Aroma a nostalgia

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Watchmen, la película, comienza, tal y como la saga homónima, con la muerte del Comediante. Plano a plano, Zack Snyder trabaja con la cámara como si estuviese dibujando un cómic: cada enfoque responde a la extrema atención del director por seguir los dictados de una estética, la “fidelidad máxima al original”, que aún en 2009 seguía creando escuela como único modo válido de adaptar cómics a la gran pantalla. Más aún en el caso de Watchmen: filmar la obra magna del cómic de superhéroes era un reto que solo se podía saldar, pensaron desde la Warner Bros., desde una traslación viñeta a viñeta al plano cinematográfico. Nos curamos en salud, seguimos fielmente al original, y nadie nos podrá acusar de falta de respeto.

Y, así, el Comediante muere, en un escenario calcado al que dibujó Dave Gibbons, a manos de un misterioso asesino oculto entre las sombras. Es arrojado al vacío a través de una ventana, y una gota de sangre cae a cámara lenta hacia la chapa smiley. Los lectores del cómic ya conocemos esta escena, ya la leímos en su momento. ¿Cómo, entonces, podemos asegurar que Snyder falla, pese a su obsesivo detallismo, a la hora de adaptar?

Es un problema de tono, me temo.

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En el cómic, el Comediante jamás se defiende del ataque. No lo vemos, al menos. Atendiendo estrictamente a lo escrito por Moore y dibujado por Gibbons, no hay señales de que el personaje, un salvaje facha de manual, se revuelva ni siquiera como una bestia enjaulada, un toro de lidia que sabe que va a morir irremediablemente. Snyder, sin embargo, guiado por el libreto de Tse y Hayter, libera todos sus vicios estéticos. El Comediante se relaja, tomando una copa y fumando un puro. El asesino irrumpe. Comienza una estilizada pelea coreografiada en la que no faltan paredes destruidas, mesas hechas añicos, lanzamiento de cuchillos, huesos rotos; todo ello grabado a cámara lenta, mientras la edición de sonido amplifica burdamente los brutales golpes. Snyder, en suma, se maravilla ante el impacto estético de la violencia, y se deja llevar.

El problema está en que, con algo tan en apariencia nimio como es desarrollar una secuencia de pelea original para complementar el material de base -donde, repito, dicho combate no aparece por ningún lado-, Snyder no está enriqueciendo nada. Al contrario: tergiversa el sentido de la obra. El Comediante fílmico no sufre bajo tensión alguna, tras haber presenciado unos horrores (como se nos revelará más adelante) que han trastocado sus creencias y su sentido de la existencia. Este Comediante solo bebe y fuma, y, cuando la muerte llega, no la acepta. Y lucha contra ella, porque cree que aún puede imponerle su verdad.

El Comediante del cómic, por el contrario, se nos muestra como un viejo acabado, que se deja matar. Y solo por ese detalle, por esa forma alternativa de desarrollar un mismo personaje en una escena a priori tan insignificante, Snyder y compañía, apenas cinco minutos después de que comience la película, nos demuestran que no han entendido Watchmen.

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Nos lo confirmarán en las tres horas restantes de metraje. Los títulos de crédito perviven como un oasis de auténtica fidelidad y pericia narrativa, eso sí. En esos cinco milagrosos minutos se nos condensa de forma soberbia toda la prehistoria del cómic. La estética es ridículamente adecuada, pues remite (al igual que hacía el cómic) a las historietas de los años 40. La elección musical es magistral: Bob Dylan, como icono de la revolución, nos canta precisamente sobre el cambio. Snyder sabe cuáles son los referentes de su película, comprende la cultura pop de la que se alimenta el cómic; tiene algo a lo que homenajear. Y entonces, solo entonces, da en la tecla adecuada. Pero ahí se acaba la pericia, y comienza el ensimismamiento.

La película Watchmen, creo, se revela así como un ejercicio de nostalgia mal entendido. El cómic original estableció una nueva forma de concebir el género: Moore deconstruyó a los personajes en una época, los oscuros años 80, en la que no cabía otra opción que desconfiar de los héroes y los iconos; Gibbons reforzó esa parodia con su trazo clasicista a la vez que detallista al plasmar una violencia pasmosa. Ambos, pese a su irreverencia, no dejaron de lado la elegancia.

