La nostalgia galáctica de los recién llegados

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AVISO: revelo detalles esenciales de toda la saga, especialmente de la última película.

Durante toda la promoción de El despertar de la Fuerza, solo una vez aparece explícitamente el sobretítulo “Episodio VII”: durante los ya legendarios títulos preliminares, introduciendo el nuevo argumento. Ahí es donde tiene que estar: como muestra del engarce entre este último episodio y toda la saga previa y posterior. Nunca en el márketing. En pósters, tráilers y spots, la nueva aventura galáctica, fuera de la recuperación del reparto original, parece más bien una película independiente. Un reinicio en toda regla, destetado de sus ancestros, a los que mira con respeto y nada más. Porque, desengañémonos, el concepto de continuidad, de 7º episodio, solo existe para los que, antes o después, hemos crecido con las dos trilogías previas a lo largo de 40 largos años. Ahora, el público objetivo necesita tener una aventura a la que llamar suya: esos chavales que ni siquiera habrían nacido cuando La venganza de los Sith pareció poner punto y final a la saga.

Hay quejas hacia esta nueva entrega. La acusan de ser un remake, copia, incluso plagio, de La guerra de las galaxias original (más tarde renombrada como Episodio IV – Una nueva esperanza). Personalmente, más que remake, veo una decisión narrativa y empresarial lógica, que se cuida de pisar sobre seguro: seguir el esquema que funciona. Dicen que es la misma historia que nos alucinó en 1977. Yo, más bien, considero que es el mismo relato de siempre. El viaje del héroe. Aquel esquema común a todos nuestros relatos tradicionales, que Propp y Campbell descubrieron y describieron, y George Lucas siguió paso a paso para construir su propia ficción, cúmulo de todas las influencias culturales que habían dado forma al siglo XX. Por eso mismo Star Wars es la saga eterna: por mirar sin miedo a sus antecesores épicos y folclóricos, y situarse con orgullo a su mismo nivel. Y en El despertar de la Fuerza volvemos a tener al héroe de origen humilde y su viaje de autodescubrimiento; el sacrificio del mentor; la sombra indestructible; la guarida del Mal; el tesoro o elixir que hay que proteger; el descenso al Infierno, y el regreso al hogar. Hay que mantener vivo el mito, y Abrams -gracias sean dadas a la Fuerza- lo consigue con sencilla y eficaz profesionalidad. Sin alardes, sin entusiarmar, El despertar de la Fuerza funciona.

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El homenaje a la trilogía original es continuo, pero no ahoga la independencia del relato. Hay decisiones argumentales ridículas, como esa innecesaria tercera Estrella de la Muerte (ahora más grande, más poderosa, más estúpidamente vulnerable); por contra, bajo la engañosa apariencia de copia encontramos nuevos conflictos enriquecidos por su predisposición a la continuidad. Una nueva esperanza dejaba también muchas puertas abiertas, ideas que merecían ser desarrolladas, pero apoyadas en conceptos lo bastante fuertes como para ser autosuficientes. El Imperio y la Rebelión, la Luz contra la Oscuridad, y esa Fuerza mágica y misteriosa de la que Alec Guinness nos enamoró solo con un brevísimo sermón. Era una película única que no imaginaba con dar pie a secuelas de ningún tipo. Por el contrario, El despertar de la Fuerza está ya preconcebida como introducción a una nueva trilogía. No puede, sin embargo, escapar a su condición de interrogante continuo: frente a las puertas abiertas del Episodio IV, el VII plantea directamente preguntas que exigen respuesta. No es un problema: tenemos la tranquilidad, si las expectativas no defraudan, de que todo encajará en un plan narrativo maestro, y que presumiblemente recibiremos tales revelaciones en los dos capítulos siguientes. Veremos en cuatro años si desgraciadamente aquí han dado rienda suelta a la improvisación, al planteamiento de preguntas sin diseñar previamente la colocación de sus respuestas. Por el momento, el misterio funciona, y nos da ganas de más.

Claro que esta ya no es una saga solo para nosotros. Queda por ver si el regreso habrá calado en la nueva generación de consumidores para quien se ha fabricado este producto. Esos chavales que, al igual que ha ocurrido con otras tantas sagas míticas, tendrán ahora a Star Wars de su lado, como si hubiese (re)nacido junto a ellos: remasterizado, con la cara lavada, un espectáculo adaptado a los nuevos tiempos, con un acabado superior.  Ellos, amigos, son los que darán voz y forma a la saga a partir de ahora. La nueva generación: los chavales que se unirán a la saga, comprarán sus juguetes, devorarán su contenido multimedia; que están acostumbrados a un ritmo narrativo apabullante y a esquemas prefabricados y funcionales en el cine de acción-aventuras; y a los que les da igual la raza, el sexo o la nacionalidad del héroe. Porque es el héroe, maldita sea. Puede con todo lo que le echen. La nueva trilogía, por lo menos por ahora, tiene personajes interesantes, conflictos prometedores y la sana intención de no conformarse con la pirotecnia barata. Buenas bases para que la nostalgia por una galaxia muy lejana se perpetúe a gusto. Y yo me froto las manos: la reinvención ha comenzado con buen pie, y no me deja fuera.

 

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3 pensamientos en “La nostalgia galáctica de los recién llegados

  1. A mí me ha encantado, le veo pocos fallos y desde luego “parecerse” al IV no es uno de ellos, ni la nueva Estrella de la Muerte tampoco me lo parece, es una buena forma de resumir el poder y ambiciones del Imperio y la lucha desesperada de la resistencia sin tener que meter una trama complicada que quitaría tiempo a la presentación de universo y personajes, que al fin y al cabo es el propósito de la película… y en ello funciona magistralmente: ya podrían haber tenido las precuelas personajes la mitad de bien dibujados y encantadores que estos.

    • Puntaco para los personajes, cierto. Qué bien los definen con una buena química entre ellos, gestos y detalles, chistes que no caen en el ridículo… puro lenguaje visual.

      La nueva Estrella sí que me chirría muchísimo. Es utilizar por tercera vez el mismo recurso, pero esta vez ya no funciona como punto de inflexión y amenaza con significado como en la IV (la película gira en torno a ella: los planos de R2, la muestra de poder del Imperio, lo que debe destruir Luke para asumir la fuerza y aceptarse a sí mismo como jedi), sino como escenario que aparece de pronto, sin explicación; luego destruye planetas, ahora en plan más heavy; y luego se la cargan siguiendo el mismo esquema del punto débil, sin que su enormidad nos quede clara (todo se limita a unos pocos escenarios, tanto en la nieve como en el espacio).

      Pero eso no le quita fuerza a una película de aventuras más que digna, una continuación perfecta que reinicia el alma de la saga, y una patada en las chorradas de Lucas. La primera mitad de este episodio VII es, sencillamente, perfecta.

  2. Pingback: Una violenta galaxia | DESCENDIENDO DESDE ORIÓN

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