Mientras escribo | Un tuit, una reseña, un cuaderno

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Salamanca tiene ese nosequé que me hace reafirmarme en las Humanidades, las Letras, la Academia y la vida relajada. Que no ociosa. Aprovecho siempre que voy para dejarme embaucar por el halo turístico y romántico de etiqueta universitaria y letrada, y vestirme con el disfraz del personaje que la ciudad me obliga a ser porque, oye, Salamanca se presta a ello, es la ciudad de los eruditos y literatos. ¿Cómo no dejarse llevar por su fachada, por su apariencia?

Así que hago lo que considero que solo puedo hacer entre sus calles: escribo en mi diario en cualquiera de sus cafés, paseo entre monumentos mientras escucho en mi móvil al Dead Can Dance más barroco. Mi querido papel de juntaletras jamás se desenvuelve más a gusto que allí, donde puede campar a sus anchas sin que nadie lo vea impostado, exagerado o prepotente. En una ciudad que asume, acepta y potencia sin reparos su pasado medieval-renacentista, lo que me hace sentir como en casa. Y siempre dejo algo en el tintero, alguna visita pendiente: todavía no he visto la Catedral, ni el huerto de Calisto y Melibea, ni la Cueva del Diablo. Pero tengo tiempo. Salamanca siempre te da otra oportunidad.

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Y está haciendo unas magníficas oposiciones para convertirse en un lugar cada vez más especial y crucial en mi vida. Ha sido el escenario, la semana pasada, del primer premio que ha recibido un trabajo literario mío desde que decidí dedicarme a esto de juntar letras. Y para alguien como yo -dado al desbarre, al rollo macabeo en todo lo que escribe; a quien le cuesta articular una narración pero no opinar en géneros como la crítica, el artículo o el ensayo, o escribir prosa académica-, que este premio haya sido a un microrrelato, un tuit, supone una deliciosa ironía. “Del dónde al donde. De la elipsis al antecedente. De la potencia al acto. Del destino al hogar. Por la ruta del acento”. I Concurso de Tuiteratura ALEPH. Un microrrelato escrito por alguien que jamás había escrito microrrelatos, y que ha tenido mucha suerte. Porque, huelga decirlo, nunca he sido asiduo a participar en certámenes. Soy demasiado perfeccionista como para dar por finalizado cualquier proyecto literario. ¿Veis, entonces, la paradoja?

Pero no me voy a quejar, ni mucho menos. Me ha encantado participar. Lo hice con más microrrelatos (alguno de ellos, lo confieso, me gusta más que el que finalmente ha ganado), en los que quise tratar diferentes aspectos del mismo tema: el espacio. El significado del viaje, la construcción de la nación, la relación del ser humano con lo que le rodea, el modo de expresar del espacio por parte de la lengua. Son temas que me fascinan, lo reconozco. Mi microrrelato bebe mucho de la sintaxis, de la subordinación adjetiva que tanto me gusta explicar en clase porque siempre la he visto como un juego de sustituciones, de percibir lo que no está escrito en la oración. De mundos posibles que no lees, sino imaginas, y por ello te fascinan aún más. Qué maravilloso es el lenguaje, rediez.

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Aunque no voy a lanzar fuegos artificiales todavía. Me gustaría, ya que he abierto la veda, seguir escribiendo microrrelatos: tal vez sea lo que estaba buscando, en lugar de tanto cuento y tanto proyecto de novela que no termino de sacar adelante. Ya se verá. Todavía no he renunciado a finalizar, al menos, mi primera novela. Ni a probar con algún ensayo de larga extensión (recopilar los artículos de este blog sería una buena idea: ¿qué llevo haciendo desde casi diez años -no solo aquí- sino entrenarme en ese género?). Y no debo olvidar de que lo que me va a dar de comer, espero, es la Universidad. Y que la semana pasada he entregado mi primera reseña a una publicación académica, que saldrá a la luz pronto. O sea: me he convertido oficialmente en crítico ya no solo de cine, música, literatura y frikadas varias, sino también de trabajos científicos. De mi placer estoy haciendo un trabajo, y encima sobre temas mucho más sesudos y, seamos sinceros, pesados. Quién me ha visto y quién me ve. En qué me he convertido…

En fin. Así están las cosas últimamente. Este Mientras escribo particular recibe una actualización bastante sustancial, y que disipa (afortunadamente) las apocalípticas predicciones de la última entrada. Sigo en mi empeño juntaletras. Atrás quedan los sueños de grandeza de ese chaval de 17 años que decidió tomarse en serio una afición y emborronó cuadernos de notas sin parar. El punto, creo, está en saber equilibrar para qué fin utilizamos las letras. Dice un profesor mío que la realidad te impone tener que elegir: lejos queda la posibilidad del humanista que puede ser a la vez docto profesor e investigador y reconocido narrador o poeta. Bueno, yo por ahora sigo buscando mantener ambas vertientes. Poco a poco, y sin pretensiones: una de ellas es la que necesito, la otra es simplemente una vía de escape. Mis cuadernos ya no son tanto un diario como un gran borrador. Ahora mismo estoy escribiendo a mano un pequeño cuento. Sin pausa, pero sin prisa. Por el puro placer de fabular. Este, menos mal, no es una mera publicación académica para el CV.

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