El cubículo de la vergüenza

Sábado, 23 de enero de 2016. Tras años planeándolo, por fin tacho uno de mis planes “catovi” pendientes: visitar la (mal) llamada Ermita de San Jorge y la Torre de los Mogollón. Uno de los enclaves más interesantes de nuestra provincia: ya me ha ganado su encanto inherente a los misterios que plantean sus ruinas (quién la construyó, por qué, para qué, cómo era originalmente, cuánto se ha perdido), su insólita capacidad de supervivencia que aviva nuestra imaginación.

Y, a la vez, es el cubículo de la vergüenza. Enclave abandonado entre boñigas, barro, vacas y cigüeñas, nidos de procesionarias, metales oxidados, piedras tambaleantes, mangueras de riego; al desnudo frente al viento, la lluvia y el sol, todos los días del año. Y a solo 12 km escasos de un conjunto monumental Patrimonio de la Humanidad, que, ese sí, nos enorgullecemos de conservar para que luzca en el folleto.

Dejo que las fotografías hablen, y denuncien de manera más elocuente y convincente que cualquier parrafada que pueda arrojar por aquí.

Fotografías mías, de Sima García e Ismael Carmona.

Más datos sobre la ermita:

Por supuesto, sois libres de comentar, aportar más datos, opinar sobre esta ermita. Conservemos todos los registros posibles. Nunca es escasa ni excesiva la crítica. No nos dejemos amilanar ante lo que es, maldita sea, una batalla perdida.

 

Corolario: esto va por ti, grandísimo desgraciado. A ti, que sin ningún reparo, y frente a nosotros, osaste escalar al techo de la ermita para posar chulesco en una maldita foto que imagino que luego colgarías al Facebook-Instagram-Twitter-loquetesalgadelosbajos para pavonearte de, coño, fíjate, “en la cima del mundo estoy / contemplando la creación”. Me hace muy feliz, me encanta ver lo bien que sabes escalar piedras viejas, en serio: ¡has descifrado las instrucciones de uso de la bota de trekking! Y ya no me voy a meter con tu inexistente sensibilidad cultural y artística, a la altura del ojo ciego; más me sorprende que te arriesgues a pisotear una bóveda en ruinas que amenazaba con hacerte caer y romperte la crisma sobre un altar de piedra. Pero, oye, que hablamos de tu integridad física, es tu responsabilidad. Y, puestos a elegir entre la tuya y la mía, si dicha bóveda hubiese cedido -y me voy a poner en plan nazi-, creo que tiene más valor la mía. Yo no acrecenté la vergüenza de la ermita, indefensa ante los palurdos de la foto de turno.

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