El final del verano

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AVISO: destripo el argumento de Gravity Falls. Así que, háganse un favor y vean inmediatamente esta serie. Por favor. 

Mi hermana acaba de terminar Gravity Falls (son las 0:23). Entre lágrimas y una cascada de halagos hacia la serie, me confiesa que “verla había sido una experiencia increíble”. Y yo solo puedo sonreír y, en la distancia, sentir otra vez una pequeña y contundente dosis de aquello que esta joyita nos ha regalado a los dos, y a otros muchos miles, con total generosidad desinteresada: pura felicidad.

No será esta una entrada kilométrica, porque no estoy para análisis sesudos a estas horas. Y porque la serie los merece pero en absoluto los necesita. Su argumento es la delicia absoluta para el espectador más friki: dos hermanos gemelos de 12 años, Dipper y Mabel, pasan obligados sus vacaciones de verano en casa de su excéntrico tío abuelo Stan, propietario de una cabaña de falsas experiencias paranormales. Como es de esperar, en un suculento juego de equívocos, lo falso es real, y los dos hermanos se enfrentan en cada episodio a un fenómeno extraño diferente.

Y ha habido sitio para todo. Y no hay ni un capítulo malo. La serie es un prodigio en muchos sentidos. Como tour de force en calidad, que hace que cada aventura sea, sin exagerar, mejor que la anterior, hasta desembocar en una Temporada 2 desatada. Como enorme jugarreta de su creador, Alex Hirsch, a Disney, colándoles una cantidad ingente de chistes para adultos lo suficientemente sutiles como para resultar inofensivos sin perder aun así su irreverencia. Como prodigio narrativo y en construcción de unos adorables personajes que, milagro, ¡evolucionan! Y como densísimo juego de referencias a la cultura popular: cine, televisión, juegos de mesa, novelas, historia, música… todo está aquí, concentrado en un universo único, un reducto donde todo es posible.

Y ahí reside su magia. Tantas veces se ha repetido ese mantra de “es tan buena para niños como para adultos”, que casi ha perdido su fuerza. Tantas películas, tantas series en esta Edad de Oro de la animación para niños/adultos han aprovechado el “sentido de la maravilla”, que un ejemplo más tiene muy difícil poder marcar la diferencia.

Pero Gravity Falls lo consigue.

Porque trata de la aventura más grande de todas. Y sale airosa, y triunfa.

Solo puedo decir que, sí, me lo pasé teta descifrando todas las referencias que era capaz de identificar. Sí, me enganchó la trama sobrenatural subyacente, salpicada con pequeñas pistas en forma de voces al revés, códigos cifrados y mensajes subliminales. Sí, me partí de risa con cada bobada de Mabel, cada metedura de pata de Dipper, cada grosería de Stan, cada ocurrencia pueblerina de los pintorescos habitantes de Gravity Falls.

Pero también trata de dos hermanos que se distancian durante años porque sus sueños de niñez los han hecho crecer por caminos distintos: uno los conserva, porque es un vago irresponsable pero de enorme corazón, y otro los ha dejado atrás, porque es un superdotado que necesita mantener a su familia. Y de otros dos hermanos pequeños que viven bajo el mazazo del primer año de instituto, que comienza nada más acabar el verano, y que en unos años no les parecerá gran cosa, pero ahora lo ven como su primer gran punto y aparte (¡eso es crecer: ir poniendo puntos y aparte!). Y de lo difícil que resulta, cuando eres niño (¡y adulto!) decirle a la amiga o al amigo que más te importa que, en el fondo, sientes por él o por ella un aprecio mucho más fuerte, pero imposible. Y de la búsqueda incansable del hermano perdido. Y de superar la marcha del padre ausente y despreocupado. Y de cómo decir “te quiero” no es malo. Y de que siempre hay tiempo para una próxima gran aventura.

En resumen. Me he conmovido con la historia de Stan y Ford, porque en ella nos veía a mi hermano mellizo y a mí. Y con Soos, dejando atrás a aquella parte de la familia que nunca estuvo, y abrazando a su abuela, y a sus amigos. Y con Dipper, en quien me he reconocido en su cobardía a la hora de enfrentarse a fantasmas pero a la vez su determinación, porque es curioso por naturaleza: y, sí, yo también canto y bailo ABBA. Y con Mabel, en ese mágico punto de locura infantil desatada, porque sabes que en un momento, de golpe, desaparecerá. Y se marcha el autobús de Gravity Falls, y tú con Mabel y Dipper, sabiendo que ellos han crecido, y tú con ellos. Han sido tú, tú has sido ellos, durante 44 episodios, dos veranos en mi caso. Un final, pese a todo, feliz, porque, a estas alturas de la vida, asumes que ha de ser así.

