Tomándoselo en serio

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X-Men: Primera Generación es, desde una perspectiva diacrónica, un genuino punto y aparte. Y el caso es que no nos dimos cuenta en el estreno. Pero se ha convertido en la primera prueba de que las películas de superhéroes habían llamado la atención de directores que, por fin, sabían qué tenían entre manos. Matthew Vaughn, director que juega en la misma liga que Guy Ritchie, ha bebido de toda la cultura pop occidental de los últimos 40 años. Y para mi gusto está por encima de Ritchie en cómo ha sabido procesarla en toda su filmografía. Kingsman y Stardust, por ejemplo, cada una en un extremo, eran una auténtica gozada por su imparable ritmo, su pérdida del miedo a la violencia y su extraordinaria capacidad para divertir. Y, sobre todo, porque eran conscientes de qué estaban adaptando: cine de espías y cuentos de hadas. Imposible tomárselos en serio. Nosotros, como espectadores, lo sabemos; Vaughn, como director, también. Pero no por ello ridiculiza sus historias. Se ríe de ellas con ellas. No es lo mismo.

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Con Primera Generación ocurre igual, y el resultado fue una película anómala dentro de toda la maltrecha saga X-Men. Por primera vez, se dejaban de épica impostada y aceptaban que estaban adaptando un material risible. Pero Vaughn no se acobarda, y nos da su especialidad: espectáculo colorido y sin complejos, que jamás intenta ser más serio de lo que no es. Esa es una faceta de los cómics de X-Men que jamás habíamos visto en pantalla. Para los fans, por tanto, ver a Magneto con su estúpido casco rojo con cuernecitos fue una sorpresa inimaginable: la película se atrevía a ser ridícula y le daba igual. Y después llegaron Los Vengadores, y luego Guardianes de la galaxia, y Deadpool. Ahí nos dimos cuenta de que la irrupción de Vaughn no era casualidad. El ridículo se infiltraba en el cine cómic, y qué a gusto se desenvolvía. Porque siempre había sido parte indispensable de las viñetas.

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Vaughn, Gunn y Whedon son directores que han comprendido perfectamente de qué va el percal. Contaban, claro está, con material base que les permitía crear una fiesta. Los X-Men, los Guardianes y los Vengadores son ejemplos magníficos de que el cómic de superhéroes va acerca de una continua suspensión de la incredulidad. No son Batman o Daredevil, con su seriedad pulp. Al contrario: son celebraciones del disfraz, la ciencia ficción, la aventura, la “space opera”. Sumemos entonces este circo de influencias a la capacidad de estos directores para conocer el cine comercial en su pasado y su presente: ellos, quienes se han criado con las grandes sagas de acción, las películas de videoclub, los héroes de sudor y cerveza, los monstruos de látex, el sentido de la maravilla y el cine infantil inteligente; y conocen sus temas, su código y, ante todo, su tono. Y pueden replicarlo, pero para adaptarlo a un público nostálgico: que o bien vivió los años 60-70-80, o los desconoció porque nació más tarde pero ha crecido bajo su mito ahora venerado. Un público friki que pillará las referencias intertextuales de estas películas, pero no verá en ellas un copia y pega de retales, sino historias autosuficientes, herederas del espíritu del cine comercial del pasado, pero adaptadas al gusto actual por el efectismo. Son ruidosas y exageradas, pero mantienen el encanto del entretenimiento sin pretensiones del que gozaba el cine palomitero de antes.

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Desde Nolan, hay una preocupante preferencia en el cine cómic hacia la solemnidad forzada que intentan prestigiar con la etiqueta de épica. Parece ser el signo de los tiempos: en esta sociedad tan “oscura” y depresiva, no hay espacio para la risa. Ese sentimiento ya se vivió en los 90, y el resultado fue una década monstruosa para el cómic, que se volvió artificial, sobrecargado y hueco. Sagas que antes fueron una fiesta por desgracia se sumaron al carro de esa feria. Ahora, Batman v Superman remite a La muerte de Superman,  de 1992; X-Men: Apocalipsis mira a La era de Apocalipsis de 1995, y dicen que ha renunciado al tono ochentero, se limita a bromear sobre El retorno del jedi y ofrece solo destrucción gratuita. Esos terribles años 90 parecen haber vuelto, y el resultado está hundiendo en la pretenciosidad cínica del “destruction porn” a sagas fílmicas que eran otra cosa: desenfado desvergonzado, no por ello ligero y menospreciable. A ese lado luminoso sí miran otros. Y lo bueno es que lo hacen sin que se noten ya las costuras. El género puede ya ser academicista como la United Artists, tenso como el Nuevo Hollywood, divertido como Amblin, cutre como la Canon, y aun así tener personalidad propia e independiente. Por eso mismo ha llegado a la madurez: porque de ingredientes de géneros anteriores ha creado su propia poética. Creo firmemente que el futuro del cine cómic está en las narrativas interconectadas, en el planteamiento de grandes preguntas sin que ello afecte a la diversión, y en la aceptación de la naturaleza histórica pop de las viñetas. Ahora, solo queda que los referentes sigan siendo los que no temían su propia tontería, porque se la tomaban en serio.

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