Larga vida al rey

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Tendría 14 o 15 años. La edad de la incredulidad, de creerse mayor mientras aún se duerme bajo muñecos de Batman. De renegar de Disney, porque, oye, eso es cosa de críos, y yo ya he flipado con V de Vendetta. De esas que descubres la seriedad pero aún ignoras el significado de la impostura. Y un buen día estaba, quién sabe por qué, viendo El rey león. Prestando poca atención a los dibujitos animados. Entonces, Simba y Nala se reencuentran. “Es la noche del amor”. Mi detector de cursiladas se enciende. ¡Alerta! Ya se ponen a cantar otra vez. Malditos monigotes.

Y de pronto, tras rodar por una ladera, Nala besa a Simba. Este no reacciona, no sabe cómo. Y ella le mira juguetona, sugerente y, por qué no, retozona. Simba sonríe. Ya los juegos infantiles. han quedado atrás, esta noche es para adultos. Los dos se abrazan. Una brillante elipsis, Timón y Pumba lloran, un cierre cómico. Yo no me río. Estaba en blanco.

En aquel momento, aquel brevísimo instante, tuvo lugar la primera ocasión en la que descubrí lo que era una doble lectura. En que aquella película, que creía conocer de memoria, de pronto me revelaba un significado en el que nunca había reparado. Y ese contenido se me mostraba a mí, solo a mí, esa tarde frente a la televisión: en esa precisa escena que mi hermana, entonces pequeña, viéndola a mi lado, no había conseguido entender. Yo sí. Porque había captado lo que la letra, el gesto y el contexto sugerían. Era el primer mensaje verdaderamente adulto que pillaba en una película. Era algo nuevo. E, ironías de la vida, lo había encontrado en una película de Disney.

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Desde entonces, me aficioné a interpretar dobles, triples, múltiples lecturas a las películas. El cine infantil resultaba ser depositario de fortísimos mensajes atemporales para adultos. Qué magnífico descubrimiento. Claro que aún faltaba para que pudiese leer ese juego de sugerencias a través de mis propias “noches del amor”; para reconocer a clones de Scar y sus acólitos en el cínico día a día político; para encontrar a mis propios Timón y Pumba en el camino de la irresponsabilidad; para que escalase mi Roca del Rey particular, que no es sino asumir un deber vital. Pero, aunque entonces era pronto, con la gesta de Simba aprendí qué me podría deparar el mañana. Y así El rey león, a cada visionado, se afianzaba en el puesto que ahora ocupa: mi película animada preferida, y una de mis indiscutibles obras maestras.

El rey león no es un plato ligero para los pequeños. En hora y veinte plantea un cruel fratricidio, un golpe de estado, un contragolpe vía traición cortesana; toda una población muere de hambre y sed; un ambicioso dictador totalitario prefiere el genocidio por autarquía antes que asumir su incompetencia como líder; un hijo huye de la responsabilidad de haber matado a su padre (o eso cree) y se arroja a una vida de desenfreno. Y, si el guión original hubiese seguido adelante, hubiésemos tenido una relación de dominación y maltrato cuasi-incestuosa de un tío déspota hacia su humillada sobrina.

Pero ahí reside su valor. Aguanta la madurez del espectador porque le habla a sus muchas edades: al niño, al adolescente, al adulto, al anciano. En eso, y en que fue un inesperado “milagro”. La película a la que menos recursos destinó Disney, más interesada en el romance entre una princesa india y un conquistador inglés. La película que se atrevió a mirar a Shakespeare (mientras no reconocía la herencia de Kimba). La película que apostó por acercar a Elton John y Hans Zimmer a Disney, con inimaginables resultados. La película honrada con un soberbio Jeremy Irons, que enriqueció con incontables matices de tirano británico al personaje de Scar, alejándolo de la caracterización inicial de villano de opereta (caracterización simple que aún conserva el, por otra parte, magnífico musical de Broadway). Por fortuna, todo salió bien.

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No he dicho nada en esta entrada que aporte nada nuevo a las palabras que otros tantos han dicho, a lo largo de 22 años. Tampoco hace falta. Me uno a ellos: a quienes han conservado a El rey león en un pedestal durante mucho tiempo, quienes aún pueden sacar nuevos significados sobre esta epopeya, quienes consiguen todavía reír a carcajadas y llorar desconsoladamente con el drama de Simba. El Cine (con mayúsculas) supera su propia materialidad. Entra en el terreno del sentimiento, la compasión, la “trascendencia” otorgada a lo que no es más que celuloide, plástico de DVD o datos binarios. La utilidad de lo inútil: poder ver un relato y concederle un contenido que nos explica algo sobre nuestro mundo y nosotros mismos.

En 2011, en el reestreno de la película en cines, creí que me emocionaría con la muerte de Mufasa, o la ascensión de Simba como rey. Qué va. Me derrumbé con el inicio, y lo mismo me ocurrió viendo el musical. El ciclo de la vida: el principio es el fin, todo fluye. Crecemos, maduramos, perecemos, y otros nos siguen. Una maravilla en su aplastante naturalidad. El rey león es, ante todo, una fiesta al nacimiento y la muerte, la alegría y la pena, la despreocupación y la responsabilidad. Una impagable lección de vida. Siempre es buen momento para recordarlo, y seguir aprendiendo.

 

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