La era de los payasos

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Me siento cada vez más inmune al nacionalismo. El ir adentrándome en ese tema a través de mi tesis doctoral me está llevando a tomar la ceguera patria como lo que es: simple literatura. En su peor versión, recalco lo de simple. Limitada, excluyente, demagoga y mentirosa. Una forma de reinterpretar la realidad de forma interesada para amoldarla a valores que, en ningún caso, son realistas y objetivos. El patriotismo exagerado es entretenido, no lo niego: lo recupero porque, nos guste o no, nos define históricamente, y al mismo tiempo lo disfruto. Pero no más que como fuente de relatos. De leyendas sobre un pasado idílico que nunca existió; de fábulas con moralejas simplistas; de cuentos sobre comportamientos ñoños.

Pues bien: creo que he elegido los peores tiempos de la historia reciente para descreer de toda la patraña de banderas.

No, cuando un impresentable naranja puede ser presidente de los EEUU. Cuando una ultranacionalista fascista puede llegar al Elíseo. Cuando los neonazis se acercan de nuevo al Reichstag. Por poner algunos ejemplos; abundan últimamente. Eso sí, maquillados con traje impecable y sonrisa sempiterna. Lejos de toda la parafernalia estética de antaño. Ya no venden los brazos en alto o las consignas poéticas. Lo que no cambia es el mismo discurso vomitivo, y su insoportable impunidad, concedida por los insensatos de siempre.

Es la misma historia de ayer. En tiempos de terror y guerra (y estos lo son), incertidumbre e inseguridad, hay monstruos que ansían el poder, y encuentran en nuestra debilidad intelectual y psicológica el mejor campo de siembra para sus cizañas. Aprovechan la democracia, la capacidad de decisión y gobierno sobre nosotros mismos, para alcanzar el trono. Y lo disfrazan de libertad, aunque no lo es. Me encanta su consigna actual: “vosotros sois los que de verdad gobiernan”. Pura demagogia. ¿La legitimidad de todo gobierno recae en nosotros? Sí: pues en nosotros se aplica la ley, nosotros decidimos cómo administrarla. Es justo. ¿Pero somos nosotros quienes gobernamos? En absoluto. Desengañémonos: somos ciudadanos que no sabríamos qué hacer con el tablero de Risk que es el mundo. Y, aun así, nos tragamos tal mentira. Esta memez que relativiza y ningunea la enorme complejidad del juego político. La política no es para cualquiera, sino solo para quienes la saben manejar. Es una profesión, altamente cualificada y exigente (o debería serlo). Aun así, el mensaje de los mentirosos es claro: “cualquiera puede gobernar”. Permítanme cuestionarlo. Sobre todo, cuando quienes lo proclaman no vienen de ese “pueblo manchado en el barro” a quien dicen ya no solo representar, sino pertenecer, “primus inter pares”: ¿cómo van a ser como yo eruditos de universidad, magnates capitalistas, herederas de linajes políticos? ¿Gente con privilegios, facilidades y comodidades a los que no puedo aspirar? ¿Esta es su “revolución del pueblo”? ¿Esta es su reivindicación al Occidente trabajador?

Pero ahí están. Currantes yanquis paletos que creen que el dueño de la Torre de Marfil es uno de ellos. Hijos de supervivientes del Holocausto o de verdugos arios que han olvidado sus raíces. Nietos de la libertad, igualdad y fraternidad que han tergiversado el gran avance de la Revolución. Parece que quieren, queremos ser simples. Que ansiamos que nos engañen. Que nos complace creer en un mundo reducido a su mínima expresión. Nos acomodamos en pensar en que nos invaden, sin tener en cuenta la enorme complejidad de fenómenos como la emigración. Nos llenamos la boca con “derechos humanos”, “caridad cristiana”, “moral y ética”, pero somos los primeros en enterrar nuestros principios bajo toneladas de apestosa insensibilidad ante lo que nos viene encima: oleadas de dolor humano. Vemos al enemigo en casa, sin reparar en que tal extremismo nos convierte a nosotros mismos en el enemigo que los malos (que existen, con la bandera negra y el cuchillo en mano) se están esforzando en crear.

Porque esta deriva nos lleva también a la incomprensión total. A que, incluso, seamos incapaces de apreciar los verdaderos riesgos. A que, ante la barbarie, tomemos como reacción la ingenua misericordia. Sin tener en cuenta dónde nos hace débiles. Pero no nos interesará entrar en ese debate. Nuestro es el poder, nuestro es el miedo: volveremos a un nosotros frente a ellos, porque es más sencillo. Hay mucho que perder, no lo niego. Lo malo es que, en nuestra huida hacia adelante para sobrevivir, acabaremos perdiendo igualmente. Ante el nacionalismo de otros, hemos renunciado a la ilustración y respondemos con más payasadas.

El extremismo al que estamos delegando nuestra soberanía es caprichoso. Y, cualquier día, sin previo aviso, ni justificación, se puede volver contra nosotros. Todos podemos ser víctimas de él. Porque lo que pensemos, lo que nos guste, lo que nos desagrade, lo que creamos, lo que nos defina, de pronto se convierta, quién sabe por qué, en imprudente, inmoral, deleznable. Hoy son negros, moros, mexicanos. Mañana pueden ser mujeres, intelectuales, analfabetos, ateos, creyentes, discapacitados, homosexuales. Personalmente, y no creo que necesite extenderme más, ese es mi mayor miedo: démosle alas al extremismo y nada, absolutamente nada, nos protegerá de él. Y quejémonos luego, si podemos seguir mirándonos al espejo.

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2 pensamientos en “La era de los payasos

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