Mientras escribo | La ilusión y el desengaño

conejo

En estos días, vuelvo a participar en el jurado de un concurso de narraciones. Dura tarea, por volumen de trabajo, calendario y calidad. Silenciosamente deseo que, en el grupo de textos que me toca, haya muchos malos. De esos que tienes que echar para atrás con un solo vistazo. Mala puntuación, pésima ortografía, caótica sintaxis. Luego llega la peor parte: de entre las “supervivientes”, cuáles son lentas, en cuáles el desarrollo es incoherente, cuáles no saben manejar voces y perspectivas, cuáles son inverosímiles. No es gratificante, repito: en ellas veo ilusiones que me tocará frustrar, y proyectos prometedores que tal vez no puedan dar el gran salto porque habrá competidores mucho mejores.

Pero leyéndolas me descubro a mí mismo. Y, por consiguiente, estoy más inseguro a la hora de escribir. Porque en esas novelas que tan a la ligera desecho, encuentro mis mismos vicios. Cuantísima gente escribe. Y en qué posición quedo yo, que quiero entrar en la República de las Letras a través de la única entrada: el trastero donde quedan abandonados todos los rechazados. Por mediocres, por burdos y bastos, por faltos de gusto. Pero quién sabe si por incomprendidos.

Primero ignoro a aquellas de pésima forma. Las que tienen faltas de maquetación, ortografía o, peor aún, puntuación. Claro que no sin ciertas dudas. ¿Soy prejuicioso por preferir el párrafo justificado, la letra clara, un uso normativo de cursivas y comillas, y guiones bien colocados, frente a la espontaneidad formal de muchas de las novelas que juzgo? Y pasemos a la ortografía: ¿de veras es un criterio de rigor, que anula la calidad de una narración que tal vez, fuera de esas minucias de la forma, sea verdaderamente apasionante? ¿Necesita un escritor ser académico? ¿Y cómo puedo establecer qué es una puntuación rítmica y consecuente, cuando sin duda es el aspecto externo más difícil de calificar? ¿Espero o pretendo que todos los aspirantes del concurso sean tan exquisitos y precisos como Torrente Ballester?

Entonces pienso en el uso indiscriminado de puntos suspensivos, en las conversaciones desperdigadas por el folio porque ningún signo gráfico revela su condición de diálogo, y en el desfasado uso de Word Art o de imágenes prediseñadas. Tal vez este primer filtro, tan tajante, sea necesario.

Un aplauso también por la mala novela histórica sin ningún tipo de investigación seria como base, la novela negra abarrotada de tópicos, y la creciente oferta de imitaciones de las 50 sombras que no llegan ni al nivel de parodia. Y por la puerta de atrás se van los relatos que solo muestran exposición de datos, sin ningún sentido estético, o bien una acumulación incoherente y desequilibrada de sucesos. En ninguno de estos casos son conscientes los anónimos autores de lo que deben escribir, a lo que aspiran: novela corta, con todo lo que ello implica. Deben distribuir bien los acontecimientos, pues el límite de páginas está estipulado en las bases del concurso. Y no se trata tanto de ser clasicista y normativo (seguir un esquema de introducción-nudo-desenlace), como que cada intento de experimentación y ruptura debe serlo claramente, y no únicamente una muestra de impericia a la hora de narrar amoldándose a unos límites rígidos.

Después, clasifico por temática. En un montón, lo que denomino “metaliteratura”. No soy muy riguroso con el término, pero me sirve para agrupar aquellas historias sobre personajes que cansinamente, siempre en primera persona, siempre presas de la angustia y la ansiedad, reflexionan largo y tendido sobre la escritura. En otro montón, los dramones. Amores imposibles, amores perdidos, ausencias familiares. Narraciones deudoras del realismo decimonónico, y de la tópica expresión amorosa. En un tercero, las de argumento llamativo: nada de historias en primera persona, nada de llantos. Aquí cabe el drama social, las aventuras en paisajes que no conozco, o las novelas que por su precisión lingüística me suponen un reto a la hora de interpretarlas. Un cuarto montón, el último, queda para aquellas novelas que no sé por dónde van a tirar. Normalmente, son las primeras que aparto, pero les doy una oportunidad.

