Amigo Harry

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Necesitaba tenerte de vuelta, Harry. Crecí contigo. Te conocí hace ya mucho: cuando yo tenía 9 años, e inocencia suficiente como para creer que con 11 llegaría una lechuza para invitarme a Hogwarts. Y te fuiste cuando ya tenía 15, y cada vez tenía más cerca esa temible mayoría de edad que me enfrentaría a mis dementores particulares (¿quién no los sufre?). Por suerte, seguiste ahí, en cierto modo, hasta que cummplí los 19 y ya no podías sorprenderme más en pantalla grande, pero sí emocionarme con unas pocas notas musicales y un tren rojo. Dándome una idea de lo que significaba crecer cuando todavía era pronto para asimilarlo.

Tal vez, y en cierto modo, aún hoy siga siéndolo. Pero ya no he vuelto a Hogwarts con los mismos ojos. Con más lecturas a mis espaldas, ya era hora de comprobar si tu leyenda hacía justicia a tu mito y, sobre todo, a la realidad de tus páginas. Si eras el enésimo caso de relato “fundacional” de la infancia-adolescencia que no aguanta el paso adelante. Me propuse releerte del tirón, por primera vez desde que cerré tu saga en el ánden 9 y 3/4, hace ya casi diez años. Y no me has defraudado: no eres magnífico, pero aguantas con entereza; no me enseñas nuevas lecciones, mas asientas lo que aprendí sin darme cuenta; no te releo, sino que te redescubro.

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Contigo me alimenté de uno de mis primeros viajes del héroe, aun cuando no sabía qué era eso. Me enseñaste a fascinarme con tu doble juego de espejos entre el héroe y el villano, tan iguales, tan distintos: ambos comparten poder pero sus destinos están irreversiblemente sellados. Supe así que hay Bien y Mal, incuestionables y sin grises, pero incapaces de existir el uno sin el otro. Ambos vencerán siempre porque nunca cesarán de ser derrotados.

Y comprendo ahora que tu saga funciona mejor cuando más abraza sus constituyentes básicos: ser una historia de crecimiento de unos niños, luego adolescentes, y finalmente futuros adultos; y, al mismo tiempo, ser un relato generacional, que extiende sus ramificaciones hacia un pasado que repercute y se prolonga en el futuro. De cómo los lazos familiares y las pasiones y motivaciones humanas, tan intensas e inconmensurables, son capaces de marcarnos a través del tiempo y el espacio; de cómo las vivencias de adolescente se transmiten hasta la madurez y dirigen nuestros caminos; de cómo las responsabilidades del padre pesan inevitablemente sobre el hijo. De cómo la amistad incondicional es el apoyo más poderoso que existe.

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Y aprecio ahora más ese final que, contra lo que esperaba (y me decepcionó) con 15 años, ya creo perfecto: ese diálogo entre héroe y villano, tan elegante, tan complejo en su aparente simpleza, tan fluido y calmado pese a su insoportable tensión contenida. El choque definitivo, reducido a una sincera y humilde oferta de redención de Harry hacia Voldemort. El niño que vivió, triunfante, sabiendo que el único desenlace pasa por su victoria, por la caída del monstruo que morirá.

Y “19 años después”. Tu saga, en su circular transmisión genética, no tenía otro modo de cerrar que abrirse a una generación nueva. No se trata de establecer una posibilidad de nuevas novelas (que están al caer), sino de comprender que el trasfondo de este relato reside en que la vida sigue, y todo se repite, pero todos somos únicos. En esta hermosa contradicción, Harry Potter, eras el niño que todos quisimos ser y éramos, aunque no lo pareciésemos: hijos de alguien, novios ilusionados, estudiantes frustrados, marginados resignados, líderes inconfesos, héroes imperfectos y potenciales. En tu leyenda, eras humilde; y nosotros, bajo esa influencia, por fortuna en la realidad podíamos ser igual de especiales.

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En fin, Harry. Te he releído ahora por completo y del tirón porque lo necesitaba. Ha sido emocionante regresar a esa mezcla heterogénea del mundo mágico, donde todo era posible, todo existía, el sentido de la maravilla no se agotaba. Me has permitido interpretar tu saga a varios niveles nuevos: como ejercicio de construcción de una gran narrativa (irregular en sus altibajos, pero encomiable en su cohesión), como muestra de la evolución de Rowling como narradora, como fantástica reflexión sobre el horror y la muerte. Y, sobre todo, como un maravilloso juego de nostalgia. Hacia ti mismo, que te veías crecer y superar tus expectativas iniciales de cuento de niños; y, sobre todo, hacia nosotros, que te hemos seguido fieles y leales. Qué maravilla volver a leer esas páginas, y darme cuenta de que aún recordaba hasta los detalles más minúsculos. Y que todo lo que viví después de la saga ya estaba contenida en ella: amores y desamores, amigos y desamigos, triunfos y fracasos. Aún seguía en Hogwarts, después de tanto tiempo. Y para siempre.

Harry, amigo: hace años me convertirte en devoto de la lectura. Hoy, cuando soy más “viejo” y menos ingenuo, me has devuelto las ganas por leer, después de meses y meses incapaz de acercarme a un libro. No te lo puedo agradecer lo suficiente. Así que, que perdure esa magia, y no nos abandone nunca: la magia de abrirnos a otras mentes, otras ideas, otras vidas; de no conformarnos nunca, de querer saber; de no tener miedo a crear; de que un libro en frágil papel se vuelva eterno en nuestra memoria, y así nos enseñe a aceptar con esperanza nuestra mortalidad. La única magia auténtica.

 

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