Hombres de gustos sencillos

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El Joker es la gran broma de El Caballero Oscuro. En una película sobrecargada y frenética, que amenaza con derrumbarse (pero nunca titubea), Joker es una fuerza que avanza tangencialmente mientras asienta su hipnótico atractivo con cada una de sus apariciones. Mientras que el triunvirato del Bien -Batman, Harvey Dent, Gordon- solo puede sentarse a esperar para luego reaccionar torpemente, el Joker introduce un conflicto detrás de otro, aterrorizando al personal, dentro y fuera de la pantalla, con su escalofriante cotidianeidad. En 2008 se definió a esta película como el primer gran retrato de la paranoia post-11S en el cine palomitero: ahora, desgraciadamente, incrementa este impacto, tal vez premonitorio, en esta época de lobos solitarios y terrorismo impredecible.

En lo que respecta a la trilogía, al realismo de Nolan le cuesta conjugar sus pretensiones verosímiles con el espectáculo cartoon intrínseco a los personajes de cómic que adapta. Solo así se explica la a priori incongruencia de que un mismo payaso asesino sea al mismo tiempo un simple loco con un cuchillo, un genio estratega con acceso a artillería ilimitada, un terrorista todopoderoso, un misántropo de manual y un loco de dibujos animados. Pero tal batiburrillo no se hunde gracias a la pericia de un guión que le concede el peso narrativo que merece (ser un alterador inesperado y puntual de los acontecimientos, una alarma latente) y de un actor en estado de gracia. Heath Ledger lo da todo en el papel que, en mi humilde opinión, le condenó. El personaje de cómic, inverosímil, choca con el perturbado realista que se viste de payaso porque le hace gracia; y Ledger consigue que esta incongruencia sea su gran éxito, concentrándola en una locura poliédrica en la que toda incoherencia se convierte en un plano más de un caos puro e imparable, materia prima del terror.

El Caballero Oscuro, así, triunfa. Es un clímax continuo, teñido de un oscuro pesimismo que empapa a lo que tópicamente pudo ser un relato superheroico luminoso. Su as es el Joker, personaje incuadrable dentro de todos nuestros esquemas conceptuales. Ese “tú me completas” que resulta mucho más terrorífico de lo que parece a simple vista. La relación especular entre Batman y Joker, elaborada durante 70 largos años, se reinterpreta en cinco escalofriantes minutos en la piel de un lunático cotidiano que por fin ha encontrado sentido criminal a su vida: en el mito, una concepción dual y limitada de la realidad; en un referente con capa negra que, por contraposición, le proporciona indirectamente el objetivo para sus balas. La sociedad.

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Y ahí nos enfrentamos contra nuestro lado oscuro. Somos una sociedad que tiene miedo, y eso nos lleva a la ira ciega, la negación absurda de nuestras propias raíces. El multiculturalismo fue el barro del que surgieron pueblos y naciones: continuo contacto y mezcla, abolición de inexistentes cercos y definiciones. Pero el relativismo cultural -esto es, cada cultura, cada forma de ver el mundo, se explica, o incluso se justifica, dependiendo del punto de vista- desaparece allá donde el etnocentrismo da en la diana: que existen el Bien y el Mal como realidades absolutas. El resto son solo etiquetas y constructos. Me río de lo que denominan “religión del Mal”; de Dawkins y compañía cuando vociferan que en el ateísmo no hay raíz de violencia alguna; de los ultraconservadores cuando contienen sus ganas de apalear inmigrantes y quemar herejes. Perdimos la legitimación de la Cruzada: esto es lo único que no nos convierte también en otros heraldos del Mal. No hay un valor occidental que sea intrínsecamente bueno y que haya que salvar de la contaminación extranjera: eso no es más que un juicio de valor. Pero sí es cierto que el Occidente clásico y cristiano generó un milagro: la humanista Ilustración que luego se laicizó. ¿Qué reciben nuestros relatos de todo esto? Una aplicación muy particular del héroe imperfecto, y un sistema de valores liberales por el que luchar.

Esa es la tesis de la trilogía del murciélago. No puede evitar el maniqueísmo y cierta demagogia al situar a Batman en Occidente y a Bane en Oriente. Por eso El Caballero Oscuro es más redonda: por arriesgada y visceral. Batman lucha por la democracia contra un enemigo que no necesita bandera, nación, identidad alguna. El sistema que da sentido al héroe, nacido de la mezcla de miles de culturas previas, seguro en la supuesta “verdad absoluta” que defiende con orgullo y tradición, no puede hacer nada contra el caos puro del payaso: su palabrería legal es inútil contra los gustos sencillos. Pólvora, dinamita, gasolina. El gran fallo de la trilogía es apostar finalmente por una batalla campal de bandos definidos: hasta entonces, Joker nos escupía en la cara nuestra mayor debilidad. Un grupo de ciudadanos decide debatir mientras a sus pies una bomba amenaza con descuartizarlos. Votan para asesinar a criminales, tachados como ciudadanos de segunda, en pos de garantizar la supervivencia propia. Cuando el horror afila el alfanje junto a nuestro cuello, la compasión desaparece. Tal vez El Caballero Oscuro se ablande en la resolución de este dilema del prisionero: en la vida real, seguramente uno de los ferris estalle. Así que desengañémonos: no hay vigilantes que nos libren del desastre, el sistema no es suficiente. Tampoco lo es apretar el detonador. De una forma u otra, acabaremos cayendo en el simplista y peligroso juego de blanquinegros, guerra y paz, del payaso terrorista que, complejo y libre de todo ideal, no deja de reír.

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3 pensamientos en “Hombres de gustos sencillos

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