Mientras escribo | Diez años no son nada

paris

Via universia.es

En diciembre de 2006 abrí mi primer blog.

Pero ahora no me asalta la necesidad de celebrarlo. No lo percibo como un acontecimiento especial. Tan gastada está la relevancia de la década, como concepto, que ahora mismo me parece un contenedor vacío. ¿Diez años? Son muchos, sí. Pero solo un paso más.

Empecé por accidente. Uno comienza a escribir por la necesidad de contar algo, cierto, pero el simple hecho de percibir esa necesidad no es casual; como tampoco la decisión de dejarse de ideales y tomar las riendas prácticas de desarrollar historias y argumentos, y tomar el bolígrafo o el teclado. Ni mucho menos la conjunción de pequeños azares que aportan la base de experiencias sobre la que trabajar.

Escribo desde niño. Desde que creía que tenía cosas que expresar protestando. Al menos, eso es lo que recuerdo. Luego, llegaron las primeras aventuras inventadas por mí, en las que creé mundos de fantasía, superpoderes y ciencia ficción. Y la primera profesora que me animó a dedicarme a escribir, y a la que guardaré infinito cariño por darme la motivación. Y todas las que vinieron después, y todos los que aportaron sus críticas. Que me sirvieron de aliciente para no abandonar la afición, y conducirla inconscientemente hasta el momento en que descubrí el cine, la música e internet. Y allí comenzó el periplo actual. Desde aquí, muchas gracias.

Oldfield, Jarre, Metrópoli, Fotogramas, Play Station, Marvel, DC y The Movies hicieron el resto. Motivos sobre los que escribir, temas sobre los que hablar conmigo mismo. Poco vio la luz. Mejor así: continué aprendiendo, antes de hacerme público. Primero, creo, hay que estar satisfecho con uno mismo. Aunque, si se pone la suficiente concentración y dedicación, el proceso puede ser muy largo, afectado por el perfeccionismo (que no es sino las alas de la inseguridad). Abrí entonces un blog en blogspot.es, siguiendo el modelo de varios compañeros del foro sobre The Movies que lo empleaban como diario de promoción de sus cortometrajes. Pronto necesité que fuese algo más. Critiqué muchas películas, siguiendo el modelo de las revistas de cine que devoraba. Hablé de música, porque había encontrado en la red a muchos otros “bichos raros” que escuchaban las mismas rarezas que yo. Cambié a La Coctelera. Seguí escribiendo.

Hoy ninguno de esos blogs existen. Ni tampoco los foros. Ya no leo esas revistas en papel. Me dediqué durante los años siguientes a emborronar numerosos cuadernos de apuntes para desarrollar ideas semi-autobiográficas. En busca de “la gran novela”. Je: era un crío. No concluí casi ninguna: era un choque inevitable. Y, agotado, dejé de escribir. Dejé de esforzarme, cuando vi que otros tantos conseguían que sus textos fuesen públicos con un mínimo esfuerzo comparado al que yo dedicaba a mis propios textos. Mis malditas inseguridades me encerraban. Lo hacían en muchos sentidos.

Y abrí este blog. En un arrebato de rabia, en una época en la que necesitaba gritar, demostrar que tenía sangre, que no era el cobarde mudo que creía estar mostrando al mundo. Donde decidí probar con lo que sabía que era lo mío. Nada de críticas encorsetadas, nada de géneros estancos. Simplemente necesitaba hablar. Y practicar. Hacer públicos mis ensayos en el duro camino de escribir bien. Creo que he ido aprendiendo, aunque poco a poco. Creo que ya tengo una voz conformada, y un estilo asentado en una extensión considerable, pero no tan infumable como era al comienzo de mis primeros blogs, llenos de mamotretos inmisericordes. Y he conseguido publicar en serio.

Así que no sé muy bien qué puedo celebrar. Este blog, este espacio de reflexión personal y pública, Descendiendo desde Orión, tiene apenas cuatro años. Crítico de cine no lo he sido en la vida, profesionalmente hablando -y con criterio imagino que tampoco-, así que tampoco puedo destacarlo. No soy musicólogo, ni politólogo, ni comentarista cultural reconocido. Ni siquiera soy un escritor autosuficiente.

Lo que yo he venido haciendo desde hace una década es, ni más ni menos, aprender. En diez años lo que he escrito y publicado no es sino el reflejo de lo que he ido adquiriendo a lo largo del tiempo y de muchas experiencias que han ido dejándome su poso.

Ahora acaba el año, y, cuando echo la vista atrás, espoleado por la supuesta relevancia de “los diez años”, solo veo un continuo discurrir. Siento que estoy en un párrafo aún sin acabar. Y me encanta la incertidumbre de saber cuál será la próxima línea, que ahora solo puedo presuponer, pero nunca prever.

Un año aciago, de pérdidas que evidencian el paso del tiempo.

La última Navidad para muchos. Un brujo príncipe nos miró a nuestros ojos verdes con los suyos, que se cerraban susurrándonos “siempre”. Otro hombre de una estrella negra enmudeció su sed de narrar por el mero placer de fabular. Les seguiré llamando mi Trinidad. Cazadores, ellos y muchos más, que han alcanzado la eterna Puerta del Cielo, donde seguirán recitando la toma de Manhattan y Berlín. Junto a una princesa y su madre que ya nunca cesarán de cantar bajo una lluvia púrpura.

Pero, aunque creo que yo tampoco puedo darlo todo, lo seguiré intentando. Bajo la fe en que podemos hacer al mundo grande de nuevo. Bajo la certeza de que toda puerta de salida solo excluye. He (hemos) perdido muchos iconos que me inspiraron en este largo camino. Pero aquí sigo yo. Dando continuidad, eso espero, a sus manifiestos.

Aquí, un eterno alumno cierra el año y afronta el siguiente. Seguirá habiendo letras en mi vida: tanto de ocio como de negocio. Y seguiré disfrutando de ellas, espero. Esta es mi vocación. Esta es mi pasión. Este es mi futuro. Amo y necesito escribir, narrar, fabular, inventar, argumentar, inventar, mentir, afirmar, descubrir, durante cinco, diez, veinte, cincuenta años más, maldita sea. Los finales solo son principios, y estos diez años, por muy rimbombantes que sean, no han puesto punto y aparte a nada.

 

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