Cuando éramos Spielberg

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Llevo siendo internauta desde 2006. Tenía entonces 14 años, el Flash Player todavía alucinaba al personal (cuánto más a un chaval que hasta entonces apenas había navegado), Youtube todavía no había desbancado a Quicktime, Tuenti y Facebook (no digamos Twitter) aún estaban lejos, y yo comenzaba a interesarme por el cine.

Coincidieron varios factores: tenía internet para estar al tanto de todas las novedades cinéfilas, de modo que empezaba a consumir este arte de una forma completamente nueva (el seguimiento instantáneo de noticias vía blog, opuesto a la difusión con cuenta gotas mediante escasos tráilers en el cine y reportajes puntuales en revista impresa); al mismo tiempo, podía descargar cine, e iba ahorrando poco a poco para ir comprando bastantes DVD; y Lionsgate lanzó al mercado su videojuego The Movies. Y al mismo tiempo tuve los datos, el campo y la herramienta: ver cine, aprender cine, hacer cine; vivirlo, en definitiva.

Fue una propuesta tan arriesgada y original que podía estar destinada solo al éxito o al fracaso. Por desgracia, fue lo segundo: publicado en 2005, The Movies solo contó con una expansión en 2006, Stunts & Effects. No mereció tan mala suerte: el juego te ofrecía la oportunidad de rodar tus propias películas (¡ahí es nada!). En plena moda de los juegos de simulación, te convertías en el dueño de un estudio de cine que, desde los años 30 hasta la actualidad, debía adaptarse a los cambios de gusto del público (del terror a lo Hammer, al western de Leone, y de ahí al policíaco Miami Vice y el cine de catástrofes marca Bay). Los guiños a la historia del cine (en escenas, disfraces y melodías que rozaban el plagio) eran una delicia. Tenías escenarios y efectos especiales, y podías crear a tus propios actores con una herramienta de modelado similar a la de Los Sims. El juego, reconozcámoslo, era limitado en cuanto a que las opciones narrativas provenían de una (larga, eso sí) lista de escenas predeterminadas: conversaciones entre varios personajes, diversas tomas de lucha, actividades cotidianas prototípicas… Una lista, eso sí, con la que el director avispado podía hacer virguerías si aprovechaba bien la poderosa herramienta de la cámara libre que ofrecía la expansión.

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Porque de eso se trataba: de creatividad. Pronto, The Movies se ganó una fuerte y emocionada comunidad red, repartida por diferentes países, que, sin llegar a ser tan masiva como la de otros productos como WoW o Los Sims, supo ningunear los límites técnicos de juego con una envidiable inventiva. Mods para escenarios, vestuario y atrezo se combinaban con las infinitas posibilidades de edición que iban más allá del Movie Maker.

Y ahí estaba yo, quien aún no conocía a Wilder, Ford, Huston, Leone, Coppola, Tarantino. Pero rodaba películas. Fluían las ideas para proyectos ambiciosos. Quería crear el drama definitivo, la película palomitera más impresionante jamás creada. Tenía 14 años: el batacazo era seguro. ¿Pero qué más daba? Por fin podía rodar películas, y tal vez dar salida física a tantísimas ficciones que entonces, tan temprano, ya empezaban a copar mi mente y mis folios de dibujo y escritura.

Y, más importante aún, tenía una comunidad donde poder dar rienda suelta a tanto como quería contar.

Primero fue The Movies Spain, web que desde 2005 hasta 2010 nos congregó a los fans empedernidos que luchábamos contra el olvido al que el mercado condenó a nuestro juego desde muy pronto. Pero supimos hacernos hueco, y evolucionar como creadores mediante un apasionante proceso de retroalimentación: todos colgábamos nuestras películas en la red, las promocionábamos en el foro, recibíamos comentarios, argumentábamos nuestras respuestas a las críticas, y volvíamos manos a la obra con nuestro siguiente gran estreno; mientras, veíamos las crecientes filmografías de nuestros compañeros. Teníamos estudios, donde anunciábamos proyectos que, en muchos casos, no pasaban de la idea inicial. Organizábamos hasta premios a los mejores estrenos del año: los Lince y los Fénix, concedidos mediante voto por todo el foro, se convirtieron en marcas de prestigio. Fuimos, al mismo tiempo, guionistas, directores artísticos y realizadores; incluso se establecieron redes, y el músico profesional componía BSO para otros, el programador creaba nuevas escenas, el artista diseñaba nuevos trajes y maquillajes, y todos fuimos actores de doblaje para nuestros colegas internautas.

