7 pautas para sobrevivir a la RAE

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1- La norma lingüística, que estudiamos desde niños en la asignatura de Lengua Castellana, es una invención. Una norma convencional: los lingüistas estudian la forma de hablar de millones de hablantes, la abstraen y establecen algunas pautas comunes. Así, crean una norma que, con la enseñanza, se implanta en la mente. El resultado es que, gracias a ella, los millones de hablantes de español por todo el mundo podemos comunicarnos y entendernos con ella sin mucho esfuerzo. Imaginad lo útil que es esto para los estudiantes extranjeros de español, por ejemplo. Pero, ojo, no deja de ser algo artificial.

2- Dicho esto, la RAE no tienen ningún poder real para eliminar palabras o añadirlas, ni para obligarnos a escribir a su gusto. Créanme: si la RAE dice que una forma, por muy mal que nos suene, es común, lo han estudiado bien a fondo. Rastrean las formas de habla de la sociedad con minuciosidad, tienen corpus de muestras de lenguaje muy amplios. Si se suprime una palabra del Diccionario, es porque su uso es ya minoritario. Pero existen diccionarios antiguos donde aún se puede localizar, así que no desaparece del todo. Si se añade, hay motivos para ello, que la RAE intenta justificar. Poco se deja al azar.

3- Eso no quita que la RAE ha cometido, y cometerá, errores garrafales. Muchas palabras que escribimos con “b” deberían llevar “v”, y viceversa, porque los académicos se confundieron en el siglo XVIII al estudiar la evolución desde el latín de esos términos, y asignaron mal la ortografía. “Güisqui” y “oenegé” aún duelen. “Bizarro” aún espera al menos una entrada en el diccionario que incluya su definición como extranjerismo: “extraño, raro”. Muy debatidas han sido las acepciones subjetivas y denigrantes hacia los gitanos, homosexuales y mujeres (“sexo débil”, ni más ni menos). Así que aclaremos: deben aparecer en el Diccionario. Que estén incluidas, por mucho que haya quejas, no perpetúa la discriminación: esta ya existe, por desgracia, sin necesidad de Diccionario. Pero la RAE está obligada moralmente a señalar que son usos, como mínimo, vulgares y despreciables. La sociedad es la que luego debe aplicarse el cuento, y no permitir que sigan vivos.

4- La norma de la RAE parte del uso corriente. Si una palabra o una forma gramatical tiene un uso extendido, la RAE debe incluirlo en la norma. Esto es, como uso frecuente. “Norma”, más que “obligatorio”, significa “normal”. Si hay un número significativo de hablantes que digan “toballa”, pues “toballa” aparecerá en el Diccionario. Pero con la marca de “vulgarismo”. Lo que también tiene tela, claro, porque decir que algo es vulgar tiene unas implicaciones elitistas muy fuertes. Por otro lado, que la RAE deba añadir cualquier uso es un debate de largo recorrido: ya en el XIX se planteaban si era necesario, porque si la norma iba a cambiar al ritmo de la sociedad, ¿para qué sirve, si las reglas entonces se modificarían continuamente? Peor aún: ¡cómo iba a dejar la Academia erudita que el populacho decidiese cómo comunicarse! Por suerte, esa concepción ha cambiado: la lengua siempre surge de su uso cotidiano. Aunque el debate sigue.

5- Pero no: que aparezca en el Diccionario no significa que se pueda usar cuando uno quiera. En todo idioma existen registros. No hablamos igual a un profesor que a un amigo, a un familiar que a un vecino; no escribimos igual en un examen que en una carta romántica, en una solicitud al Ayuntamiento que en un mensaje de WhatsApp. Un chaval puede escribir con abreviaturas en un mensaje de texto y no pasa absolutamente nada. En serio. No se va a volver más lerdo porque sus conceptos tengan una forma más pequeña, con menos letras. El problema es que confunda registros y escriba así en un examen. O que, efectivamente, no tenga capacidad argumentativa y sea tan simple tanto en un mensaje WhatsApp como en un examen. Pero ese es otro tema. El caso es que si usamos “toballa” en una reclamación a un hotel, tenemos un problema.

6- Así que parémonos un momento a considerar qué significa e implica “correcto”. ¿Con qué derecho nosotros nos situamos como expertos en el lenguaje, y defendemos que nuestra forma de hablar es la “correcta”, y por tanto buena? ¿Por qué nuestra forma de hablar es la correcta, y no la de millones de hablantes? ¿Porque hemos estudiado? Habrá que preguntarse qué. Al contrario, ¿por qué millones tienen razón, y nosotros, minoría, no? Si nuestra forma de hablar no ha sido la variedad de una zona y de un grupo culto y con poder, que ha conseguido imponerlo al resto de la sociedad, haciéndonos creer que su forma de hablar era la “buena”, y la nuestra la “mala”. ¿Tan fácil resulta decir, de golpe y porrazo, que la forma de hablar de una comunidad durante siglos es, de pronto, incorrecta? No lo creo. Pero es otro largo debate, para otra ocasión.

6- Todo esto va al hilo de lo de la polémica del “iros”. Reconozco que yo lo uso. No por desconocimiento: sé que gramaticalmente la forma correcta (esto es, siguiendo la propia derivación de la palabra) es “idos”. Pero a mí siempre me ha sonado fatal: a “idos de la cabeza”, o algo así. Al final, he usado siempre “iros” porque en mi entorno es lo más común. Esto es: una experiencia continua, única y personal. Por tanto, no puedo extenderla, ni considerar que es la adecuada. Pero sí sé que es frecuente en mucha gente. Y ahora la RAE la acepta, y la gente se queja, pero yo recuerdo al personal que los participios en “ao” (“he terminao”, por ejemplo), tampoco son correctos, pero se usan inconscientemente aunque así sea. Y nadie se queja. O que “influenciar” es otro error, porque en español ya tenemos “influir”, pero está tan extendido que aparece en el Diccionario. Y, de nuevo, no hay llantos. Simplemente, piénsenlo la próxima vez que les venga el Espíritu Santo Nebrijano y suelten sus furias contra la RAE. No estaría de más acompañarlas de una lectura de historiografía lingüística. Para abrir boca. Yo, por mi parte, no pienso usar “iros” en mi tesis doctoral. El idioma es lo suficientemente rico como para que pueda usar cualquier otro giro (“márchense”, “id”, “fuera”…); o, incluso, “idos”, que no lo voy a eliminar de mi conocimiento.

7- En resumen: si quieren sobrevivir a la Real Academia, sigan hablando como les dé la real gana. Como han hecho siempre siempre, vamos. Y seguirán. Palabra. Nadie les va a apuntar en la sien con una pistola por ello.

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