Regreso al origen (I)

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No es fácil ser fan de Mike Oldfield. Un compositor prácticamente desconocido para la generación de hoy, relegado a ser nostalgia de la imbatible y sobrevalorada camarilla ochentera y laureado únicamente por el noble reducto “óldfico”. Atacado, para más inri, por la poco fundamentada y resabida bofetada de “este tipo solo nunca ha escapado de las campanas”; sentencia que obvia una carrera de 25 álbumes, de los cuales 19 no tienen nada que ver con la infausta tubular. Y, finalmente, tachado con sentencias difíciles de contradecir: “no es para tanto, está muy sobrevalorado”. No sé de música (algo que lamentaré siempre), así que no tengo base como para argumentar que Oldfield es un genio de la técnica y la composición, o simplemente un profesional eficiente; pero creo que, como conocedor de casi toda su obra, no me cuesta afirmar que es mucho mejor de lo que muchos creen.

Danny Boyle, director de cine (Trainspotting, 28 días después, Slumdog Millionaire), también debió de pensar lo mismo hace algunos años. Aquí comienza la historia que vengo a contar hoy. Con un músico casi retirado, una carrera que daba tumbos, y un inesperado regreso al hogar. Un hogar, eso sí, no necesariamente acogedor. También en el calor de la chimenea se esconden los diablos.

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En lo profesional, la carrera de Oldfield ha sido muy inconstante. Sus inicios fueron confusos y atropellados, fruto del repentino éxito que un chaval de 20 años consiguió con un disco inusual, un Tubular Bells perfecto en su imperfección, construido por una mente autodidacta y hambrienta de música y guiada por manos profesionales en la producción. Continuaron con tres discos más en los que las drogas psicodélicas, el alcoholismo, las tragedias familiares y el pánico hacia el mundo exterior agravaron la misantropía de Oldfield. Nunca se liberó de ella. Simplemente, y ya en años recientes, la contuvo.

En 2008, y seguramente por imperativo de su contrato con Universal Music, Mike lanzó su precioso y espectacular, pero impersonal, Music of the Spheres. Digo impersonal porque se dejó llevar principalmente por la presión de los fans, que le “exigíamos” un regreso a la música instrumental sinfónica con “instrumentos reales”, tras años dando tumbos con experimentos electrónicos que mejor no recordaré. Mike únicamente compuso y dio vida a una desangelada guitarra española; la orquestación del disco, la parte más delicada (al fin y al cabo, era un álbum orquestal), corrió a cargo de un poco acreditado Karl Jenkins.

Tras esto, Mike prácticamente se retiró. Se le notaba hastiado de la música que, hasta entonces, había dado sentido a su vida.Había sido la vía de escape de un muchacho alcohólico, de un adulto colérico; la música había afrontado la muerte de su madre, las presiones contractuales, la infame etapa de desfase ibicenco. Pero ahora no le servía a un anciano casi jubilado, padre de dos niños pequeños, que abandonaba Inglaterra para mudarse a Mallorca, y de allí a las Bahamas. Mike vendió sus guitarras, solo firmó un par de colaboraciones, reeditó parte de su catálogo original, y colaboró en unos pobres remixes tecno. Poco más. Tocaba un merecido descanso, que parecía permanente

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Vía mike-oldfield.es

Entonces, en 2011, llegó Danny Boyle. Con un proyecto que Mike no esperaba. Colaborar en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres. Para Mike, ignorado por la prensa y el público más allá de la etiqueta de “vieja gloria”, y desconectado de la actualidad musical desde hacía mucho tiempo, esta oferta tuvo que ser apoteósica. No solo se acordaban de él y confiaban en su capacidad para sostener uno de los eventos audiovisuales más seguidos por todo el mundo: era, aún más, una revindicación y homenaje inmejorables hacia su menospreciada carrera. Su música adquiría sentido para un director de cine que confiaba en que el Tubular Bells podía conectar con millones de personas por todo el mundo, a través de un emotivo montaje que recopilaba lo más relevante de la literatura infantil anglosajona.

Y Mike regresó, y su carrera desde entonces ha dado un inesperado vuelco.

Aupado por esta experiencia, que definió como “el proyecto de toda una vida”, recuperó el interés por la música. Solo faltaba un componente esencial a lo largo de su carrera. Una terrible hidra, serpiente que se muerde la cola, que, lamentablemente, le ha estado acechando desde sus primeros ataques de pánico en 1973, y que ha sido el motor para buena parte de su producción musical. La desgracia. Mike sufrió su cuarto divorcio en 2013. Ello influyó para que en 2014 publicase su primer álbum en seis años: el decente, aunque insuficiente, Man on the Rocks. Uno de sus álbumes más personales, en el que se notaba un explosivo interés por volver a contar cosas con la música. La desgracia siguió azotando: uno de sus hijos murió en 2015 con apenas 33 años. Y, en 2015, Mike decidió volver a sus orígenes.

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Solo podemos conjeturar qué nos deparará Return to Ommadawn. Si regresar a Ommadawn, su tercer álbum, y uno de los más marcados por el dolor, es una especie de cierre de ciclo, de retorno a unas vivencias insoportables que, paradójicamente, repercuten en la necesidad de retomar la música como vía de expresión. En cualquier caso, el cuento que aquí he relatado no ha concluido ni mucho menos. El 20 de enero tendremos la ocasión de escuchar su siguiente capítulo. Solo entonces podremos opinar con propiedad. Hasta entonces, y si echamos la vista atrás, nos queda claro que podemos dar gracias de la suerte que hemos tenido los “óldficos” de poder disfrutar pronto del primer álbum acústico instrumental de nuestro artista favorito en 26 años (¡ahí es nada!). Solo la casualidad ha hecho posible este regreso. Y la música, cómo no. Pero de eso ya hablaré dentro de un mes…

 

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3 pensamientos en “Regreso al origen (I)

    • El avance suena mucho más vivo y prometedor que todo lo que ha hecho Oldfield en los últimos diez años… y estás hablando con uno al que le emocionó hasta la canción “Man on the Rocks” cuando se filtró jajaja

      Espero que este nuevo disco no sea un simple “Oldfield imitando a Oldfield”. Eso sería imperdonable.

  1. Pingback: Mike Oldfield, una discografía (1973-2014) | DESCENDIENDO DESDE ORIÓN

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