Mientras escribo | Crónica de un traspiés anunciado

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Maldita sea. Ya va siendo hora de reconocer mi posible mayor fracaso en esto de las Letras: no me veo capaz de novelar. Azares varios, los primeros pasos de una carrera profesional, y una falta de pericia personal alarmante, me están capacitando para la prosa académica, pero no para la narración de ficción. Y he intentado ser novelista: el panteón áureo sabe que lo he intentado. Pero cuando llegó el momento justo, ese precioso instante en el que tuve que decidir inconscientemente si dedicar mis esfuerzos de cuentacuentos a la escritura profesional de relatos o a la rigurosa investigación académica, me quedé demasiado tiempo en esta última opción, fascinado por sus entresijos que prometían descubrir aspectos de la realidad hasta entonces desconocidos, corrientes de pensamiento que cuestionaban todas las ideas previas que me habían inculcado. No me puedo quejar: por ahora trabajo de ello. Pero por el camino aquel chaval que leía compulsivamente, escribía y dibujaba cómics ambientados en su propio universo superheroico, e imaginaba mundos fantásticos para su propia saga épica de orcos y caballeros, ese chaval, sencillamente, desapareció. Perdí mi predisposición a la fábula, Grial inalcanzable: quedó el continuo aprendizaje en la habilidad científica, aún en proceso.

Sigo escribiendo, cómo no. Ese sueño de ver mi primera novela en un estante no me va a abandonar nunca, como un fantasma desaprensivo que ignora la realidad: nunca aprendí a ser un juglar. Mía no es la literatura de consumo, ni siquiera la literatura profesionalizada. Pero temo que tampoco sea la Literatura en sí. Mis amigos me dicen que me dedique mejor al ensayo. No les contradigo: me atengo a la realidad objetiva, a mis decenas de proyectos en Word (no exagero) que parten de un mínimo argumento, una idea, un escenario, en el que dos o más personajes se encuentran, y hablan, y siguen hablando; y desbarran, y cuestionan el mundo, y debaten sobre el sexo de los ángeles, y no llegan a ninguna conclusión porque no hay explicaciones posibles al caos al que llamamos realidad. Y, en el camino, se enamorarán tal vez, o beberán café, o se matarán el uno al otro. Pero no habrá más: no habrá aventura porque no sé transmitir la inmediatez de la emoción ante lo desconocido, el frenetismo provocado por la adrenalina del cara a cara con la Muerte; no habrá acción porque me falta léxico bélico, y construcciones sintácticas que enganchen. Mala idea dejarme influir por Torrente Ballester, Eco, y últimamente Borges. Centrémonos en Eco: preveo un probable futuro en el que, por el mero placer de fabular, decida acumular años de “eruditismo” en una novela escrita únicamente para satisfacerme a mí y a unos pocos más que compartan mis mismas obsesiones. Solo que, cuando la finalice, no tendré las tablas suficientes como para que el misterio de la abadía sea lo suficientemente atractivo para el lector de novela negra. Yo, seguramente, haría que los monjes filosofasen mucho, mucho más. Y peor.

Me hubiese gustado ser pintor, o incluso fotógrafo: ya me harté hace muchos años de pintar a lápiz, solo para darme cuenta de que sin instrucción me resultaba imposible avanzar; y envidio a quien sabe encuadrar y encontrar el instante mágico, la perfecta luz. Tampoco debí dejar pasar la oportunidad del teatro, aunque solo fuera para divertirme un rato y, sobre todo, perder la vergüenza escénica. Pero sobre todo me hubiese encantado ser músico. Y admirando como lo hago a bastantes multi-instrumentalistas, siendo un coleccionista obsesivo de LPs, y devoto como soy de cualquier vocalista con voz personal y magnética, nunca me perdonaré no haber dado el puñetazo en la mesa y, al menos, haberlo intentado. Nunca es tarde, cierto, pero que alguien me devuelva el tiempo perdido si de verdad llega el día en que aparque el teclado, el bolígrafo y el folio, y decida perder/invertir mi ocio en otra afición más.

Cúmulo de objetivos vitales fracasados. Sumo el de la literatura, mea culpa. Ahora mismo tengo delante de mí manuales de enseñanza de español para extranjeros y estudios sobre literatura medieval. Ayer mismo vi Spectre y hoy solo podría redactar una tediosa entrada sobre el heroísmo traumatizado en el cine de acción contemporáneo. Ya no leo ficción porque no consigo conectar con la trama, desconecto enseguida. James Bond no me ha inspirado con una idea propia de un agente secreto que luche contra una asociación terrorista internacional. Solo se me ocurre opinar, criticar y argumentar. Escribir, como cualquier otra arte, supone enfrentarse con el propio ego: la consciencia de la capacidad de cada uno (sea mayor o menor) y la sobrevaloración prepotente propia. El arte literario reside, ante todo, en la construcción del personaje, y todo carácter moldeado, toda trama construida, parte siempre del hablar sobre uno mismo. Preguntaban a Guillermo del Toro cuánto tiempo se tardaba en escribir un guión; respondió: “Toda la vida, más el tiempo que tardes en teclearlo”. Un cúmulo de experiencias personales, únicas y transferibles, ofrecidas a un público que esperará conectar con ellas, con su núcleo emocional universal y primigenio. Pero hace tiempo me di cuenta de que cada vez soporto menos el relato autobiográfico repleto de diálogos exactos y descripciones detalladísimas, que ponen a prueba los límites objetivos y reales de la memoria humana. Por lo que a mí respecta, mi prosa no respira, no vive. Solo piensa. Mala fábula, pues, para tiempos inmediatos y frenéticos.

 

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3 pensamientos en “Mientras escribo | Crónica de un traspiés anunciado

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