Hubo un lugar

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Cómo no amarte, cómo no odiarte. Cómo no detestar tu conformismo, cómo no maravillarme ante tu tesoro. Cómo no recrearme en el delicioso y sorprendente juego de cambiar de piel y mirada, y tratar de contemplarte con los ojos del que no te conoce, para así redescubrir las joyas que conforman tu ser y que no puedes ocultar. Cómo no aborrecer el exitoso esfuerzo de quienes por vagancia te dejan languidecer y hundirte en tu solaz, víctima de la desidia y la desinformación, de la desgana y el desengaño.

Cómo no desear, por tanto, huir de ti, huir de aquí, de esta cuna de sinsabores y escenario de tropiezos. Pero también teatro de mis alegrías y telón de victorias que, cada vez que narre, y construya así mi pasado y realidad en la narración, siempre te tendrán como inevitable punto del espacio donde se cantó al éxito. Cómo te echaré de menos, entonces, cuando no esté. Siempre te tendré encima, que no dentro, que no al lado, porque en ti he ambientado mis tequieros, mis anhelos, mis suspiros, mis llantos, mis obsesiones, mis estupideces, mis quizás. Todo sueño que me he planteado ha sido siempre en oposición a ti, que me los has limitado. Todo desencuentro ha sido culpa tuya, que lo has propiciado. Dejaré aquí los abrazos con los amigos, las copas de desahogo, las primeras veces en todo, y las experiencias que me hicieron profesional. Dejaré aquí también los personalismos, las confrontaciones y la toxicidad de propios y ajenos, de mis propias inseguridades y de las obsesiones y trabas de otros.

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Los sabios del emperador Constantino

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Vía elperiodico.com

Me plantea problemas el artículo Los godos del emperador Valente, de Arturo Pérez-Reverte. Autor, por otra parte, al que sigo reconociendo como excelente escritor de folletín histórico y narrador de la guerra. Al que estoy enganchado en su actitud de polemista sin tapujos. Y al que considero interesante y merecedor de lectura, para bien o para mal, en su faceta de divulgador histórico. Pero con el que discrepo, y cada vez más, en su pretensión de adivino historicista. Pérez-Reverte no es historiador. Él mismo lo reconoce. Su formación autodidacta pasa, eso sí, por una ingente cantidad de lecturas y una perspectiva comparatista, aderezada por un cinismo galopante, creo yo. Vaya por delante que una parte de mí no puede sino darle la razón en su destripamiento de los vicios timoratos de Occidente. Pero anhelo, tras el festín de sangre y complejos, que aporte alguna solución. No la encuentro. Solo veo futuros abismales. Una visión controvertida de alguien a quien mis amigos de derechas tachan de rojo, aunque coincidan en sus planteamientos más puristas, y a quien mis amigos de izquierdas tachan de facha, aunque le aplauden por antisistema. Controvertida, digo, porque revela su falta de metodología investigadora.

La Historia, como cualquier saber humanístico, no puede ser predictiva. Intentarlo supone caer en un dogmatismo superficial que nos lleva únicamente a la incomprensión. La predicción es arriesgada, y anula interesadamente todos los pequeños imprevistos, las casualidades, las individualidades, las impredecibles corrientes de acción-reacción que rigen a todos los individuos humanos que con sus acciones escriben los acontecimientos históricos. Solo eso, y no es poco, impide el establecimiento científico de leyes históricas de obligado cumplimiento. La historia puede reproducirse, pues el sentir humano responde siempre a las mismas bases emocionales, las mismas inquietudes, las mismas necesidades. Pero jamás repetirse: el eterno ciclo es una falacia limitada en su concepción, más aún en su ejecución. Y, más aún, es una falacia peligrosa, pues puede llevarnos a la ciega tergiversación.

