Solo el tiempo

enya

And all the winds are like a kiss
And all the years are nemesis
And all the moments fall in mist
And all is dust, remember this…

En 2008, Enya cantaba en “My! My! Time Flies”, penúltimo tema de su álbum invernal And Winter Came, al repentino paso del tiempo, a cómo el 2009 que comenzaría en breve daría paso enseguida a un 2010 que entonces parecía muy lejano. Para la ocasión empleó un ritmo swing, batería, palmadas y guitarra eléctrica, junto con las omnipresentes cuerdas para darle un toque más chic, en la que fue la canción más original de un trabajo, por lo general, autocomplaciente: agradable de escuchar, pero atascado en lo artístico. Enya (junto a la letrista Roma Ryan, y el productor Nick Ryan) trataba de convencernos de su modernidad: los Beatles, Queen, B. B. King (¿o era Elvis?), relacionados con Newton y Tchaikovsky, y la conquista espacial.

Ahora es 2015, aquellos años prometidos han quedado muy atrás, y mientras terminábamos de escuchar aquella canción no podíamos prever que, aunque el tiempo vuela, la espera por un nuevo trabajo de Enya iba a hacerse muy larga.

En 2009, un recopilatorio, con la única novedad de la regrabación del “Aníron” de La Comunidad del Anillo. En 2010, la última actualización en su web, animando a un piloto de carreras de la familia Ryan. Enya cumplió 50 años en 2011, con el primer aviso de un álbum grabado con orquesta y coro en Abbey Road. Hasta la fecha, ni nuevas sobre el álbum, ni sobre la vida del trío de Aigle Music, más allá de irrelevantes exclusivas de paparazzi. Enya, artista desde siempre muy celosa de su intimidad, prácticamente desapareció, en lo que fue el hiato artístico más largo de toda su carrera: cinco años pasaron entre The Memory of Trees y A Day Without Rain, y el mismo tiempo entre este y Amarantine, pero nada como estos siete años de absoluto silencio.

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Y, de pronto, por sorpresa, la web se actualiza la semana pasada, un “Coming Soon” nos anima a registrarnos en una lista de correo a la espera de novedades, y 23 segundos de una nueva canción vuelven a los derroteros donde Enya nos dejó: el tiempo vuela, es mezquino y traicionero, pero aun así conserva un atractivo halo romántico en la bruma. La instrumentación nos da poco espacio para comprobar si la irlandesa ha apostado por un nuevo sonido que no comprometa su sello personal: de los sintetizadores pasó a las cuerdas en el año 2000, y ahí se estancó; los amagos experimentales de Amarantine no evitaron que lo que una vez fue interesante acabase volviéndose tedioso.

Ahora, incluso hay redes sociales. Pero dudo que la repentina nueva presencia de Enya en Twitter, Facebook, Instagram, Spotify, iTunes y Youtube vaya a significar un goteo incesante de novedades: suena más a vías de promoción por parte de Warner Music y compañía. Aun así, algo es algo. Necesario, en un mundo que desde 2008 compra menos discos en formato físico, que consume más en la red, y para el que una artista ya consolidada como clásico, si no “vieja gloria”, tal vez tenga que probar algo más arriesgado que simplemente ofrecer un producto con una escueta nota de prensa y unas pocas actuaciones en playback por televisiones de todo el mundo, para volver con éxito al candelero.

Manderley Castle

Manderley Castle, en Killiney (Dublín). Hogar de Enya. No pude evitar la ocasión de visitar el lugar durante mi viaje a Irlanda en agosto.

Enya vuelve, y su futuro comercial y artístico pinta incierto. No todos son David Bowie, capaz de convertir su hermetismo en herramienta exitosa de promoción. Siete años de silencio pueden salir contraproducentes si la obra de arte que se trae bajo el brazo no corresponde a unas expectativas mayores que las del fan autocomplaciente. La Enya que canta a lo celta, lo espiritual, lo mítico, está muy lejos de la moda “new age” que dio sus últimos coletazos en los 90. Pudo mantener su pertinencia en el panorama musical en base a los atentados del 11-S, El Señor de los Anillos y un floreciente mercado en Japón. Tras esto, And Winter Came… tal vez despertó voces de alarma: no se vendía tan bien. Tal vez eso animó a una reflexión tan prolongada, que invita a que mantengamos expectativas positivas en lo que esté por venir. O a multiplicar nuestros temores de que esto no sea más que una cortina de humo. Temo más cuerdas, que impliquen un silencio improductivo. Temo reinterpretaciones de rarezas que no ofrezcan novedades con respecto al original. Temo nulo riesgo.

Enya no llegó a irse nunca. En este tiempo tuvimos una cuenta fake en Twitter, rumores de participación en Harry Potter 7 y la trilogía El hobbit, y el famoso spot de Van Damme. Pero se echaba de menos saber qué había sido de la “voz de Irlanda”. De su personaje decimonónico salido de otra época, de su elegancia aristocrática impostada, de su calculada trascendencia etérea en sus declaraciones. Cuál será la recepción de un público objetivo “maduro” que oscila ahora entre la devoción y la indiferencia, y un nuevo público potencial, joven, que Enya tendrá que ganarse por necesidad de supervivencia. Solo el tiempo lo dirá, y en esta ocasión, quién nos lo iba a decir, va a ser muy poco: seguramente antes de que acabe septiembre tengamos ya título, portada, lista de temas y primer single. Pues bien, ya estoy a la espera. He tenido tiempo de sobra para esperar cualquier desenlace.

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