¿Y ahora, dónde estamos?

blackstar2

No contaba con publicar una tercera entrada en este mini-ciclo, la verdad. Pero resulta que nuestro querido David Jones, alias David Bowie, alias el Camaleón (o sea: Ziggy, Aladdin, soul plástico, Duque Blanco, berlinés, Pierot, new-Phil-Collins, Aman’s husband, not-NIN, “vieja lesbiana”, anciano maestro), ha publicado un nuevo disco con motivo de su 69 cumpleaños. Y que en él ha vuelto a caer en los mismos temas y obsesiones de los que ya nos percatamos en Scary Monsters, de 1980, y The Next Day, de 2013.

Y tampoco contaba con que hoy, 11 de febrero de 2016, David Jones, alias David Bowie, nos dejase para siempre. Ha fallecido tras una lucha de 18 meses contra el cáncer. En realidad, seguramente mucho más larga. Planeaba publicar esta entrada entre hoy y mañana, simplemente para desbarrar un rato más sobre uno de mis artistas favoritos. Hoy, estoy obligado a reescribirla adoptando otra perspectiva. Releo ahora mis comentarios sobre Blackstar que emborroné antes de ayer, y mis teorías sobre sus significados (no voy a cambiar ni una coma de ese borrador, que aquí leéis), y empiezo a comprender.

blackstar3

Regresamos a jazz y al vídeo artístico de vanguardia. No hay nada nuevo bajo el sol. Blackstar tiene ecos de Aladdin Sane, donde ya el jazz experimental fue marca de la casa, y entonces sí innovación, e incluso de la etapa acid y electrónica de Outside y Earthling. Ocurre que ahora Bowie tiene 69 años, mantiene su personaje de icono imperturbable que puede hacer lo que le venga en gana, y no necesita ni marcar tendencia ni mantenerse a la orden del día. Solo quiere jugar.

Por eso mismo, Blackstar no tiene coherencia alguna. Hay jazz y electrónica, sí. Pero no marca evolución en la carrera de Bowie, ni presenta gran cantidad de material nuevo: de seis temas, dos ya los conocíamos de un recopilatorio de 2014. Todo suena a dejá vù: el recurrente truco del disfraz y el alter ego, el experimento sonoro controlado por la experiencia de la madurez. Blackstar suena a colección de descartes, a disco que recoge los juegos de un Bowie interesado desde su regreso en 2013 por la improvisación con saxofón, batería y teclado. Un greatest hits de retales unidos solo por la inquietud.

No es poco. Ya quisieran otros muchos músicos (ya no digamos artistas) mantener ese mismo nivel de actividad y creatividad en su vejez serena.

Y claro que no hay coherencia. Porque la historia se acababa: porque solo quedaba recopilar los últimos descartes en un álbum en apariencia nuevo. La máscara llegó hasta ese extremo. Ahora el personaje hermético tiene sentido; ahora, cuando descubrimos, demasiado tarde, que los rumores eran ciertos: que el Camaleón regresó solo para despedirse. Por amor a la música. Y ante la terrible perspectiva de la propia finitud, solo queda jugar. Quedarse en el experimento conocido no por comodidad o enquilosamiento (¿cómo pudimos creer eso?), sino por una urgente e irresoluble necesidad de poner un broche final a una carrera que el mismo Bowie sabía legendaria. Hacer “lo que le venga en gana”, porque no tiene otra salida. Y disfrutar de ello. Y ser capaz, incluso, de hacer Arte a partir de la muerte.

blackstar5

El Mayor Tom ha muerto y Bowie ahora es una estrella negra. Pero el discurso tampoco es nuevo. El disfraz ya no sorprende, ya no es fruto de imitación: ahora solo es réplica de lo que ha llegado a ser canon gracias a sus réplicas en otros tantos artistas que en los últimos 30 años han intentado ocupar el trono de Bowie. Ninguno lo ha conseguido.

Bowie sigue empeñado en ocultarse, incluso en una portada limitada al minimalismo más explícito y burdo. Y así alimenta a su último gran personaje: el anciano venerable, maestro de peregrinos, profeta en tiempos convulsos, que solo necesita cantar lo incomprensible para mantener adeptos y asentar su genialidad en una sociedad joven aún interesada en escucharle, quién sabe si a venerarle. Un Lope de Vega consciente en vida de su inmortalidad. Solo que esta vez adopta la figura esquelética y aterradora de un viejo de ojos saltones, movimientos erráticos y convulsos, y ojos cegados, que predica en un manicomio ante mujeres y hombres que se retuercen extasiados ante los restos de su leyenda musical. El videoclip de Blackstar, sin más rodeos, es aterrador. Su significado, un misterio. Bowie no ha sido nunca muy amigo de los significados evidentes: suyas son las letras crípticas, la imaginería visual indescifrable. La canción, por otra parte, entra sin esfuerzo en lo mejor que ha compuesto Bowie en los últimos 15 años, incluso 20.

Blackstar da miedo. El pasado 19 de noviembre, ninguno entendíamos el videoclip: en apariencia, parecían los desvaríos lisérgicos de un artista que pretendía seguir en la vanguardia. Opinaba que prefería a Bowie en ese ámbito antes que jugando a ser un anacrónico joven rockero, como ocurría en The Next Day. Ahora me entran escalofríos. El impulso de volver a ser joven. El experimento sonoro que sostiene tétricas imágenes de un astronauta muerto, un ritual de veneración en torno a su cráneo enjoyado; un artista consumido por la enfermedad, pero aun así capaz de seguir creando. “Algo ocurrió en el día en que él murió. / Un espíritu ascendió un metro y dio un paso atrás. / Alguien tomó su lugar, y valientemente gritó. / (Soy una estrella negra, soy una estrella negra)”… Todo cobra sentido. Bowie nos estaba cantando su propio panegírico, y hasta hoy no lo hemos entendido.

blackstar

Al final “todo ha cambiado, nada ha cambiado”. Blackstar irrumpe como número 1 en la lista de ventas del Reino Unido. El nuevo disfraz funciona otra vez, aunque ahora dé miedo, y Bowie podrá seguir encerrado en su hogar, acrecentando la sensación mediática que produce cualquier comentario suyo, por nimio que sea, y fortaleciendo su imagen promocional de artista total dedicado por completo a su música. Hasta que, tal vez, se canse de su reclusión artificial, y vuelva a la primera línea de los focos y los objetivos de cámara.

Solo que ya no habrá más música, ni focos, ni resurrección. David Bowie publicó su último disco, ahora sí, tres días antes de su adiós. Fiel a su último personaje, se ocultó totalmente detrás de la música: de esa minimalista estrella negra que condensa significados que hoy no somos capaces de abarcar en su totalidad, si acaso solo de percibir. Muerte irremediable, identidad devorada por el arte, resurrección en la fama póstuma. “Lázaro” fue el último videoclip del genio. Como otros hicieron antes (Freddie, cómo te echamos de menos), se aprovecha la cercanía del desenlace para darlo todo. Y en la música, qué maravilla, se alcanza la inmortalidad. La máscara definitiva. ¿Dónde estamos ahora? Al fin, hay respuesta: en el mito.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s