Esto es Gravity Falls. Es realista (y pragmática) y fantasiosa (e imposible), pero se queda con los dos lados. Es sencilla pese a sus artificios. Es sensible, dolorosa, tierna y graciosa. Es profunda, natural y sincera. Es conformista y arrojada. Es amable e inflexible. Es risa y es lágrima.

Es la vida, sin más.

Y ahora, si me disculpan, me marcho a mi cuarto, que estoy solo en mi piso, a centenares de kilómetros de casa, afuera llueve y ahora solo me apetecería abrazar a mi hermana. Y a mi hermano. Y a mi abuela. Y a mi madre. Y a todos mis coleguis.

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En el límite

Escribí este borrador hace unas semanas. Antes de Charlotesville. Antes de que grupos neo-nazis (nada de gilipolleces de “supremacistas blancos” o “derecha alternativa”: son nazis) asaltaran una ciudad de EEUU en una versión retorcida de lo que en España denominaríamos “protestas contra la Ley de Memoria Histórica”. Retorcida, retrógrada, cruel, incoherente y vomitiva. Hemos contemplado atónitos y aterrados múltiples escenas calcadas de las infaustas marchas nazis de los años 30. Ha habido víctimas a manos de esos nazis. Y el presidente de los EEUU no solo tardó 48 horas en condenar tales muertes -cosa por la que JAMÁS debemos felicitarle, porque es su maldita obligación-. Anoche mismo lo hemos visto desdecirse de su condena. Denunciar la violencia en “ambos lados”, nazis “no tan nazis” y antifascistas “armados y peligrosos”. Tanto da que esos nazis vociferasen MUERTE contra negros, judíos y homosexuales, impunemente, antorchas en mano, heraldos del miedo. Tanto da que esas tres víctimas no fuesen parte de los antifascistas armados. Y me gustaría saber hasta cuándo. Hasta cuándo vamos a soportar a este subnormal -en el sentido ABSOLUTO del término- como representante absoluto del país más poderoso del mundo, y por tanto primera voz de autoridad de esa basura racista y odiosa que dejó que le aupara al poder y que no pretende socavar aunque en el fondo no la comprenda. Mantengo este borrador tal cual. Me parece relevante en perspectiva y contraste: la realidad siempre supera a la ficción, me temo, y en apenas unas semanas hemos podido comprobar que, por desgracia, todo puede ir a peor. Aunque jamás pensé que llegaría a ver en la realidad una ficción tan inverosímil. El señor feudal sigue en su trono de hierro. Las normas de la decencia que dictan que debe ser expulsado a patadas no se van a cumplir porque él está demostrando con su chabacanería que son inútiles. Así que, hasta cuándo vamos a tener que soportar este discurso zafio, que jalea el odio visceral de su puñado de palmeros oligofrénicos que confunden la determinación con la socarronería, la fuerza del general con la chulería del matón de barrio. Que ante los balbuceos insultantes del Líder contra la prensa responden con berridos de celebración. “¡Oh, Dios mío! ¡Lo ha hecho! ¡Ha callado su puta boca! ¡Sí, joder, los ha hundido, los ha humillado! ¡Vamos, Presidente, Dios te bendiga!” Pues sí, idiotas. Lo ha hecho. Ha vuelto a demostrar que es un indecente, no un líder férreo e imperturbable. Hasta cuándo vamos a tener que soportar estas imbecilidades. Hasta cuándo va a aguantar un sistema político el tener como cara visible a un hombre que, en su egoísmo feudal, está torpedeando la imagen de toda una nación. Y cuándo ocurrirá, si es que ocurre -deseo que sí-. Que el propio sistema fagocite a este payaso, porque, sencillamente, no podrá aguantar con él al cargo. Cuándo el sistema se dará cuenta de que ya es hora de que se aplique su teoría y haga lo que tiene que hacer: poner frenos incluso al hombre más poderoso del mundo. Pero mañana será otro día, las barbaridades de ayer se convertirán en una “salida de tono” pasajera, y esperaremos, insensibilizados del todo, a la próxima payasada del circo.

