El significado de fabular

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“La poesía escrita entre los 16 y los 18 años es como la masturbación o el acné: son problemas relacionados con la edad.”

Con esa seguridad, experiencia y desparpajo que le caracterizó hasta en su vejez, y legitimada por su indiscutible autoridad, propia de quien se sabe admirado y consagrado por el canon, sentenció Umberto Eco la que para mí se ha convertido en su última bienaventuranza. Fue con motivo de la publicación de su última novela: Número cero. La última pregunta de la entrevista, y la última respuesta que leeré del piamontés. Es paradójico que se concentre accidentalmete tanta trascendentalidad en semejante improperio: pero a partir de hoy tendré que acostumbrarme a hablar del maestro en pretérito, etiquetar sus acciones en una línea temporal ahora con principio y final delimitados. Umberto Eco ya tiene su propia narrativa completa, el destino irremediable ha firmado el corolario, y el lector, al fin, puede interpretar semejante monumentalidad con total libertad. Y el autor disfrutaría ahora al verse convertido en uno de aquellos signos que él tanto estudió y desentrañó. Umberto Eco ha fallecido, se ha transmutado en texto, y muchos nos hemos quedado huérfanos, en un año prematuramente fatídico en el que otros genios como Bowie y Rickman ya no están. Y pocos nos quedan ya para interpretar el mundo con ojos despiertos e inconformistas.

Para mí, Eco ante todo fue (es) medievalista. Autor de mi novela favorita, en incontables niveles: como magnífica recreación total del Medievo (en arte, pensamiento, lenguaje, actitud, incluso forma de redacción); como estandarte incuestionable de evolución del relato policial occidental; como brillante ejercicio de narración por parte de un erudito, no un cuentacuentos; como impagable manual de semiótica; como enternecedora historia de amor que nos hizo perder la virginidad emocional a muchos; como incomprensible éxito de masas. Como Biblia de infinitas lecturas, de la que aprendo cada vez que la leo: cada cinco años, ese es mi reto, regreso a El nombre de la rosa, creyéndome más instruido, y sintiéndome al acabarlo más necio. Esa era la mayor cualidad, por muy frustrante que fuese, de la mente maestra que estaba detrás: un hombre de cultura vastísima, agudísimo ingenio, envidiable lucidez incluso cuando en su vejez se acomodó; un genio imposible de abarcar si no es interpretándolo, y entonces, irremediablemente, toda conclusión tendría su parte de falsedad. Orgulloso, autosuficiente, pedante; pero porque podía serlo, no fingirlo.

Siempre admiré su erudición, capaz de convertir cada insufrible mamotreto (El péndulo de Foucault, La isla del día de antes) en una fascinante enciclopedia de referencias contenidas con coherencia, que no gancho narrativo. Pero no hacía falta. Cuando escribo, me siento muchas veces indigno discípulo suyo: cuando mis personajes hablan, solo hablan, y debaten, y se hacen grandes preguntas; y la fluidez del interés del relato se interrumpe en diatribas pretenciosas que no llegan a ninguna parte. Siempre he aspirado a la tranquilidad de Eco, el sabio, a la hora de abordar la tarea de escritor en su madurez: componer una novela solo por el gusto de hacerla a su manera; una reflexión de una mente brillante destinada a otras mentes brillantes; un ensayo académico bajo la apariencia de novela. Y el éxito, innecesario, aunque nunca rechazado. No sé escribir de otra manera: con el piamontés me he criado.

Pero yo, claro está, no alcanzo ni un mínimo grado de esa brillantez. Solo soy un alumno más. Otro imperfecto amanuense que copia, encontrando la originalidad en la imitación. Que coincidía con las opiniones políticas de su maestro, le siguió a la hora de estudiar los significados contenidos en una portada de Pink Floyd, le reverenció en su defensa integrada de la cultura popular como tema académico, le siguió a la hora de saber cómo escribir una tesis, y le puso en un estandarte como incuestionable experto en la estética medieval. Eco me enseñó mucho: desde otras formas de contar una historia, hasta maneras sorprendentes de interpretar la realidad, así como la serenidad de admitir que mis primeros poemas de adolescencia (tardíos: con 20 años) eran un desastre onanista. Y no pasaba nada por reconocerlo: hasta él pecó de igual manera. Brillante hasta en su humildad impostada.

Aunque, como alumno, aún estoy lejos de encontrar mi propia voz. Por el momento, solo me queda la enorme gratitud hacia mis tutores. Cada vez me quedan menos. Umberto Eco se ha marchado, ya no podrá ahora ayudarme a interpretar su legado. Estoy, estamos solos. Estudiaré ahora por mí mismo, rezando para que lo aprendido me sirva para llegar a conclusiones válidas. Y fabularé por mi cuenta y riesgo, confiando en que llegará un día en que consiga aceptar que el texto que escribo, por el simple hecho de terminarlo, deja de ser mío, y por eso mismo toda crítica hacia él no puede afectarme. La gran bienaventuranza del maestro, y la última que, con suerte, veré realizada. Que la tierra te sea leve, Eco. Tanta paz te lleves como abundante sabiduría, y buena guía, dejaste.

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