Un tiro en las pelotas

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Vía imdb.es

AVISO: revelo detalles cruciales del argumento de Los ocho odiosos

Los ocho odiosos* me parece una de las mejores películas de Tarantino. No quiero decir con ello que sea de mis favoritas. Disfruto mucho más, por ejemplo, con Pulp Fiction o Django desencadenado. Pero principalmente porque con estas me entretengo con sus juegos de referencias y su humor negro. Están hechas para ser montañas rusas. En Los ocho odiosos, por el contrario, creo encontrar una reflexión de un autor al fin libre de trabas. Y es obsceno, extremo e incómodo como nunca antes. Pero al mismo tiempo es toda una lección maestra, y por eso mismo muy disfrutable. Sencillez argumental para un contenido más denso de lo que parece. Hace un año que la vi, y aún sigo dándole vueltas a un relato que considero verdaderamente especial.

Me encanta Los ocho odiosos porque en ella veo al Tarantino más depurado. Interpreto esta película como un ejercicio narrativo en el que el director y guionista asume por fin la imagen que ofrece al mundo, pero en esta ocasión no materializada en un pastiche desatado al estilo Kill Bill ni un ejercicio megalómano como Malditos bastardos. En esta ocasión, Tarantino reafirma su estilo convirtiéndolo al fin en una serie de rasgos automatizados, más allá de exponerlos como una galería de los tópicos. Me explico. Durante toda la película Tarantino plasma todas sus filias y fobias. Nos da lo que nosotros esperamos ver. Y no solo en lo externo, en el desfile de diálogos chispeantes y casquería, sino en un nivel más profundo: en la articulación de un argumento de suspense en el que pretendemos encontrar ecos-plagios de Agatha Christie. Queremos ver obscenidades, sangre, traiciones y giros rocambolescos; queremos ver al Tarantino que fusila sin piedad. Y lo tenemos, claro.

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Vía cinemania.es

Y, de pronto, Tarantino le pega un providencial tiro en los huevos a la película. Literal y metafóricamente asesina al “whodunit” que parecía estar articulando el libreto, y acribilla a décadas de tradición literaria detectivesca. El coronel negro que se desangra por la entrepierna es una bestial metáfora de lo que ha sido la película en todo momento: una farsa. Y así Tarantino nos escupe que este es su cine. Nosotros no mandamos en él. Nosotros solo asistimos a un divertimento, un ejercicio en el que hace lo que le da la gana por el puro placer de hacerlo. Para vergüenza nuestra, porque es algo que nos lleva avisando sutilmente desde el principio: desde los primeros diálogos en los que las supuestas traiciones al final no lo son (¿quién no imaginaba que el coronel y el sheriff tenían algo que ocultar simplemente por el juego de suspicacias mutuas que mantienen, y por ser los primeros que casualmente se cruzan con la diligencia? ¿Y ven entonces la broma, cuando resulta que tales expectativas son frustradas?), y todo el desarrollo de los giros posteriores se destripa cruelmente, y la “investigación” se revela burda y superficial (porque esto es lo que nos avisan: la prisionera va a ser liberada, tiene un as en la manga; sin más complicaciones). Y no se retorcerá la trama, no habrá soluciones rocambolescas más allá de efectismos formales. La chocante aparición del hermano en el sótano me parece un “deus ex machina” tan gratuito como maravilloso: la prueba definitiva de que Los ocho odiosos es el juguete de Tarantino. Un niño que manipula caprichosamente su historia, sin que ello pueda ser acusado de inconsecuente. Sí de inverosímil. Nunca de oportunista.

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Vía nicolasguera.blogspot.com

Y tenemos la carta. Remito a la excelente reseña de Las horas perdidas: es el símbolo perfecto de las intenciones de este artificio. Un engaño, sí, pero tremendamente sincero en sus intenciones. Los ocho odiosos, al igual que la carta, funciona como una efectiva reflexión metaliteraria sobre los límites entre la realidad y la ficción, las expectativas y el relato real. El contenido y significado de la película siguen siendo los mismos, pese a nuestra intromisión cotilla. Las sorpresas jamás han sido tal, salvo en cómo nos las hemos construido. Tarantino nos miente al igual que hacía el coronel, pero con un objetivo legítimo: entretener, denunciar, reivindicarse. Dicen que los disturbios raciales ocurridos en 2014 y 2015 lo animaron a cambiar detalles sustanciales del guión, por los que podemos leer Los ocho odiosos como una denuncia a la discriminación racial sobre la que se han levantado los EEUU. Lo veo probable. En cualquier caso, la carta está ahí para demostrarnos algo: que Tarantino ha construido en Los ocho odiosos un artefacto sorprendente en el que su poética queda perfectamente expuesta en forma de ficción. El más rebelde y contradictorio de los que ha producido jamás. Y, al mismo tiempo, el más coherente.

Lento como la melaza, sabroso como el estofado de Minnie, calculado como una partida de ajedrez. Un amargo y reconfortante trago de whisky macerado por un autor en su madurez creativa. A su salud.

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*Sí. No Los odiosos ocho. Bochornosa traducción literal que falla por tres motivos. Primero, porque “hateful” no es “odiosos” sino “llenos de odio”. Segundo, porque en español el adjetivo no va delante del nombre salvo en casos muy concretos, cuando la cualidad del adjetivo se da por supuesta; cosa que no ocurre en este caso. Y tercero, porque traducirlo por Los ocho odiosos marca deliciosos paralelismos con el cine del Oeste, y en concreto con un clásico como Los siete magníficos. Así que, si me lo permiten, yo también voy a hacer lo que me da la gana con esta traducción.

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