Paz en la colina

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Las obras creadas en condiciones emocionales extremas tienen un atractivo especial, casi morboso. Tal vez será porque en ellas nos reconocemos, en actitudes de desesperación que han conseguido materializarse en algo tan hermoso como inútil: el arte. Sabemos que el escritor, músico, pintor de turno ha conseguido, o no, sobrevivir a una fuerte depresión, que semejante experiencia le ha llevado a los límites de su resistencia; y ante semejante reflejo de nuestra propia debilidad humana no podemos sino empatizar, sentir curiosidad por saber de qué forma lo abstracto ha manifestado lo indescriptible que, ante la recepción de la obra, percibimos indirectamente, desde nuestra zona de confort.

Tal vez la obra más personal de Mike Oldfield, y por tanto su verdadera pieza maestra, sea Hergest Ridge. Este plástico, segundo álbum de su discografía, constituye uno de sus discos más desconocidos para el gran público, a pesar de que fue el único LP que consiguió destronar a Tubular Bells de la lista de los más vendidos. Sin duda, fruto de la enorme expectación que causaba el prematuramente catalogado como “Mozart contemporáneo”. Calificativos, por desgracia, demasiado prepotentes e insustanciales que no llegaban a comprender el drama que dio forma a este trabajo: un Oldfield que, con apenas 21 años, y con múltiples problemas emocionales detrás (padres divorciados, madre alcohólica, capacidad cero de socialización, y tendencia al alcoholismo y el consumo de psicotrópicos), se enfrentaba a haberse convertido repentinamente en el foco de atención, gracias a un inesperado y colosal éxito con las campanas tubulares. No tuvo más remedio que escapar al campo, a la colina de Hergest Ridge. Allí, en soledad, entre paseos matutinos y botellas de vino, dejó escapar su frustración y su deseo de paz a la vez que cumplía con el siguiente paso en el leonino contrato firmado con Virgin Records: nació Hergest Ridge.

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La leyenda traumática del álbum podría haber magnificado virtudes aparentes y ninguneado sus defectos. Sin embargo, pocos hablan hoy de Hergest Ridge. Nadie sobrevalora un álbum compuesto por el puro sentimiento. Son cuarenta minutos divididos en dos partes donde aún apreciamos coletazos de la actitud Romántica que exaltó al yo. Una sinfonía pastoral contemporánea, en clave de rock: no hay elementos orquestales, sino espíritu orquestal. El empleo absoluto de teclados y guitarras junto a instrumentos más “tradicionales” como flautas y oboes, deudores del espíritu folk de inspiración clásica que constituía el rasgo distintivo del rock progresivo británico, ambiente que empapó a un misántropo Oldfield carente de formación académica, pero con una extraordinaria capacidad autodidacta. La contemplación de la naturaleza como medio de purgación, la búsqueda de la interioridad en el paisaje; en Hergest Ridge, Oldfield pinta parajes y fenómenos meteorológicos, pero también habla sobre sí mismo utilizando el único lenguaje que sabía manejar, ya que las palabras le evitaban: la música.

El progresivo, en definitiva, se erige así como el género definitivo del rock hasta ese momento, punto y aparte en la evolución de una música que aglutinó múltiples fuentes previas para crear un sonido que parecía nuevo, pero que en base a sus antecedentes muchos oyentes pudieron asimilar con facilidad. Los 70 fueron una extraordinaria época en la que álbumes completamente instrumentales podían ser grandes éxitos, así como exquisitas piezas de máxima creatividad. Se podía experimentar, y lo innovador sonaba a la vez a viejo y viceversa, y la Música mezcló conceptos, y el Romanticismo seguía vivo, mezclado con un espíritu clasicista, tras el verano del 67. Pero las etiquetas solo valían para encajonar y limitar lo que solo se podía entender por sí mismo. Cada disco era un individuo, una única forma de ver el mundo, abierta a que cada uno le aplicase su propia interpretación.

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Mike Oldfield es, lo saben bien (lo aguantan, más bien) quienes me conocen, uno de mis artistas favoritos, y mi músico pilar. Me invitó a conocer las mal llamadas “nuevas músicas”, y sus veinticinco álbumes de estudio -más alejados del tópico de las dichosas campanitas de lo que la gente cree- aguantan el paso del tiempo, enriqueciéndose a medida que los años me traen más experiencias que puedo asociar con diferentes pasajes, a modo de banda sonora. Son pequeñitas joyas de subjetividad desatada, que no puedo analizar desde un punto de vista técnico objetivo porque no soy musicólogo: tampoco me hace falta. La música es un arte especial, único e irrepetible, porque genera en cada individuo una reacción distinta, potencia imágenes exclusivas a cada yo. Incluso discrimina entre los diferentes yo de cada persona.

Por suerte no he vivido el mismo drama alcohólico y familiar, pero he convertido a Hergest Ridge en la obra a la que acudo cada vez que necesito escapar, sin necesidad de moverme de casa. Y entiendo ahora mejor a Hergest Ridge que cuando lo escuché por primera vez hace unos cuantos años. Ahora, en una edad cercana a la que tuvo Oldfield cuando lo compuso, he recorrido paisajes muy cercanos al ambiente que dio forma a esta obra maestra. Vivir es viajar, viajar es vivir.  Y en Irlanda he encontrado, por fin, una fuente de inspiración muy cercana a la que conmovió a Oldfield, capaz de sobrecoger el ánimo, de canalizar tanto la sed de belleza como el ansia de liberación.

¿Cómo no va a influir el paisaje en la creación? ¿Acaso Ommadawn no encaja con las frías costas del norte de Irlanda, Incantations con la magia de la Calzada de los Gigantes, Tubular Bells con la frenetismo urbano de Dublín? Mike Oldfield es británico, pero la música no entiende de fronteras nacionales impuestas por el hombre: el sentimiento humano es universal, y amoldable a numerosas circunstancias. Oldfield jamás ha intepretado Hergest Ridge en directo, no le tiene ningún aprecio: tal vez le evoque demasiados malos momentos. Unos cuantos, por el contrario, encontramos en esta sinfonía suficientes motivos para seguir conservándola en nuestro recuerdo. En esta obra de arte descarnada en su paz frustrada: sentimiento puro sin aditivos, pintura para el alma. Música, sin más.

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