Un nuevo mar

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Son grandes tiempos para la ciencia ficción pura, amigos míos. La de las grandes preguntas, fascinantes respuestas abiertas, y verbos baúl. Primero tuvimos Gravity, que nos enseñó a “ser”. Luego llegó Interstellar, que nos enseñó a “creer”. Y ahora Marte, que nos enseña a “estar”. Y Ridley Scott, tras los terribles bodrios de Prometheus y Exodus -clímax de una etapa raquítica tras su rompedora American Gangster-, no ha firmado con las aventuras de Matt Damon en el planeta rojo su habitual pildorita de cine sobresaliente tras años de mediocridad, pero sí reafirma su profesionalidad en su propio campo: ser un artesano que no artista, un eficiente director de encargo sobre material ajeno. Scott llega, adapta, pinta sin aspavientos fotogramas sobre el libreto, y todo cuadra, encaja, funciona para conformar una de las películas más completas, resultonas y entretenidas de este año, y tal vez incluso de su filmografía: entretenimiento, eso sí, en su más pura esencia, esto es, sin precisar de pirotecnia burda y barata. En la vieja escuela en el siglo XXI, donde otros vuelven a la gamberrada filtrada por la madurez, Scott depura su mejor faceta. Y, consciente de sus nulas capacidades tanto emotivas como pirotécnicas, simplemente, deja que el piloto automático orqueste la función. Y que las grandes preguntas del libreto se formulen por sí solas: esta vez, él no las procesa.

Desconozco si este aluvión de relatos que ensalzan la supervivencia humana en el espacio exterior -apoyados, además, en un fuerte sostén teórico científico- responden a un plan secreto con el que tratan de inculcarnos subliminalmente que a este pedrusco llamado Tierra le quedan dos telediarios. De ser así, funcionan, sobre todo porque parten de una soberbia confluencia entre su pedestre intención aventurera y la naturaleza espiritual del género de ciencia ficción. Abordan la profundidad propia de este tipo de hazañas con similar filosofía: el arrollador magnetismo de la épica. La subsistencia en la frontera, la ausencia del constructo legal, la fortaleza física y mental al límite de su resistencia: y el viaje, real y metafórico, que culmina en una catarsis personal. Esa sensación de descubrimiento, hallazgo, fascinación ante lo nunca visto; de ser primeros y únicos, hitos para las generaciones por venir. De creer en que es posible superar lo insuperable.

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En Marte hay interesantes atisbos de ello. El flemático Scott, como decía antes, es incapaz de emocionar, y no se recrea con las posibilidades metafóricas implícitas al material que tiene entre manos. Se agradece: disfruto de los tratados epistemológicos de otras cintas del mismo corte, pero al mismo tiempo quiero que una de ellas me dé la oportunidad de divertirme, sin más. Esta extrema funcionalidad puede ser aséptica, mas nunca superficial. Marte, de hecho, vira brutalmente en el momento en que la acción se centra más en las decisiones burocráticas de la NASA antes que en los contratiempos que ponen en peligro la vida de Watney. Por un lado, con ello se acentúa la indefensión a escala interplanetaria, con un equipo consciente desde la Tierra de la urgente relevancia de la situación. Por otro, se pierde potencia en el drama sensible y palpable, en la necesaria falta de sutileza en el naufragio de un tipo que sobrevive con patatas, lona y cinta americana. Querría ver más al entorno como enemigo despiadado, querría que la sensación de soledad y muerte inminente me golpease en el estómago con furia y no me dejase ni respirar. Pero luego recuerdo la motivadora partitura de Gregson-Williams, acompañando las escenas de un Watney demacrado que recorre el páramo rumbo hacia su último destino, sabiendo que, pase lo que pase, no hay vuelta atrás. Y que aún tiene tiempo para, simplemente, tumbarse a esperar el anochecer.

Ahí encuentro la mayor virtud de Marte. Frente al tratado metafísico de Interstellar y el espectáculo sentimental de Gravity, en Marte no hay preciosismo ni contemplación. Y en su sobriedad veo emocionante realismo: en que lo que Scott me muestra es la ficción más cercana a lo que la realidad futura nos podrá ofrecer. Cuando el inevitable primer desastre de la colonización espacial ocurra, y ganemos nuestro primer relato fundacional. Entonces esta generación Twitter, hambrienta de insustancialidad frenética e instantánea, se concentrará atónita ante la eterna trascendencia primigenia. Cuando lleguemos a las estrellas y tengamos que redefinirnos a nosotros mismos: nuestro dúctil código legal, nuestras leyes físicas y químicas, nuestros conceptos del espacio y el tiempo. Cuando haya un primer hombre o mujer que emule a aquellos otros que en los Nuevos Mundos de este planeta tuvieron que navegar en ríos a contracorriente, contactar con culturas incomprensibles, masticar barro y hurgar en sangre, reutilizar hasta el mínimo hilo embarrado de sus raídas ropas, cuestionar sus modelos de la realidad. Cuando el mundo contemple atónito el irreprochable primer punto y aparte de nuestra Historia contemporánea, algo me dice que será similar a como Scott nos lo muestra: en directo, frente a pantallas gigantes, sociedad del espectáculo. Por primera vez en la Historia, seremos conscientes, por encima de prepotencias y etiquetas que luego se deshinchan, de que nuestro viaje ya no tiene vuelta atrás. Espectadores en Times Square, científicos en la NASA, conteniendo el aliento ante Cabeza de Vaca remontando el río Paraguay. Nuevos descubridores que cultivarán patatas con su propia mierda y navegarán por el espacio bajo una carpa. Pura aventura. Qué gran futuro nos espera.

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