Pero dicha oportunidad no pasa de las 25 páginas, un cuarto de la extensión máxima permitida. Suficiente para saber si el ritmo es bueno, si los personajes prometen un desarrollo apropiado, si las florituras de estilo están justificadas; si el relato me engancha, a fin de cuentas. Esta es la segunda selección, y la más lenta. Aparto a aquellos aspirantes relamidos, en los que una expresión abotargada y sobrehinchada no corresponde con un contenido simple, o en los que lo que se expresa no avanza, no existe progresión, o hay fallos graves de perspectiva o voz de los personajes.

La tercera selección, y la más difícil, la realizo sobre las finalistas. Solo una gana. Y, generalmente, es aquella que más me haya llegado.

Y digo yo qué clase de criterio es este. Relego la selección a mi criterio personal y subjetivo. A mis circunstancias particulares, por las que prefiero egoístamente un tipo de relato sobre otros. A mi formación, que elitistamente me influye para seleccionar textos “bien escritos”, sin hacerme parar a reflexionar qué puñetas significa eso. A que la elegida será la que “me llega”, y no sé cómo narices explicar en qué consiste.

Más difícil se me hace cuando me doy cuenta de que mi novela, esa que terminé hace tiempo y que aún no he acabado, ese cuento alegórico no pasaría mis propios criterios de calidad. Su temática (una extraña mezcla entre El ángel exterminador, La sirena varada y La máscara de la muerte roja) no conectaría con muchos jurados. Su lenguaje es barroco y recargado, y dudo que sea evidente que lo utilizo con intención expresa, porque los personajes y el mundo en el que se mueven son exagerados, aparentes y obscenos. Y su progresión es lenta, sin ningún suceso impactante que abra la narración, porque prefiero que todo fluya muy despacio, hasta un final abrupto y aterrador.

De todos modos, dudo que algún día presente mi proyecto (porque lo acabaré, eso lo juro) a este concurso, o a alguno parecido. No sé por qué cauces lo difundiré. No sé si conseguiré que otro evaluador, tan egoísta e ilógico como yo, lo acepte. No sé si debo aspirar a escribir algo “general” o “universal”, ni sé cómo conseguirlo. En cualquier caso, un concurso literario funciona así: en confiar en el criterio azaroso y particular de un tipo que no te conoce, y al que no le importan en absoluto tus pomposas citas de clásicos literarios con las que abres tu obra, o tus múltiples agradecimientos a difuntos y otros seres queridos. Que se deja llevar por “la buena presentación”, que es más fácil de apreciar, y la “buena escritura”, que es mucho más imprecisa. Así que cruza dedos, reza si quieres, y déjalo todo al azar. Y, por favor, sigue escribiendo. No me hagas caso. No dejes de narrar. Sin egocentrismos, pero también con amor propio. Yo, mientras tanto, volveré a ser “dictador”, y a elegir la narración que, al fin y al cabo, me dé la gana.

Hubo un lugar

cc

Cómo no amarte, cómo no odiarte. Cómo no detestar tu conformismo, cómo no maravillarme ante tu tesoro. Cómo no recrearme en el delicioso y sorprendente juego de cambiar de piel y mirada, y tratar de contemplarte con los ojos del que no te conoce, para así redescubrir las joyas que conforman tu ser y que no puedes ocultar. Cómo no aborrecer el exitoso esfuerzo de quienes por vagancia te dejan languidecer y hundirte en tu solaz, víctima de la desidia y la desinformación, de la desgana y el desengaño.

Cómo no desear, por tanto, huir de ti, huir de aquí, de esta cuna de sinsabores y escenario de tropiezos. Pero también teatro de mis alegrías y telón de victorias que, cada vez que narre, y construya así mi pasado y realidad en la narración, siempre te tendrán como inevitable punto del espacio donde se cantó al éxito. Cómo te echaré de menos, entonces, cuando no esté. Siempre te tendré encima, que no dentro, que no al lado, porque en ti he ambientado mis tequieros, mis anhelos, mis suspiros, mis llantos, mis obsesiones, mis estupideces, mis quizás. Todo sueño que me he planteado ha sido siempre en oposición a ti, que me los has limitado. Todo desencuentro ha sido culpa tuya, que lo has propiciado. Dejaré aquí los abrazos con los amigos, las copas de desahogo, las primeras veces en todo, y las experiencias que me hicieron profesional. Dejaré aquí también los personalismos, las confrontaciones y la toxicidad de propios y ajenos, de mis propias inseguridades y de las obsesiones y trabas de otros.

