Mientras escribo | Maldito interludio

2015-07-29 14.39.33

Biblioteca Antigua del Trinity College, Dublín, agosto de 2015. El otoño allí se adelantó dos meses…

“[…] si no me engaño han dado en nuestra edad en aplicar el título de humanidades a una miscelania de estudios vagos, amontonados y faltos de método con que se juzga haber derecho para hablar de todo en los corrillos y tertulias de librería”.

(Juan Pablo Forner, Los gramáticos: historia chinesca, 1782, págs. 198-199).

De Educando a Rita (1983), me quedo con una escena para lo que viene al caso en esta entrada: Rita, durante un turno nocturno como camarera, responde a una duda literaria sobre la que debatían varios comensales universitarios, dejándolos patidifusos. Más allá de esa dualidad entre cultura-pueblo llano que sostiene la película, como recurso fácil y provechoso sobre el que desarrollar equívocos entre un mundo y otro, constata esta escena lo que llevo viviendo (sufriendo, más bien) desde que empecé a estudiar Letras: participar en un continuo Saber y Ganar social donde creen que tengo todas las respuestas. Pero ni gano, ni sé: el ¿eruditismo? académico por sí solo no me da de comer, y tampoco el saber universitario resulta tan absoluto como algunos afirman.

Me empujó a comenzar una carrera de limitado futuro el simple gusto por algo que comenzaba a ser más que una afición: lectura compulsiva y escritura potencial. Ya he hablado de esto en otras ocasiones. Parecen unas bases ridículas, cierto: ¿acaso entro en una Facultad para aprender a leer y a escribir?

Precisamente, sí.

Si algo tuve claro desde pequeño fue que quería dedicarme a las Letras. Ser novelista sonaba demasiado atractivo como para no intentarlo. Tal vez este doctorando estadio sea una de las posibles metas realistas -y transitorias- a tal sueño. Dijo un poeta una vez (¿pudo ser Octavio Paz?) que, si fuese posible alimentarse del ocio literario, todos serían poetas. Claro que no contaría con esa maraña bubónica de pseudo-autores de best-sellers (respeto y admiro muchísimo al buen Escritor de folletín, ojo) que sí viven, más que sobreviven, de sus patrañas; incluso tiendo a pensar que ese poeta que ya no recuerdo tendía a exagerar la pobreza colgada cual sambenito a la literatura, porque queda más romántico y emotivo.

En cualquier caso, aquí estoy ahora: trabajando en Letras, y disfrutando de ellas vía laboral. Pero no vía existencial, por llamarla de alguna (petulante) forma. Me he dejado llevar por el sueño hasta sus últimas consecuencias, que me han acabado cercando con una tesis, muchos artículos y futura docencia. Aun así, a día de hoy sigo manteniéndolo con, si no mayores, renovadas ilusiones: pues la realidad presiona constantemente, y uno tiene que admitir que no se puede subsistir de la tinta y el folio. O, al menos, lo consiguen solo pocos elegidos. Por mi parte, sigo queriendo narrar. Pese a que, debo reconocerlo, hace mucho que ya no saco satisfacción suficiente de ello.

En lo que llevamos de año, he dejado a medias American Gods, de Neil Gaiman; La isla del día de antes y La misteriosa llama de la reina Loana, de Umberto Eco; Crematorio, de Rafael Chirbes; y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, de Michael Chabon. Fuera de la calidad de estos textos, esto para mí es insólito: nunca antes había abandonado tantos libros. He perdido la constancia lectora quizá por primera vez en mi vida. Y eso necesariamente afecta a mi escritura. Es imposible narrar sin leer, eso está claro: y leer compulsivamente, con criterio no solo selectivo sino sobre todo receptivo, sin prejuicios ni temores ante cualquier tipo de género o tipología textual. Que vengan los ensayos infumables, los experimentos incomprensibles, los mamotretos incorregibles. Hay que leer para aprender: qué quiere el público, qué puedes aportar, qué no debes hacer, qué debes mejorar. Entre esos libros abandonados se encontraban una novela sobre mitología contemporánea, dos sesudas narraciones históricas, una larga sucesión de monólogos internos y un Pulitzer ambientado en el mundo del cómic. Al menos, mi vocación de aprendiz de escribiente sigue intacta en su inquietud.

Pero luego llega el momento de narrar… y ahí empiezo a percibir que se asientan los escollos que jamás se han ido, pero nunca antes han sido tan fuertes. No soy capaz de trazar un argumento completo, más allá de relatos en los que plasmo lo mismo que hago en estas entradas: personajes que desbarran sobre mil temas, sin que sus caracteres evolucionen. “Por el mero placer de fabular”, escriben algunos. Leo ahora más que nunca, pero poca fábula. Escribo, y mis personajes solo farfullan. Academia vincit, por lo que parece. Me veo en un futuro firmando un pseudo-Péndulo de Foucault, antes que el Nombre de la rosa. Y, por mucho que defienda la libertad del escritor para no someterse a ninguna presión comercial, me temo que ese desenlace sería poco entretenido para cualquier lector.

Algo tendré que hacer al respecto. Borges probó con el género policial porque le parecía muy divertido, y para mí es la mejor definición posible hecha sobre el gusto de relatar. Tengo trabajo pendiente: cuentos, poemas y una novelita corta que necesitan una revisión a fondo. Si la vida es un ciclo eterno, entonces volverán tiempos mejores. Hasta entonces, me temo, los espectadores de Saber y Ganar retendrán al concursante encorsetado entre sus libros viejos. Que les aproveche.

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2 pensamientos en “Mientras escribo | Maldito interludio

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