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Soñar en los tiempos de Trump

Moonlight

Una película de colores llamativos con un envoltorio de caja de bombones para una época políticamente tumultuosa en la que mejor no pensar, dulce con su puntito amargo de romanticismo naíf, con canciones un poquito cursis e inocuas y escenas de baile prefabricadas que intentan recuperar el gran esplendor del género en el Hollywood clásico a través de la reivindicación de la nostalgia en su vertiente más cool.”

Ganó Moonlight. La La Land vio anoche su sueño frustrado. Conveniente y hasta poética metáfora de su temática en la ficción: puedes triunfar, pero las decepciones enturbiarán tu camino. Un histórico y lamentable error en la entrega del premio -y desde ya exitoso meme de Internet- puso el broche más tristemente adecuado a una película que, sin llegar a perder (6 Oscar no son desdeñables, ni mucho menos), sí ha sido derrotada en su propio campo. En el de los sueños rotos.

Lo ocurrido anoche confirmó tres tendencias. Moonlight remataba su imparable y poco sorprendente ascenso en la campaña de premios: nunca dejó de estar entre las favoritas. La Academia, visto lo visto en los últimos años, se ha decidido por el reparto a lo bruto en momentos de indecisión: desde la ceremonia de 2012, solo Birdman acumuló los premios a Película y Director. Y, en esto de los Oscar, la quiniela no se decide hasta el último momento. Siempre hay factores impredecibles que pueden dar un vuelco a una noche que peca por lo general de previsible.

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Tarde para el perdón

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Vía rtve.es

Estoy seguro de que pocos de los que ayer vomitaban bilis rencorosa contra la gala de los Goya no han visto ni tienen intenciones de ver la película ganadora, Tarde para la ira. Total: parece más fácil la hostil indiferencia contra una industria cinematográfica nacional reducida a “putas, rojas, maricones y la guerra del abuelo, qué asco de Almodóvar”.

Ignorando, con semejante sermón, que en los últimos diez años no ha habido Almodóvar y sí la confirmación de una fabulosa tendencia al alza de nuevas voces. Celda 211, No habrá paz para los malvados y La isla mínima ahora comparten podio con Tarde para la ira: se reafirma el cine negro, en un año 2016 en el que también hemos tenido El hombre de las mil caras y Que Dios nos perdone. Diez años que también han visto el asentamiento del drama cotidiano con Vivir es fácil con los ojos cerrados, A cambio de nada, Truman, etc., y del cine experimental con apuestas tan arriesgadas como La novia o Blancanieves. Nos hemos adentrado incluso en las superproducciones, con un incansable Bayona que arrasaba con Lo imposible y Un monstruo viene a verme. Hasta es buena noticia que la comedia costumbrista haya vuelto a triunfar sin complejos con los apellidos vasco-catalanes, en un país que siempre la había recibido con los brazos abiertos.

Pero no. Putas, rojos, maricones. Al hoyo.

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Iconos de arcilla

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Hace un año nos dejó el Camaleón. Pueden acusarme de oportunista, sentimentaloide o aparente, porque al fin y al cabo jamás lo conocí y estoy montando un teatro lastimero con algo que me es ajeno. Pero yo no lo veo así. En estos días, donde se afea a una actriz que haya usado una recogida de un premio como palestra para criticar a un político (nadie se plantea el contenido de esa justa crítica, me temo), el valor sentimental y público del arte queda aún más expuesto y demostrado. No podemos negarle al arte la importancia que tiene como motor de nuestras vidas. La ficción nos arroja a la cara una visión crítica de nuestra realidad. Incluso los productos más en apariencia inofensivos, como aquellos que buscan el entretenimiento, esconden, con mayor o menor malicia, una interpretación de la realidad muy intencionada. El artista puede y debe tomar posición ante todo. Aunque no lo desee, es partícipe del juego de plasmar formas de entender la realidad. Y, desde esa posición, debe ser siempre consciente de que su actividad es pública, y puede impactar emocionalmente a mucha gente.

Por eso mismo, el año que acabamos de dejar atrás ha sido muy duro.

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