No sé si Blue Bloods (Familia de policías) aguantaría un análisis concienzudo de tipo ético. Si bajo su apariencia de fábula moral no se esconde un discurso discutible. El otro día, en su primer capítulo, vi cómo uno de sus protagonistas se alegraba de que un pederasta seguramente acabase condenado a muerte. Supe en ese momento que ese tipo de moraleja, anclada en una tradición mental tan alejada a mí como es la estadounidense, siempre tendrá un límite que no podré traspasar. Pero al mismo tiempo son numerosas las ocasiones en que las vicisitudes de la católica familia Reagan, por muy discutibles que me parezcan, me obligan a asentir. No comparto la visión violenta y tajante del hijo mayor, sargento de la policía. Me aferro ingenuo a la postura legalista de la hija, fiscal. Me da pena comprobar cómo el hijo menor, agente de policía, poco a poco abandona su idealismo ante el crimen perpetrado por minorías raciales, convirtiéndose en un cínico en quien confío aun así que esté libre de estrechez de miras. No puedo seguir al 100% al afable abuelo, pues su mentalidad antigua dista de la mía. Y desearía estar siempre del lado del pragmático padre de familia, comisario de Nueva York, falible, consciente siempre de la realidad, y no por ello cegado por la intolerancia, siempre dispuesto a la compasión, aunque ello tal vez derive en condescendencia en muchas ocasiones. En resumen: que cada vez que encuentro un capítulo en la televisión, lo veo. En ocasiones, dos o tres seguidos. Blue Bloods tal vez no sea una de las grandes series de la parrilla actual, pero nos habla de nuestro día a día, y siempre me deja alguna pregunta pendiente.

Aun así, qué rabia que siga siendo ficción. Hoy mismo he vuelto a ver un momento crucial. Un locutor de radio, conocido por sus proclamas racistas a favor de la recuperación de una América blanca -libre de negros, latinos, mestizos y judíos-, acude a Nueva York para emitir en directo y en público uno de sus repugnantes panfletos. Acogiéndose a la Primera Enmienda, al derecho a la libertad de expresión, el comisario Reagan no puede sino protegerlo frente a la enfurecida población de la multicultural Nueva York, que no lo recibirá precisamente con los brazos abiertos. Reagan, como comisario, sabe que ese locutor tiene razón en una de sus bravuconadas: los guardianes de la ley y el orden necesitan que exista gente tan deleznable, que señale las contradicciones silenciosas y no asumidas de la realidad. Reagan tiene que lidiar día tras día con el crimen de los guetos, aguantar la corrección política impuesta a martillazos por minorías, y rendir cuentas a un poder elitista más atento al dinero que a la humanidad.

Pero no puede dejar que la realidad sepulte a la decencia, que el discurso simplista ahogue la comprensión. De modo que organiza un cuerpo de policía muy especial para proteger al ilustre invitado: una selección de agentes negros, asiáticos y mestizos que pondrán en evidencia la estupidez. Hay algo por encima de la propaganda, y es el deber.

Es un discurso precioso, no lo dudo, y levanta el ánimo tras su visionado.

El problema es que este episodio se emitió en 2013. Cuando las amenazas de tales locutores de radio parecían solo pamplinadas pasajeras, y no la semilla que poco a poco ha desembocado en la incertidumbre.

A día de hoy, no dudo que Don Trumpeta, en una situación similar, se mofaría de tal grupo de policías, socavaría su sentido del deber con dos o tres insultos no necesariamente ingeniosos, y ridiculizaría su deber tildándolo de servidumbre. Incluso podría pellizcar los mofletes de uno de ellos o asestar a otro unas humillantes palmaditas en el pelo. El motivo es simple: porque puede.

Vivimos tiempos tristes y extraños, que la ficción ha sabido prever, pero no suavizar, ni mucho menos evitar. Ese ha sido su mayor fracaso. La realidad ha demostrado ser aún más surrealista que cualquier relato. Son tiempos en que la traición queda impune. En que el hijo de un presidente pudo conspirar para recibir de una nación extranjera información comprometedora del rival electoral -tanto da que al final no existiese tal información-, y ahora, ante las evidencias de su fallo, confirma tal hecho, y no ocurre nada, porque tal prueba es solo un ejemplo de “transparencia”. En que retorcidos giros groseros convierten la ilegalidad en hazaña. Pues sí: todos ellos, incluyendo el pater familias, presidente electo, son seres transparentes. Esta familia ha obtenido el poder máximo y lo ha convertido en su feudo particular. Pero, ah, el presidente es un hombre transparente. La hija puede sustituir al padre en una reunión de mandatarios, solo porque él se aburría. Pero, ah, el presidente es un hombre transparente. El padre puede saltarse todas las normas de protocolo y buenas maneras, regodearse en su berrinche de crío mientras se figura a sí mismo apaleando a la prensa crítica, mientras sus palmeros le aplauden la “gracia”. Pero, ah, el presidente es un hombre transparente.

