Preciosa impureza

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Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.

-Jaime Gil de Biedma-

AVISO: revelo detalles importantes del argumento de La La Land

Sebastian (Ryan Gosling) quiere ser un músico de jazz “puro”, imitando a los maestros. Un colega de profesión enseguida le hace bajar de las nubes: eso, por definición, es imposible. Cierto, todos ellos fueron vanguardistas en su momento. Pero ahora son clásicos, y eso solo reafirma que el jazz siempre necesita mirar hacia adelante. Por tanto, imitarlos sería una contradicción: ellos ya no pueden acompañar a quienes construyen el futuro intentando ser rompedores.

La La Land comprende, por tanto, que ensimismarse con el pasado es contraproducente. Pero le da lo mismo.

Para Damien Chazelle, director y guionista de esta “irreverencia”, imitar el pasado es la clave para construir un futuro del género musical. La pureza, desengañémonos, no existe. Pero sí podemos ser tramposos. Aunque los clásicos son nuestro origen, pocos los conocen hoy en día. Chazelle sí lo hace, y los “fusila” sin miramientos. Pero jamás se apropia de ellos, jamás los usurpa, porque los ama. Y, así, La La Land recupera mil pasados distintos a través del tamiz de la amnesia del público, y los mezcla en un batiburrillo efervescente y desbocado. Pero sin desembocar en una plana y pedante fotocopia. Reducirla a un burdo plagio implica no comprender en absoluto su juego “meta-cinematográfico”: de musical que recurre al musical para mostrar sus flaquezas y, paradójicamente, reforzar así sus virtudes.

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Por tanto, si detestas los musicales, esta podría no ser tu película. La La Land simula ser un tópico andante, previsible en sus formas hasta la extenuación, ñoña hasta ser cansina. Y le da exactamente igual. Desde el minuto uno tenemos que entrar en su código, que no es otro que el del musical prototípico con el que narrar la misma historia de amor de siempre. Solo que, en este caso, tan “sutilmente exagerado” que parece consciente de su propia artificialidad: una película llena de gente que baila y canta porque sí en todas partes; con un reparto que no sabe bailar ni cantar de forma profesional pero aun así lo disfrutan; embadurnada de colores pastel, puñados aislados de purpurina y focos de luz que aíslan a los personajes sobre un fondo negro; con miradas cómplices al público que rompen con la cuarta pared; con coreografías rodadas en falso plano secuencia. Una fachada colorista y desvergonzada, aparentemente tan falta de personalidad como inofensiva y encantadora.

Hasta que llega el choque de bruces con la realidad. Su tierna historia de amor, que nos ha hecho sonreír por su cercanía y verosimilitud, llega inevitablemente a su fin. Entonces se acabó el artificio, y se confirma la intención. Este musical, tan aparentemente previsible, abandona los colores, la música, el baile. Cambia la fotografía, cambian los planos, y Gosling y Stone ya no danzan más. La música queda solo para el escenario y el vinilo. Y el último número reafirma nuestros temores: la vida jamás ha sido ni podrá ser un musical. La pompa y circunstancia se justifica porque ha sido el sueño de color de rosa de dos jóvenes enamorados, aficionados a los clásicos del cine y el jazz. Esta noche, Gene Kelly no se quedará con Debbie Reynolds.

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La La Land apuesta por la nostalgia desde el vitalismo, por esconder la transgresión bajo la copia. Para que nosotros podamos afirmar ahora que esto es un “musical puro”, cuando en el fondo ni puede serlo, ni lo pretende. Al igual que Sebastian solo podrá interpretar constructos de supuesta tradición, Chazelle solo es capaz de replicar el claqué, el cartón piedra y los focos. Pero ahí reside la magia: en marcar tendencia con lo antiguo. El resultado es uno de los estrenos más estimulantes que he visto en los últimos meses. Una brillante reformulación de los códigos del género musical, lo suficientemente altanera como para saber a qué está jugando, con qué maestros se está midiendo, la dificultad que entraña el reto “meta” que se ha planteado. Y aun así se ha permitido el lujo de constituirse como fenómeno en tiempos de Twitter. Porque sabe que estamos hambrientos de clásicos.

La única pega que puedo ponerle a esta joyita es que, en su esfuerzo por ser reflexiva, La La Land se olvida de que quiero seguir ensimismado. El mundo de afuera sigue siendo triste y solitario: por eso me refugio en el cine. Para ver un último beso en tecnicolor, en París, con marineros bailando claqué al fondo del escenario, y un felices para siempre sobreimpreso en la pantalla. Chazelle, Gosling, Stone: no me dejéis solo con el recuerdo frustrado del primer amor, el de mis obligaciones sobre mis ilusiones, y melodías que silbaré por la calle bajo la certeza que me habéis estampado en la frente de que el mundo no me dejará cantarlas por la calle. La vida era esto, ya lo sé. Pero no me lo recordéis. Cuando las luces de la sala se encienda, dejadme soñar, aún más.

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