El miedo

orlando

Hoy es ya 13 de junio de 2016. Pasa la medianoche, y planeaba estar ahora dándole un último repaso al texto que originalmente tenía planeado publicar: una perorata historicista, un libelo híbrido de (supuesta) erudición y diatribas personales. Un doctorando que buscaba hacer ficción ensayística a partir de su tema de tesis. Apasionante.

No será así. Orlando ha sido el escenario, los amantes han sido la comparsa, el fanatismo ha sido el actor, el miedo ha sido el guion, el contraste ha sido el recurso, la libertad ha sido el tema. Esto no es una obra de teatro.

Veo a madres llorar, buscando desesperadas noticias por sus hijos silenciados. No quiero ponerme en su lugar, pero no me queda más remedio. La diferencia se ha pasado por alto ante el peso del amor. La elección, aprendizaje, naturaleza quedan como lo que son: nada más que fachada. Y un hijo se despide de su madre solo por mensajes de texto. “Mamá, te quiero. Voy a morir”. Ni siquiera tiene derecho a articular palabra. Sabe qué va a pasar. Lo ha sabido, lo ha temido desde hace mucho tiempo, mucho antes de que abriese la puerta. Me sorprendo a mí mismo rezando para que todo sea un mal sueño, y que haya podido abrazarla de nuevo. No lo creo posible.

En Twitter un anónimo me ha acusado de favoritismo, de denunciar egoístamente las masacres occidentales pero olvidar el Sáhara, Palestina, el Líbano, Irak. No respondo. El odio no tiene miramientos, no conoce excusas, descree de la fe y la patria, aúna culturas opuestas con mayor poder y eficacia que otra fuerza humana de este mundo. El odio ahorca jóvenes en Irán, los arroja al vacío en Siria, los acribilla en América; los calcina en el pasado, los margina en el presente, los condena en el futuro. ¿Cómo voy a ignorarlo, si nos persigue?

Y también en Twitter leo a un político que ha condenado la matanza vomitando bilis contra el “heteropatriarcado”. Y yo, que odio el concepto por encima del hecho, la forma sobre la materia, protesto. No concibo tanta palabrería, tanta erudición sobre el sexo angelical para catalogar, etiquetar y teorizar profusamente lo que es simple desprecio. Y puro, seco, directo. Sin paliativos. Hablamos mucho, mientras otros disparan. Y veo a quienes se ofenden porque algunos no entendemos tal monserga. Resulta que hay modos correctos (qué digo correctos… ¡Únicos, inexcusables, absolutos!) de afrontar la marginalidad, y pasan por el rollo macabeo. Pues perdonen que no me una. Yo tengo los míos propios.

Y la prensa abusa de la etiqueta, simplifica el objetivo. Un solo colectivo, minoritario para más inri, ha sido esta vez el blanco del terror armado. No. No sean rastreros, falsarios del cuarto “poder”. No compartan ahora la compasión sibilina de la mayoría “bienpensante”. Bastante conmiseración y condescendencia han marcado ya la historia de la tolerancia, como para darles más coba. Hoy la sangre inunda el suelo, y las lágrimas deben correr para que la rabia no nos paralice. Unos han sido sacrificados por ser “unos”; y todos, por tanto, por encima de nuestras diferencias hemos sido marcados.

Nos han arrebatado la caricatura, el deporte, la música, el viaje. Y hoy, el derecho a amar. Todo aquello que nos define, todo aquello que logramos con la rebelión, la revolución, el grito no tan silenciado de unos pocos que alentaron al dominó de las legiones que protestaban, y vencieron. Crecimos bajo una cruz promesa de igualdad humana, y nosotros nos hemos tomado tal promesa en serio, librándola finalmente de todo dogma impuesto. Para permitirnos incluso ser libres de aplicarnos o no dogma alguno. Esa fue nuestra mayor conquista. De la que unos fanáticos nos quieren ahora despojar con la fuerza de su estupidez.

Dicen que cuando llevaban preso a Muñoz Seca, sabiendo este que su destino próximo era la ejecución, espetó a los soldados: “Podréis quitarme todo: dinero, trabajo, familia, amigos, libertad. Pero hay algo que jamás podréis arrebatarme: ¡el miedo!” Leí esa anécdota cuando era niño. Nunca la he olvidado. A todos nos toca temer algo alguna vez: es curioso madurar, solo para darte cuenta de lo irresoluble e inevitable del miedo.

El miedo es libre, y carga con cadenas. Ese miedo que algunos meapilas y paladines de la virtud consideran marca indeleble de la traba, prueba incuestionable de la anormalidad. Miedo es creerte nada más, nada menos, que raro, pecador, estorbo. Miedo es crecer notando cómo engorda una tara. No la cuestionas, porque nadie lo hace. No la suprimes, porque no sabes cómo. Aunque lo intentas. Buscas excusas, crees en lo efímero pasajero, inventas sustitutivos. Nada sirve. Finalmente, asumes la rareza. Nunca la aceptas. Miedo es la imposición de definir tu existencia corriente en términos de normalidad a rajatabla, que aun así has de potenciar de cara a los ciegos. Miedo es la aterradora certeza de una larga vida futura necesitada de justificaciones, de dar explicaciones a lo que no es más que una inocua elección. Miedo es ser marica, mujer, negro, retrasado; miedo es seguir una dirección en el gráfico de la política; miedo es “creer”, cuando el sistema impone el “ser”.

Miedo es la congoja de escribir al fin en voz alta, porque ya ha cesado el momento del silencio cómplice y asustado. Hoy ya no puedo seguir callado. No, cuando mis espantos se han confirmado, mis fantasmas han vuelto a la carga, y mis murallas se han venido abajo. No, cuando las circunstancias me exigen una toma de posición. Nos la exigen a todos. Y ha de ser firme y decidida, y libre de toda condición. Y hemos de despertar de una puñetera vez, y convencernos de que no hay vuelta atrás. No me basta, no nos basta, con que hoy lloremos y seamos hermanos, cuando mañana otro niño, germen nefasto de la auténtica anormalidad, golpeará al “raro” en el patio del colegio porque su padre, madre, presidente, ídolo, dios así lo ordena. Cobarde hipocresía. Rechacemos la intolerancia, toda ella, también cobarde, escondida tras cualquier palabro, credo o acero. Aceptemos los requisitos y deberes del contrato de derechos que todos asumimos, pero no siempre aceptamos. Practiquemos al fin, y por completo, la teoría que nos define, porque es lo que el terror ha marcado como futura víctima. Porque hoy han mutilado a nuestra Libertad para el abrazo, la caricia y el beso. ¿Qué puede haber más digno que eso?

Hoy es ya 13 de junio de 2016, y aún estoy temblando.

 

Texto publicado originalmente en el nº 8 de la revista literaria El espejo, publicada por la Asociación de Escritores Extremeños (AEEX).

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