Soñar en los tiempos de Trump

Moonlight

Una película de colores llamativos con un envoltorio de caja de bombones para una época políticamente tumultuosa en la que mejor no pensar, dulce con su puntito amargo de romanticismo naíf, con canciones un poquito cursis e inocuas y escenas de baile prefabricadas que intentan recuperar el gran esplendor del género en el Hollywood clásico a través de la reivindicación de la nostalgia en su vertiente más cool.”

Ganó Moonlight. La La Land vio anoche su sueño frustrado. Conveniente y hasta poética metáfora de su temática en la ficción: puedes triunfar, pero las decepciones enturbiarán tu camino. Un histórico y lamentable error en la entrega del premio -y desde ya exitoso meme de Internet- puso el broche más tristemente adecuado a una película que, sin llegar a perder (6 Oscar no son desdeñables, ni mucho menos), sí ha sido derrotada en su propio campo. En el de los sueños rotos.

La sorpresa de anoche confirmó tres tendencias. Moonlight remataba su imparable y poco sorprendente ascenso en la campaña de premios: nunca dejó de estar entre las favoritas. La Academia, visto lo visto en los últimos años, se ha decidido por el reparto a lo bruto en momentos de indecisión: desde la ceremonia de 2012, solo Birdman acumuló los premios a Película y Director. Y, en esto de los Oscar, la quiniela no se decide hasta el último momento. Siempre hay factores impredecibles que pueden dar un vuelco a una noche que peca por lo general de previsible.

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“La La Land es una película de propaganda“.

No deja de ser relevante, necesaria y maravillosa la noticia de que una película independiente sobre la dramática madurez de un niño negro homosexual se haya convertido en la película más importante del año, y de la que se hablará en el futuro bajo la dorada etiqueta de “Ganadora del Oscar 2017”. La misma Academia que hace una década ignoró a Brokeback Mountain, y tan menospreciada por su conservadurismo ajeno a la realidad, parece haberse dado ahora un baño de dignidad. No nos engañemos: es enormemente importante que una película como Moonlight haya ganado anoche. El arte debe ser reflejo de la sociedad plural, siempre. Y si esto puede ayudar a poner bajo los focos la problemática racial y sexual de Occidente, bienvenida sea. El día en que ya no necesitemos etiquetar las excelencias de cualquier película en base a su contenido de denuncia social, será porque aquello a lo que ataca ya ha desaparecido. Y ese día, en lo que se refiere a lo que Moonlight narra, aún no ha llegado.

Por eso, espero de todo corazón que las excelentes críticas que llevo leyendo en los últimos meses no yerren en el tiro, y Moonlight vaya mucho más allá del tópico con el que inevitablemente juguetea. Que sea el reflejo íntimo, poético y sincero de la masculinidad en tiempos convulsos que muchos proclaman y que yo, sinceramente, espero ver. Deseo, de verdad, que Moonlight sea mucho más que el resultado del berrinche de Hollywood.

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“Soy un actor árabe que ha sido llamado para audiciones por el papel de terrorista más de 30 veces. Si La La Land arrasa en los Oscar, me rindo“.

Vivimos tiempos tumultuosos, es cierto. Y seguramente vayan a peor. La prensa y Hollywood le han declarado una justa guerra a un payaso presidencial que les tiene en el punto de mira por el simple hecho de discrepar dignamente contra sus sandeces a golpe de decreto. Es tiempo, me reafirmo, de protestar sin freno contra el machismo, la homofobia y la xenofobia que han sido premiados por una democracia herida de gravedad, pero que aún puede resucitar en el Arte.

Ahora bien, ¿qué culpa tiene La La Land de esto? No me vayan a negar la campaña machacona que ha habido en los últimos días (y de la que he dejado fragmentos sueltos en esta entrada), empeñada en que se alzase con el premio gordo, el reconocimiento y el escaparate una película verdaderamente “reivindicativa” y “socialmente necesaria”. La opinión cinematográfica lo tenía claro: entre una moda colorista y musical, y un relato atípico de identidades y discriminación, la Academia debía tomar partido público y marcar su posición ideológica de forma tajante.

Pero opino que quien haya visto en La La Land un envoltorio bonito para una historia intrascendente -más aún, ¡peligrosa!- se equivoca de lleno. No sé qué película han creído o querido ver quienes han apreciado en el romance jazz una oda al egoísmo. ¿Individualista, preciosista, llena de prejuicios estetas? Pues claro que sí. No voy a negar que Damien Chazelle ha firmado un controvertido artificio que entra por los ojos y las orejas. Pero nunca, nunca es manipulador, ni mucho menos insultante, dañino o irrelevante.

Motivo legítimo, causa más que justa, obtetivo errado. Acusan a La La Land de ser autoindulgente, pero digo yo si no será aún más hipócrita haber premiado a la cinta que “debía premiarse”. Si la autoindulgencia no se revela en una decisión puntual que para nada indica un cambio generacional e ideológico de rigor en una Academia aún encorsetada. Si el premio a Moonlight no hará más que condenarla a la irrelevancia de un arrebato de dignidad propagandística pasajera. Solo el tiempo lo dirá.

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“La La Land es fascista. […] Un acto de ingenuidad autodestructiva, en un momento histórico que requiere profundidad, claridad y pensamiento refinado”.

Tal vez estos sí sean tiempos apropiados para La La Land. Piensen en el final: eso que tantos han malinterpretado como una alabanza al individualismo más “capitalista” y mezquino. Porque sí, Chazelle apuesta por esa cuestionable concepción del arte. Pero no olvidemos que es Mia quien pone excusas para no acompañar a Sebastian a su gira, porque “su obra de teatro es más importante”. Y que Sebastian es mucho más cruel e ingenuo, al proponer tópicamente que ambos deben “seguir caminos distintos, porque sus sueños son independientes… Pero recuerda que yo siempre te querré”. Con eso en mente, el juego de miradas final dice más de lo que parece. El momento en que ambos se dan cuenta de que existía una versión alternativa de la historia en la que no había excusas, ambos podían acompañarse mutuamente en la lucha por sueños que finalmente se cumplían, y el espacio y el tiempo no eran barreras para el amor. Una versión alternativa altamente azucarada e improbable, pero por la que merecía la pena luchar, porque era mínimamente posible.

Ambos lo saben, aunque solo les queda sonreír, resignándose a los vaivenes de la vida. Han obtenido el éxito, ¿pero a qué precio? Díganme entonces si no es un mensaje más que apropiado para un futuro oscuro. Una película que nos enseñe a luchar por nosotros mismos, por nuestros sueños como individuos, pero alertándonos de los peligros de ignorar a quienes nos acompañan en el viaje. Una brillante reflexión sobre la fachada y el fondo en el amor humano, tan banalmente conceptualizado en términos de una ficción alejada siempre del día a día cotidiano. Un relato sobre la dura realidad, que trasluce poderosa, aunque casi imperceptiblemente, bajo una apariencia colorista y cantarina. Un golpe mucho más sutil, metafórico y sugerente que cualquier otra película rival en la carrera por los premios. Sí: estos eran tiempos en los que nos merecíamos soñar con La La Land. En los que demostrar la artificialidad del musical como género, concepto, fiel reflejo del mundo. Pero el sueño ha acabado, qué irónico, con una platea vacía.

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