por tanto ver fantasmas nos estemos pasando de la raya.

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