La soledad del hombre tranquilo

puenteespías

En este puente he revisionado El topo (Tinker, Taylor, Soldier, Spy). También he visto El puente de los espías. Soy un apasionado del tema del espionaje en la Guerra Fría, y la idea de un Berlín separado por un muro me resulta tan inconcebible que aviva mis ganas de visitar de una vez la capital alemana. Y por mucho que me diviertan las fantasías de Bond y similares, Le Carré ya me conquistó desde la página uno con su densísima descripción del trabajo de inteligencia secreta: oficina, papeleo e investigación. La obra maestra en la sombra, elaborada por tipos grises y fríos, soldados inhumanos, sacerdotes que sacrifican su sentimentalidad en pos de la profesionalidad. O eso creen.

El puente de los espías dio pie a un interesante debate que mantuvimos Rafa Martín, Ángel Vidal (redactores de Las Horas Perdidas), José Luis Caviaro (redactor de Blog de Cine) y yo en Twitter. Casualmente, se tocó un tema en el que yo también pensé durante la proyección: en tiempos oscuros como los actuales, bajo el yugo del terrorismo, ¿es extrapolable la denuncia a paranoia anti-comunista que la película de Spielberg nos quiere transmitir? Últimamente, el tema del terrorismo no se me va de la cabeza. Sus orígenes, consecuencias, y cómo combatirlo. El cine no ha sido ajeno a esta amenaza. El puente de los espías, obviamente, no habla de ello, pero sí nos hace plantearnos la irracionalidad base del terror.

Rudolf Abel, espía soviético, representa un miedo que ya nos resulta lejano (por mucho a algún Gacetero le pese): ya no hay amenaza roja. Por eso mismo, el guión puede permitirse el lujo de humanizar al traidor bajo la fachada de la profesionalidad y el deber. No somos insensibles ante tales valores. Pero jamás vemos las consecuencias del trabajo de Abel: a quién perjudica, quién muere. El espionaje queda como una entidad abstracta e inofensiva, ante la que reaccionamos con un arma similar: la Ley. “Es lo que asienta nuestra identidad y nos diferencia del enemigo, así que hay que luchar por ella”, defiende Donovan, abogado estadounidense. Y estudia, debate y discute, mientras que sobre su familia llueven balas por la noche -disparados por fanáticos a los que se les llena la boca con la Democracia, mientras la pervierten para justificar el apretar el gatillo-. Porque tiene que estudiar, debatir y discutir. Es lo correcto, lo que le hace bueno.

eltopo

¿Pero podemos extrapolar este mensaje a la actualidad? ¿Hasta qué punto defenderíamos nuestra sacrosanta ley, cuando esta revela su fragilidad? Son solo palabras, constructo, normas que nos imponemos como código para que nuestro status quo se mantenga intacto. Pero, mientras Donovan argumenta en un tribunal, apelando a la Ley-identidad-nación, otros ponen bombas, matan. ¿Entonces, funcionaría igual El puente de los espías si Abel fuese un yihadista con las manos manchadas en sangre? ¿O detenido antes de que pudiese atentar? ¿Empatizaríamos con él con la misma facilidad, y esgrimiríamos entonces el derecho igualitario a un juicio justo, mientras asqueados repudiamos a los que tiroteaban a la familia de Donovan? ¿O reconoceríamos que, en esas terribles circunstancias de guerra gélida, también seríamos parte de la masa furiosa que reclamaría el auto de fe para el infiel pagano rojo?

No son preguntas fáciles. Parece ser que, para derrotar al Mal, hay que sacrificar parte de nuestra humanidad, ignorar el constructo y quedarnos solo con la devoción, esperemos que no ciega, hacia un ideal con bandera, territorio, nombre y una ley que defendemos mediante su incumplimiento. Porque nos define -y creemos que nos protege- frente al otro.

“El fanático siempre está ocultando una duda secreta”, afirma George Smiley, “y por eso se le puede vencer”. Frente a este rival aparentemente imbatible, porque no tiene nada que perder, tenemos a un ejército de funcionarios tristes con el corazón roto. El fanático es predecible en sus convicciones, impredecible en sus actos. El enamorado, por el contrario, se mueve por pasiones inestables, pero sigue todos los tópicos del manual sentimental. Karla y Smiley se complementan, y no sé entonces quién podrá ganar. ¿Cuál será esa “duda secreta”? Ojalá fuese tan fácil: el Circus podrá conocer a Karla en su dogmática simpleza, pero el Kremlin podrá hundir a la inteligencia británica apuñalándola en su cálido pecho.

El puente de los espías acaba realmente (lo prefiero antes que el desenlace moralista made in Spielberg en el tren) con Donovan regresando a su hogar, triunfante tras su misión en el fanático Berlín. Pero no se queda a esperar los agradecimientos y vítores. Sencillamente, duerme. La jornada laboral ha acabado. No hay nada que celebrar. El topo, por el contrario, desde la misma base nos golpea con las consecuencias. Un espía que pierde a su amada por haberla arrastrado al infierno. Dos amantes, ejecutor y ejecutado, que lloran sangre y lágrimas, y aceptan el tiro de gracia porque es justo. El nuevo y flamante jefe de inteligencia, titubeante ante su mujer, la eterna infiel, que vuelve a casa y a la que él, sin duda, perdonará. Y la piel de todos ellos se endurece, y su entrega a la causa se vuelve más fiel si cabe. Pero no por ello el corazón deja de latir.

El enemigo ama lo abstracto. El espía, lo pedestre -no por ello menos intenso. Su debilidad, nuestra fuerza. Su crudeza, nuestra fragilidad. Decidme: ¿quién gana?

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