Pudimos ser héroes

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He viajado a Berlín creyendo que encontraría el mito de Bowie, pero me ha sorprendido comprobar que nadie le recuerda. El Ministerio alemán de Asuntos Exteriores se apresuró demasiado en su elegía: “Ahora estás entre los #Héroes. Gracias por ayudar a derruir el #Muro”. En Berlín no he visto ninguna placa, ninguna estatua, ninguna fotografía. El Muro prefiere el beso entre dos viejos, el soldado que salta una alambrada, el cuatro latas soviético, el cartel del puesto Charlie. Los héroes del Muro son sus muertos, sus detractores y sus destructores. Y no lo desapruebo, porque fueron ellos, más que un músico en rehabilitación, quienes más hicieron por acabar con la separación. Pero, aun así, quien habita hoy día en Berlín es David Jones, tan frustrantemente anónimo como lo fue durante toda su vida de vodevil.

Qué irónico, por tanto, que hoy, 22 de agosto, por fin se haya revelado una placa conmemorativa en Hauptstrasse, donde vivió desde 1976 hasta 1978 y compuso la Trilogía de Berlín. Yo tomé el avión de vuelta el 20. Ni siquiera he visitado Hauptstrasse, aunque sí caminé cerca de los estudios Hansa donde Bowie grabó buena parte de la Trilogía. Un paseo por allí, el barrio de Kreuzberg y sus alrededores, es mucho más estimulante que el acero y cristal de Alexander Platz, que no se diferencia en nada a otras metrópolis europeas. El encanto de Berlín lo he encontrado en las zonas más alternativas, donde se mezclan las culturas y todo parece más decadente e incluso sórdido, aunque en el fondo no lo sea.

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Porque Berlín, por mucha modernidad que quiera aparentar, es una ciudad fría y extraña. No parece conocer la luz eléctrica por la noche, cuando más la necesitamos para sentirnos seguros. La gente bebe en las calles, y a nadie parece importarle, y no causa ningún tipo de contratiempo. El pueblo se acuesta temprano, la fiesta se recoge al anochecer, pero los rezagados aún tienen opciones para volver a casa sobre raíles y asfalto. Nadie se atreve a dar una voz más alta que otra. Sobra el espacio en calles demasiado amplias y enormes parques sin árboles. Muchos van en bicicleta, y los que van en coche conducen máquinas demasiado caras.

Y se respira cierta nostalgia hacia el periodo de entreguerras que propició la explosión artística, lo suficientemente hipócrita como para disfrazar con la música la miseria y la muerte de civiles hambrientos y enfermos. Se denuncia el nazismo sin ningún tipo de reparo, aunque solo en lugares puntuales. Lo que no desaparece, en ninguna parte, es el Muro. En esta Berlín que se revela sin historia, donde la Puerta de Brandenburgo no puede disimular sus reconstrucciones. Poco pasado queda en calles demasiado nuevas. Lo único que marca un año cero, un inicio de nueva Historia, es un Muro ahora conservado por fragmentos, cuando no en líneas trazadas en la acera: testimonio silencioso y silenciado de la vergüenza. Hasta el Reichstag ha ocultado orgulloso sus cicatrices de guerra para simbolizar una Alemania unida.

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No sé si el precio pagado compensa. En todas partes venden pedazos de Muro, de dudosa autenticidad y menor valor: son solo trocitos de cemento pintados con colores, distribuidos en masa para que el turista se crea poseedor de algo relevante. Pero poca trascendencia se encuentra en un Muro que no es tan alto como parece, ni tan amenazador. No ahora, claro, cuando se presta a la foto rápida y a la compra del recuerdo. El puesto Charlie, escenario de tensiones insoportables entre Este y Oeste, es ahora el photocall donde el turista puede hacerse una foto con sonrientes figurantes a lo militar estadounidense, para después comer un delicioso BigMac justo al lado. Sobre los restos del puesto, dos fotografías gigantes de un soldado yanki y otro ruso. Desconozco si fueron auténticos, o si murieron en acto de servicio. Este nuevo Muro no me da respuesta. Solo tiendas de regalos, oficiales o callejeras, donde incluso puedo comprar fabulosos recuerdos de la extinta Unión Soviética: pines, chaquetas, gorros, réplicas de pasaportes. Testigos parciales de un sueño roto, de una reconciliación que ha pasado por caja. Casi 40 años de dolor, familias rotas y rencores ilógicos, ahora son satisfactoriamente filtrados por la reproducción en masa, el selfie y el souvenir. La ushanka se conforma con estar colgada en una percha; el Tío Sam, por contra, tiene preferencia en el escaparate.

Pero sigue siendo el Muro. Ahora solo puedo figurarme todo lo que esconde, y todo gracias a que la explotación turística me bombardea con los retazos de tal pesadilla. Bowie no aparece en ninguna parte, ni siquiera en kilómetro y medio de la East Side Gallery. Un imperdonable descuido, creo. Y aun así no se olvida, no lo olvido, no olvido esa historia de reyes, reinas, delfines y enemigos, y besos bajo las balas a la sombra de la pared; esa historia que no hay que dejar que escribir, aunque sea en instantáneas, para no olvidarla. En este mundo no tan carente de otros muros donde no podemos hacernos fotos. En esta fría, sucia y fascinante Berlín que sigue tapando sus vergüenzas o presentándolas con desenfadada hipocresía; una actitud que llevan en la sangre, desde los ilusorios años del Cabaret.

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