“Tierras altas, extensas y bañadas por el sol”

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El cine de Christopher Nolan se ha caracterizado por una constante temática a la que creo que no se le ha prestado suficiente atención: la familia. De una forma paralela a su propio crecimiento como esposo y padre, en su filmografía hemos asistido progresivamente a la venganza de un viudo amnésico, el trauma de un niño huérfano que ansía justicia, el titánico esfuerzo de un padre ilusionista y otro ladrón de sueños por regresar con sus hijos, hasta, finalmente, esa preciosa carta de amor paterno a través del tiempo y el espacio que es Interstellar. Esperaba, por tanto, que Dunkerque fuese la otra cara de la moneda: la declaración de afecto de un padre a un hijo que, hace 80 años, pudo ser otro chaval abandonado a su suerte en las costas francesas. En cierto modo, lo es. Pero, por otra parte, olvidé que Nolan es ante todo un cineasta. Y contar películas es su pasión, pero también su oficio.

Ver Dunkerque implica acudir a ella con el pecho abierto en canal y predisposición a darle significado. Nolan ha reducido el contenido argumental de su historia a la mínima expresión, y deja que solo hablen los grandes conceptos. Hogar, honor, valor, supervivencia construyen todos los cimientos sobre los que se entiende a los personajes, y por tanto el desarrollo de los acontecimientos. No es una jugada que vaya a satisfacer a muchos espectadores, que necesitarán que haya un trabajo más intenso en la caracterización de tales hombres de guerra. Pero estamos hablando de un director que, aparte de sus ya conocidos problemas a lo largo de su filmografía para crear personajes fuertemente armados, podría haberlo solucionado con complejas diatribas, discursos pedantes o traumas intensos. Y no lo hace. Para mí, a la luz de su filmografía anterior, esta es una solución totalmente deliberada, que nace de una fuerte voluntad por despojar a la narración de toda parafernalia y sacarle las tripas a la guerra.

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Nolan defiende la preminencia del cine como experiencia colectiva en lugares específicamente creados para ello: las salas de cine. Se planta como opositor a la concepción actual del cine como medio de consumo doméstico masivo, en formatos portátiles, a través de plataformas como Netflix. Y lo cierto es que esta ha sido otra característica de su filmografía que en Dunkerque, casi literalmente, explota: la concepción de la narración fílmica como experiencia audiovisual. Tal vez consciente de las críticas que se han vertido, con mayor o menor fortuna, sobre su producción anterior, Nolan aborda este proyecto como un experimento estilístico y narrativo. Descarga a su técnica de toda redundancia, libera al guion de diálogos y concentra todos los giros y puntos climáticos en apenas 100 minutos de metraje. Atrás quedan las larguísimas gestas superheroicas, o los densos relatos cósmicos. Dunkerque marca tanto una lógica continuación en su evolución como cineasta, como una ruptura radical con las formas que lo han caracterizado hasta ahora.

Así, Nolan se adentra en el corazón de las tinieblas plasmándolo exclusivamente desde el punto de vista de los supervivientes. Ningún soldado nazi (siendo este un punto ya señalado por otros críticos) aparece en el film: lo único que percibimos son atronadores disparos, explosiones surgidas de la nada, cadáveres cayendo a nuestro alrededor, barcos hundiéndose a nuestra espalda, espantosos gritos de moribundos por doquier. Alejando la cámara, y dotando así de verosimilitud a lo filmado, la elegancia característica de Nolan se traduce en aterradora visceralidad. Vivimos la guerra como testigos directos, mientras el atronador aparato sonoro nos sumerge en el caos y las imágenes nos hacen percibir un horror no explícito pero sí palpable. Heridos indefensos y jóvenes soldados asustados que mueren ahogados o acribillados. Nosotros, mientras tanto, solo percibimos la quilla de barcos bajo agua, la arena desparramándose entre explosiones, la gasolina ardiendo entre buques de rescate. Pero el horror se infiere, y nos paraliza. Bajo el agua, la arena y el fuego hay carne, hueso y sangre. E inocencia rota.

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Podemos discutir, entonces, si Dunkerque cumple con sus tremendas ambiciones, pero creo que es más fácil llegar al acuerdo de que es una película necesaria en la filmografía de Nolan. Gratificado con la confianza total de un estudio desde hace ya casi diez años, se ha permitido rodar un puro ejercicio de estilo sin escatimar en gastos. De este modo, Dunkerque se convierte en su primera “película laboratorio”, tan diferente en narrativa a las anteriores, como deudora de ellas en temática. Porque Nolan, preocupado como está en depurar al máximo su técnica, deposita total confianza en los grandes conceptos. Puede achacársele, y no es un cabo suelto desdeñable, que la única motivación que construye emocionalmente a los protagonistas jóvenes (irregularmente interpretados, todo hay que decirlo) y les da empaque suficiente para que el público empatice con ellos es una vaga (y tardía) referencia al hogar al que quieren volver. Aun así, esta es una constante implícita para todos los que combaten en esta batalla, y que nosotros, como espectadores, debemos inferir continuamente. Siempre hay un hogar por el que luchar, o al que regresar. Para Nolan parece ser que no hay más justificación que sirva “per se” para sostener a personajes coherentes y sólidos. Insuficiente, tal vez. Efectivo, así es. Poderoso, sin duda.

En Dunkerque cada espectador acudirá con un bagaje emotivo-cultural distinto y tendrá que interpretar lo que transcurre en pantalla. Los civiles británicos acuden en masa a rescatar al ejército porque temen la consiguiente invasión nazi y necesitan a sus soldados de vuelta para proteger la nación. Los chavales militares abandonados a su suerte en Dunkerque solo son niños asustados que quieren ser abrazados otra vez por sus familias. Pilotos y oficiales actúan deambulando el honor y el deber, soportando la incapacidad material de un gobierno lento y sorprendido por la virulencia del conflicto. Todo eso está ahí, bajo una constante plasmación del pragmatismo de la guerra, bordeando con la carencia de humanidad, y traducido en supervivencia a toda costa. Nolan cumple con una constante de este tipo de relatos: en tiempos de guerra, las circunstancias dictan la acción. Y podremos discutir la pertinencia de este tipo de películas en tiempos tan confusos como estos. Pero no es su finalidad, creo. Ante todo, Dunkerque funciona, y funcionará, como un más que interesante paso adelante de un director inquieto que lucha para encallarse en su propia complacencia; como película bélica sobria, cuando no escueta, en su contenido e intensa y apabullante en sus formas; y como sorprendente ejercicio de estilo, que consigue transmitir las pesadillas de la guerra y el amor por la identidad patria desde una perspectiva no demasiado frecuente en el género, que desdeña la propaganda barata y habla en un lenguaje emotivo de alcance universal. Así que podremos discutir si, para que una narración funcione y nos importe, necesitamos que nos muestren, que no sugieran, los motivos que guían a los personajes, haciéndolos humanos; o si en este film el aparato audiovisual es tan potente que se vuelve estruendoso y ahoga toda capacidad inmersiva por simple machaque de los sentidos. Pero aquí ni hemos necesitado disfraz de murciélago como concepto, ni que una peonza dé vueltas sin decidirse a caer o seguir girando, ni que el amor supere las barreras del tiempo y el espacio. Simplemente, la conmovedora secuencia de barcos llegando a decenas a una playa sembrada de cadáveres y tenaz esperanza. Un hogar que acude y al que volver, y por el que luchar para conservarlo en circunstancias límite que no requieren de complejos discursos. Si esto no implica, tanto para Nolan como para nosotros, una necesaria toma de posición, que baje Churchill y lo vea.

 

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