Lágrimas en la fría lluvia (I)

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AVISO: revelo detalles cruciales del argumento de Blade Runner y Blade Runner 2049

Tal vez peque de parcial y poco fiable a la hora de opinar sobre Blade Runner 2049. La primera parte, Blade Runner, es una de mis obras indispensables. Fue una película que me impactó en el momento justo, la adolescencia: tenía 15 años. Por eso mismo, la estudié a fondo no mucho después, ya en la universidad. Leí toda la bibliografía académica y todo el material crítico que pude abarcar. Hoy en día, si no estoy realizando mi tesis doctoral sobre ella se debe a azares del destino. Aun así, siempre he conservado mucho cariño hacia la novela robótica de Philip K. Dick, plasmada a través del complejo y accidentado enfoque de Ridley Scott.

En aquel proyecto inacabado, interpreté Blade Runner como una catábasis (de ahí el nombre de este blog, por cierto). Esto es, como un descenso a los infiernos protagonizado por los replicantes que “bajan” a la Tierra para encontrarse con su creador en un Hades futurista. En la mitología clásica, enfrentarse a la Muerte implicaba un fracaso irremediable, incluso si el héroe goza de naturaleza divina. Solo con pisar la tierra de la Parca estamos acabados, pues su poder de aniquilación es absoluto. El desenlace de Blade Runner encajaba entonces con ese oscuro destino. Roy, el sobrehumano, aceptaba su inevitable muerte. En cuanto a Deckard, ¿de qué le servía aprender el valor de la vida, si estaba condenado a ser “retirado”, puesto que descubría que, en realidad, era otro androide?

Con estos precedentes, la secuela, Blade Runner 2049, podía parecerme tanto un éxito como un desastre. Por suerte, me quedo en el primer grupo. Mi opinión, sin rodeos, es entusiasta: nos encontramos ante una secuela impecable. No solo por sus espectaculares virtudes técnicas, sino sobre todo por su sorprendente trasfondo.

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Blade Runner 2049, como su antecesora, tiene galones suficientes como para motivar sesudos debates -y, en gran medida, pedantes-. Si Blade Runner se convirtió en el “mito posmoderno” del cine contemporáneo, para muchos eruditos y académicos, por mostrar un futuro distópico en el que la construcción de nuestra identidad dependía de las fotografías y la cultura pop, en esta secuela se actualiza el mismo tema a través del filtro de nuestras inquietudes actuales. En Los Angeles del 2049, la artificialidad ya forma parte de nuestra cotidianeidad. Los policías son replicantes repudiados por los ciudadanos. Los sentimientos se prefabrican en amantes holográficas. No hay recuerdos del pasado sobre los que sustentarnos, pues un apagón tecnológico reseteó la sociedad. Este es el juego constante de esta continuación: ampliar lo que ya se hizo, porque, en el fondo, seguimos contando la misma historia. Los mismos miedos humanos, con otro envoltorio.

El espíritu de la original, por tanto, sigue ahí. Todos sus tics, disfrazados de guiños hacia la original; arquetipos del cine negro (el vendedor inmigrante, el delator asustado, la desterrada por su enfermedad, la dama mortal, el amor imposible, la implacable jefa de policía, las pruebas esquivas) que no constituyen copias baratas de lo que ya vimos sino elementos asimilados completamente por la mitología ciberpunk con etiqueta blade runner. Se replica también la misma estructura de píldoras continuas de información, tanto verbal como visual, con las que podrán desbarrar quienes quieran descifrar las implicaciones contextuales de cualquier detalle (los implantes en el cuello de Wallace, las abejas mecánicas en un páramo nuclear, la madera como prueba de vida y autenticidad). Una red de símbolos y elementos con los que se teje una sociedad compleja y abierta a todo tipo de interpretaciones. En resumidas cuentas: en cuanto a la forma, Blade Runner 2049 es blade runner hasta la médula. O sea, un ejercicio de saturación estética, no carente de contenido.

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Y ahí es donde radica la importancia de esta secuela: en que no es en absoluto conformista. Sus intenciones quedan claras desde el contundente inicio. En esta ocasión, se nos narra un cuento total sobre replicantes. K sabe que es artificial, un “pellejudo” sin opción a amar y ser amado. Tras los hechos preliminares del 2019, ya no es tiempo de revelaciones, falsas identidades, naturalezas cambiantes. Ahora hay que dar continuidad al concepto plantado en el capítulo previo: de cuestionarse qué es la humanidad, pasamos a cómo conseguir que se perpetúe. Y he ahí el gran triunfo de la película. Porque toma todos esos mimbres desoladores y traumáticos de un futuro imperfecto, y los retuerce para encontrar luz en ellos. Sin que por ello esta decisión sea incoherente, ni renuncie a la resignación y pesimismo propios del universo blade runner, este triste relato, al fin y al cabo de muerte, toma partido por la vida.

(Continúa)

 

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