Iconos de arcilla

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Hace un año nos dejó el Camaleón. Pueden acusarme de oportunista, sentimentaloide o aparente, porque al fin y al cabo jamás lo conocí y estoy montando un teatro lastimero con algo que me es ajeno. Pero yo no lo veo así. En estos días, donde se afea a una actriz que haya usado una recogida de un premio como palestra para criticar a un político (nadie se plantea el contenido de esa justa crítica, me temo), el valor sentimental y público del arte queda aún más expuesto y demostrado. No podemos negarle al arte la importancia que tiene como motor de nuestras vidas. La ficción nos arroja a la cara una visión crítica de nuestra realidad. Incluso los productos más en apariencia inofensivos, como aquellos que buscan el entretenimiento, esconden, con mayor o menor malicia, una interpretación de la realidad muy intencionada. El artista puede y debe tomar posición ante todo. Aunque no lo desee, es partícipe del juego de plasmar formas de entender la realidad. Y, desde esa posición, debe ser siempre consciente de que su actividad es pública, y puede impactar emocionalmente a mucha gente.

Por eso mismo, el año que acabamos de dejar atrás ha sido muy duro.

No quiero justificar por qué me ha afectado tanto ir perdiendo a tantos iconos. Gente que no solo me ha hecho pasar buenos ratos (¡como si eso fuera por sí solo poco destacable!), sino que también me ha transmitido cosas. Mi forma de percibir, recibir y responder ante lo que me rodea se ha visto enormemente condicionada por el arte que todos esos iconos crearon. Me acompañaron en las tardes de relato en la pantalla, la hoguera para los cuentacuentos de hoy en día. Me demostraron lenguajes innovadores para escribir, e ideas revolucionarias para pensar. Me enseñaron el incalculable valor de la diferencia, la excentricidad, lo marginal. Y dignificaron por sí mismos la labor inmaterial del que escribe, canta, esculpe, pinta o actúa. El intenso esfuerzo profesional del trabajo que realizan. Escribieron, cantaron, actuaron a través del difícil proceso de ponerse en los ojos de otros, y de reinterpretar la realidad con otras mentes, para luego intentar hacernos partícipes al resto de esa nueva visión. No es nada fácil. Ellos lo consiguieron. Ellos se ganaron el derecho a ser importantes.

Y ahora no están. Se fueron David Bowie, Alan Rickman, Umberto Eco, Prince, George Michael, Emerson y Palmer, Ali, Gene Wilder, Leonard Cohen, Carrie Fisher. Y muchos más. Ley de vida, dicen. No por ello importa menos. Sobre todo, porque nos hace recordar que tarde o temprano les acompañarán el resto de iconos que nos restan.

Crecer era esto. Era comprender cuán importantes eran para ti la ficción y el arte, y la vida de quienes lo hicieron posible. Y aprenderlo a base de mazazos: la realidad impone el implacable paso del tiempo. A partir de entonces, continuamos nosotros solos, cargando con la insoportable responsabilidad de continuar un legado que, si me pongo pesimista, no tiene a día de hoy seguidores igual de radicales, transformadores, relevantes. Los iconos, al fin y al cabo, son de barro. Y su pérdida nos hace llorar hoy, pero mañana es otro día. Sí: no eran insustituibles para nosotros. Únicamente fabricaban arte, ficción, productos inútiles. La vida se reserva los mazazos más crueles para aquellos que no son artistas que, en un sentido estricto, no nos eran propios, personales, cercanos.

No obstante, y en cierto modo, sí lo eran. Me apenó mucho perder a la princesa de mis cuentos galácticos de la infancia, y al hombre que contribuyó a que adore a los villanos, sean brujos desagradables o terroristas que visten de traje; aún no he superado la muerte del alienígena de las estrellas que me enseñó tanto sobre la pose y el arte; me entristeció la natural despedida de mi particular maestro sobre el desbarre narrativo erudito. Fueron guías en la distancia, y por eso mismo su valor personal, en mi caso, es enorme e insustituible. Fueron iconos de barro, por supuesto, que se desmorona, erosiona y desaparece. Y, a fin de cuentas, vivo sin ellos porque tengo mis propias preocupaciones. Qué lástima que no vayan a seguir creando, aunque comprendo que así debe ser. Pero la arcilla puede cocerse, y así conservarse. Muere el ser humano, queda su legado. Este también desaparecerá, pero transformado en otros libros, películas, canciones, cuadros. Solo con habernos cambiado la vida, su papel como artistas merece la pena. Y su valor, aunque no pueda cuantificarse, queda demostrado. Qué difícil es acceder a los misterios de la emotividad. Qué satisfactorio e inconmensurable cuando algún privilegiado consigue que eso ocurre. Qué grandes fueron, son y serán, porque nosotros guardamos su relevancia, y otros, espero, la harán continuar. Va por ellos, por los que los seguirán, y por nosotros. Nunca dejemos de ser sensibles.

 

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