Y volveré, porque “vivir es ver volver”. “Volver, pasados los años, a la felicidad”, para así comprobar que nada ha cambiado. Porque tienes esa cualidad, por ser políticamente correcto, de regodearte en tu inmovilidad, y considerar que es tu valor intrínseco y digno de aplauso y orgullo. Crees que basta con la fachada del festival, la aprobación oficiosa y la innovación de titular. Tratas como orgullo ser oriundo de toda la vida de tus inertes calles, y cultivas con desparpajo un resquemor continuo entre todos aquellos hijos tuyos a los que amarras y no pueden sino maldecirte, porque no pueden huir, pero tampoco dejar de necesitarte, y por tanto de odiarte. Y nadie hará nunca nada para cambiarte: hasta ahí llega tu poder de petrificar a quienes una vez se acurrucaron en tus brazos.

Así que cómo no odiarte, y cómo no amarte. Cómo no sentir por ti un cariño enorme, si eres la madre de toda mi vida, y sin ti no hubiese llegado a nada. Cómo no estar harto de tus hipocresías, si no me dejas llegar adonde quiero. Demasiado pronto me he dejado engatusar por tu promesa de lugar de descanso para una vida frenética. Demasiado pronto he asumido que no es mal destino convertirte en mi ciudad de paso y descanso. Seré imbécil: solo disfrazaba la cruda lección de realidad que ha supuesto contrastarte con las maravillas que el exterior me lanza solo con poner un pie fuera. Palideces en comparación con el resto, lo sabes. Pero ni te inmutas. Ni siquiera te hubiese reducido a ser solo un lugar de transbordo de no ser porque tú misma me empujaste a marchar, aunque fuese solo temporalmente. Y así he acumulado viajes, muchos viajes desde la última vez que te escribí. Por placer, por profesión. Aventuro más, y estoy deseando que lleguen. Y pasen, y me hagan reafirmarme en cuánto necesito tenerte lejos, para después encontrarte siempre aquí, cerca, disponible, y con los brazos abiertos, encantada de que uno de los tuyos vuelva al redil.

Solo espero que esta huida hacia adelante, siempre adelante, hacia el origen, hacia ti, no vuelva a verse bloqueada por los azares, vaivenes y obligaciones de la vida. Ingenuo de mí, fui demasiado impetuoso al suponer que me iría. Torpe de mí, aún sigo creyendo que lo haré de forma definitiva. Pero lo cierto es que acabaré saliendo de ti. De tus límites y tus piedras viejas, de tu aburrimiento y vida acomodada que se hace pasar por buena. No es este el momento de resignarme. No, cuando se multiplican los dramas de los que no puedo escapar mientras esté dentro de ti. Tú, Ciconia, Vetusta al Extremo del Duero, Norba del César. Sé, por favor, y por una vez, el lugar de lo que fue, y no de lo que será en un presente continuo, eterno y agotador.

Iconos de arcilla

bowie-berlin

Hace un año nos dejó el Camaleón. Pueden acusarme de oportunista, sentimentaloide o aparente, porque al fin y al cabo jamás lo conocí y estoy montando un teatro lastimero con algo que me es ajeno. Pero yo no lo veo así. En estos días, donde se afea a una actriz que haya usado una recogida de un premio como palestra para criticar a un político (nadie se plantea el contenido de esa justa crítica, me temo), el valor sentimental y público del arte queda aún más expuesto y demostrado. No podemos negarle al arte la importancia que tiene como motor de nuestras vidas. La ficción nos arroja a la cara una visión crítica de nuestra realidad. Incluso los productos más en apariencia inofensivos, como aquellos que buscan el entretenimiento, esconden, con mayor o menor malicia, una interpretación de la realidad muy intencionada. El artista puede y debe tomar posición ante todo. Aunque no lo desee, es partícipe del juego de plasmar formas de entender la realidad. Y, desde esa posición, debe ser siempre consciente de que su actividad es pública, y puede impactar emocionalmente a mucha gente.

Por eso mismo, el año que acabamos de dejar atrás ha sido muy duro.

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