Lo es, sin duda. Vivimos tiempos extraños porque tales elementos nos han demostrado que todo lo que nos rodeaba era irreal. Un constructo, una fantasía, un sistema que hemos sostenido solo porque necesitábamos creer que existía. Esta es la transparencia: la prueba de que siempre ha habido gente arriba y gente abajo; de que el privilegiado es intocable y la ley no existe para él. La ley, sí, es solo papel mojado. Normas ficticias que solo se sostienen en que nosotros queramos aplicarlas, no en sí mismas. El magnate siempre ha podido saltárselas, aunque en la mayoría de los casos aún guardaba cierta “decencia” para no restregárnoslo a los demás, pobres mortales. ¿Ahora? Eso ha quedado atrás. Ahora la narración ha triunfado sobre los hechos. Ahora, el magnate puede regodearse en que nos ha mostrado los hilos, ha revelado el esqueleto de cristal del sistema, y, lamentablemente, él es capaz de pasárselo por el forro. Y no le preocupa, pues ha sabido protegerse con la armadura perfecta: el discurso de los derrotados. De aquellos que solo pueden recurrir ya a la fuerza bruta, pues es lo único que, a la hora de la verdad, sirve en la pelea.

El pater familias trinfa, porque puede. Así de simple. Nadie verá que el emperador está desnudo; e incluso, si se descubre, tanto dará. Será solo prueba de su “transparencia”, no de su vergüenza. Difuminando así el límite del bien y del mal, y enseñándonos que el poder siempre ha sido absoluto, y el magnate ha sido lo suficientemente avispado como para aprovecharlo al máximo, e impunemente. Porque la decencia del deber, no sé si por desgracia, no tiene puños para golpear.

 

Soñar en los tiempos de Trump

Moonlight

Una película de colores llamativos con un envoltorio de caja de bombones para una época políticamente tumultuosa en la que mejor no pensar, dulce con su puntito amargo de romanticismo naíf, con canciones un poquito cursis e inocuas y escenas de baile prefabricadas que intentan recuperar el gran esplendor del género en el Hollywood clásico a través de la reivindicación de la nostalgia en su vertiente más cool.”

Ganó Moonlight. La La Land vio anoche su sueño frustrado. Conveniente y hasta poética metáfora de su temática en la ficción: puedes triunfar, pero las decepciones enturbiarán tu camino. Un histórico y lamentable error en la entrega del premio -y desde ya exitoso meme de Internet- puso el broche más tristemente adecuado a una película que, sin llegar a perder (6 Oscar no son desdeñables, ni mucho menos), sí ha sido derrotada en su propio campo. En el de los sueños rotos.

Lo ocurrido anoche confirmó tres tendencias. Moonlight remataba su imparable y poco sorprendente ascenso en la campaña de premios: nunca dejó de estar entre las favoritas. La Academia, visto lo visto en los últimos años, se ha decidido por el reparto a lo bruto en momentos de indecisión: desde la ceremonia de 2012, solo Birdman acumuló los premios a Película y Director. Y, en esto de los Oscar, la quiniela no se decide hasta el último momento. Siempre hay factores impredecibles que pueden dar un vuelco a una noche que peca por lo general de previsible.

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Tarde para el perdón

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Vía rtve.es

Estoy seguro de que pocos de los que ayer vomitaban bilis rencorosa contra la gala de los Goya no han visto ni tienen intenciones de ver la película ganadora, Tarde para la ira. Total: parece más fácil la hostil indiferencia contra una industria cinematográfica nacional reducida a “putas, rojas, maricones y la guerra del abuelo, qué asco de Almodóvar”.

Ignorando, con semejante sermón, que en los últimos diez años no ha habido Almodóvar y sí la confirmación de una fabulosa tendencia al alza de nuevas voces. Celda 211, No habrá paz para los malvados y La isla mínima ahora comparten podio con Tarde para la ira: se reafirma el cine negro, en un año 2016 en el que también hemos tenido El hombre de las mil caras y Que Dios nos perdone. Diez años que también han visto el asentamiento del drama cotidiano con Vivir es fácil con los ojos cerrados, A cambio de nada, Truman, etc., y del cine experimental con apuestas tan arriesgadas como La novia o Blancanieves. Nos hemos adentrado incluso en las superproducciones, con un incansable Bayona que arrasaba con Lo imposible y Un monstruo viene a verme. Hasta es buena noticia que la comedia costumbrista haya vuelto a triunfar sin complejos con los apellidos vasco-catalanes, en un país que siempre la había recibido con los brazos abiertos.

Pero no. Putas, rojos, maricones. Al hoyo.

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