Por eso sobrevivimos al temporal: porque éramos comunidad. Cuando TMS cerró, cosa inevitable, nos mudamos a The Movies Hispanoamericano. La comunidad era internacional. Y en ella aprendimos, y crecimos. Comenzamos a saber de cine, música, cultura popular. Debatíamos sobre política y actualidad. Compartíamos frikadas varias. Los veteranos tuvieron que aguantarnos a nosotros, los críos; pero nosotros también admirábamos a aquellos adultos que compartían tiempo con nosotros en el foro en base a algo hermoso: el amor por el cine. Algo tan inmaterial y poco productivo, y sin embargo tan necesario. Juntos fuimos grandes, los nuevos Spielberg, el Nuevo Hollywood hispano que no entendía de edades ni fronteras.

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Pero todo tiene un final. El foro se dividió en dos comunidades. TMHispano no aguantó la guerra civil: a finales de 2011, en sus horas más bajas de participación, cerró para siempre. Yo ya llevaba tiempo sin participar, sin rodar: no quiero caer en el error de justificarlo con que “crecí”, porque sería una falacia simplista. Pero la vida cambia: comencé la Universidad, dejé de tener tiempo para rodar y montar (requería mucho, creedme), y abandoné por desidia muchos foros. Y así perdí la que fue mi primera gran familia en la red. Nunca fui un director destacado: más bien, era el flipado monotema (Batman y Mike Oldfield) que irrumpió con una porquería de película y dio mil vueltas a un ambicioso proyecto dramático, finalmente completado, y a un biopic sobre Oldfield que jamás culminé (y no, no voy a colgar mis antiguas películas para cachondeo del personal). Aprendí a escribir ficción y vi más cine mucho después de que el foro cerrase. The Movies no me pilló en mi mejor momento. Y ahora, por desgracia, ya perdí el hilo a los videojuegos.

Todavía sobrevive una de las dos comunidades resultantes de la escisión. Pero, aunque alguna que otra vez me he sentido tentado, no voy a regresar. Estoy convencido de que ya no sería lo mismo. The Movies y su comunidad fue lo que necesitaba en el momento preciso: para saber cómo manejar la red, para desarrollar mi creatividad, para intuir los entresijos de la narrativa literaria y audiovisual, para contactar con gente que tenía los mismos gustos que yo. Para darme cuenta de que el mundo era mucho más grande de lo que mi pequeña ciudad me daba a entender. Sin esa primera gran experiencia internauta, incluso, ahora no estaría aquí, escribiendo en este blog que en un principio, allá por el lejano 2006, era un portal donde anunciar mis próximas películas. Era la época del blog mal editado, el fotochop cutre y la narración estereotipada y exagerada. Y nos daba igual.

Gerry (o Dr. Gerry), manu, Vincenzo, Makykat, reepicheep, Jpma, Karni, filotecius, Atomas, Pflinch, Valli, patito, DeGali, Snynghalt (descansa en paz, amigo)… Hoy me siento nostálgico, y quiero dedicaros aquí unas palabras de recuerdo. Es injusto, lo sé, que os mencione solo a unos pocos, y deje abandonados a otras decenas de foreros con los que compartí tanto tiempo: la memoria es traicionera, si es que eso sirve de excusa. A algunos os he seguido por redes sociales, a otros os perdí la vista hace mucho tiempo. Dudo que leáis esto, pero quién sabe: el mundo es un pañuelo. A todos vosotros, a los que he nombrado y a los que no, sabed que no os he olvidado. Y que os doy las gracias de todo corazón. Todos fuisteis familia. Le disteis, sin saberlo, muchas ilusiones a aquel chaval de 14 años que terminó su andadura como un pseudo-Spielberg, más bien Ed Wood, con 20. El tiempo vuela, pero la impronta queda. Y la película más importante que estábamos rodando durante ese tiempo, sin saberlo, aún no ha terminado con los títulos de crédito. A todos vosotros, mis mejores deseos, para que no dejéis de crear.

¡Luces, cámara, acción!

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