Pero Snyder no es, de lejos, un director elegante. Su Watchmen falla en tres problemas fundamentales. El primero: es efectista y soez, recreándose en un innecesario desfile de amputaciones, desmembramientos y pornografía risible cuando el cómic original, pese a ser explícito, no era obsceno. Aquí, el Hallelujah de Cohen, lejos de dar distinción a una escena de sexo, la vuelve ridícula. El segundo: confunde adaptación literal con buena adaptación. Cine y cómic son lenguajes muy distintos. La experimentación con ambos códigos fue necesaria (ahí tenemos Sin City, donde cuajó solo por ser novedad), pero se antoja pobre. La clave está en saber respetar algo tan intangible e imprescindible como el tono: algo que solo se comprende tras un análisis interno y externo de una obra. Snyder no da ese paso porque no sabe analizar, se queda en la fachada. Era algo previsible: ya su 300, pese a ser alabado por fotocopiar las viñetas originales, es terrible a la hora de transmitir la silenciosa épica del original (y a este estupendo artículo remito).

El guión de la película Watchmen no puede ser un traslado directo del original del mismo modo que los planos no pueden calcar las viñetas por una sencilla razón: no es un cómic. Y Moore pudo permitirse experimentar en cada número de Watchmen con una técnica distinta (monólogo interior, narración paralela, prospecciones y retrospecciones, etc.) porque la condición seriada de la saga se lo permitía. En cines, por contra, tenemos tres horas ininterrumpidas de aburrida incoherencia narrativa; personajes ora insensibles, ora pantomimas; y múltiples escenas absurdamente videocliperas. Elegancia: mínima. Pero, oigan, muy fiel, porque los personajes dicen lo mismo que en el papel, ¿verdad?

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El tercer problema es el quid de la cuestión. Watchmen, el cómic, tenía un pasado al que mirar: 60 años de historias de superhéroes, ni más ni menos. Watchmen, la película, está tan ensimismada en ser cómic que no se da cuenta de que es cine, y por tanto tiene otro referente propio al que mirar: el género cinematográfico de superhéroes. Hay ciertos guiños: trajes que remiten al Batman de Burton y Schumacher o al Superman de la CW, tono oscuro y reflexivo similar al de Nolan. Pero, de nuevo, solo estética. Watchmen, como película, tiene ya antecedentes a los que podría parodiar: la primera etapa del género, que nació con Christopher Reeve y murió con los pezones del bat-traje; o la segunda, la resurrección del género que estuvo a punto de irse al traste hasta que Nolan y Marvel Studios dieron la campanada. Pero no lo hace. Quiere ser nostálgica, pero yerra en el foco de su admiración. Watchmen debió ser consciente de que, en 2009, el género tenía ya un recorrido histórico y no volvería a ser lo que era a partir de entonces, por lo que debía marcar un punto y aparte en su desarrollo. Fue, eso sí, más atrevida, arriesgada y descarnada que nada de lo que se había rodado hasta entonces sobre héroes con mallas. Pero no resultó suficiente.

No: Snyder y compañía no entendieron Watchmen. No supieron calcular la relevancia histórica que, por obligación, debía tener su película. No comprendieron qué contaba, qué implicaba, y cómo lo hacía. Se quedaron en un efectismo burdo y hueco que no respeta la condición base de la obra original: transgredir y deconstruir los códigos del medio en el que se desarrolló. Watchmen, el cómic, recopiló todas las técnicas narrativas y todos los significados históricos y éticos de los relatos de superhéroes, y los destruyó todos para crear algo nuevo. Watchmen, la película, es previsible y conformista en su narrativa, se ha acomodado en ser un falso adalid de “buena adaptación”, y gana seguidores cada día, disfrazada de “película de culto”. Etiqueta que, en mi opinión, no se merece en absoluto. Una película irregular, tan meritoria por momentos como desastrosa en otros. Una película inconsciente, en definitiva, de lo que adaptaba, y por tanto, de lo que debió significar.

 

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