En el límite

Escribí este borrador hace unas semanas. Antes de Charlotesville. Antes de que grupos neo-nazis (nada de gilipolleces de “supremacistas blancos” o “derecha alternativa”: son nazis) asaltaran una ciudad de EEUU en una versión retorcida de lo que en España denominaríamos “protestas contra la Ley de Memoria Histórica”. Retorcida, retrógrada, cruel, incoherente y vomitiva. Hemos contemplado atónitos y aterrados múltiples escenas calcadas de las infaustas marchas nazis de los años 30. Ha habido víctimas a manos de esos nazis. Y el presidente de los EEUU no solo tardó 48 horas en condenar tales muertes -cosa por la que JAMÁS debemos felicitarle, porque es su maldita obligación-. Anoche mismo lo hemos visto desdecirse de su condena. Denunciar la violencia en “ambos lados”, nazis “no tan nazis” y antifascistas “armados y peligrosos”. Tanto da que esos nazis vociferasen MUERTE contra negros, judíos y homosexuales, impunemente, antorchas en mano, heraldos del miedo. Tanto da que esas tres víctimas no fuesen parte de los antifascistas armados. Y me gustaría saber hasta cuándo. Hasta cuándo vamos a soportar a este subnormal -en el sentido ABSOLUTO del término- como representante absoluto del país más poderoso del mundo, y por tanto primera voz de autoridad de esa basura racista y odiosa que dejó que le aupara al poder y que no pretende socavar aunque en el fondo no la comprenda. Mantengo este borrador tal cual. Me parece relevante en perspectiva y contraste: la realidad siempre supera a la ficción, me temo, y en apenas unas semanas hemos podido comprobar que, por desgracia, todo puede ir a peor. Aunque jamás pensé que llegaría a ver en la realidad una ficción tan inverosímil. El señor feudal sigue en su trono de hierro. Las normas de la decencia que dictan que debe ser expulsado a patadas no se van a cumplir porque él está demostrando con su chabacanería que son inútiles. Así que, hasta cuándo vamos a tener que soportar este discurso zafio, que jalea el odio visceral de su puñado de palmeros oligofrénicos que confunden la determinación con la socarronería, la fuerza del general con la chulería del matón de barrio. Que ante los balbuceos insultantes del Líder contra la prensa responden con berridos de celebración. “¡Oh, Dios mío! ¡Lo ha hecho! ¡Ha callado su puta boca! ¡Sí, joder, los ha hundido, los ha humillado! ¡Vamos, Presidente, Dios te bendiga!” Pues sí, idiotas. Lo ha hecho. Ha vuelto a demostrar que es un indecente, no un líder férreo e imperturbable. Hasta cuándo vamos a tener que soportar estas imbecilidades. Hasta cuándo va a aguantar un sistema político el tener como cara visible a un hombre que, en su egoísmo feudal, está torpedeando la imagen de toda una nación. Y cuándo ocurrirá, si es que ocurre -deseo que sí-. Que el propio sistema fagocite a este payaso, porque, sencillamente, no podrá aguantar con él al cargo. Cuándo el sistema se dará cuenta de que ya es hora de que se aplique su teoría y haga lo que tiene que hacer: poner frenos incluso al hombre más poderoso del mundo. Pero mañana será otro día, las barbaridades de ayer se convertirán en una “salida de tono” pasajera, y esperaremos, insensibilizados del todo, a la próxima payasada del circo.

No sé si Blue Bloods (Familia de policías) aguantaría un análisis concienzudo de tipo ético. Si bajo su apariencia de fábula moral no se esconde un discurso discutible. El otro día, en su primer capítulo, vi cómo uno de sus protagonistas se alegraba de que un pederasta seguramente acabase condenado a muerte. Supe en ese momento que ese tipo de moraleja, anclada en una tradición mental tan alejada a mí como es la estadounidense, siempre tendrá un límite que no podré traspasar. Pero al mismo tiempo son numerosas las ocasiones en que las vicisitudes de la católica familia Reagan, por muy discutibles que me parezcan, me obligan a asentir. No comparto la visión violenta y tajante del hijo mayor, sargento de la policía. Me aferro ingenuo a la postura legalista de la hija, fiscal. Me da pena comprobar cómo el hijo menor, agente de policía, poco a poco abandona su idealismo ante el crimen perpetrado por minorías raciales, convirtiéndose en un cínico en quien confío aun así que esté libre de estrechez de miras. No puedo seguir al 100% al afable abuelo, pues su mentalidad antigua dista de la mía. Y desearía estar siempre del lado del pragmático padre de familia, comisario de Nueva York, falible, consciente siempre de la realidad, y no por ello cegado por la intolerancia, siempre dispuesto a la compasión, aunque ello tal vez derive en condescendencia en muchas ocasiones. En resumen: que cada vez que encuentro un capítulo en la televisión, lo veo. En ocasiones, dos o tres seguidos. Blue Bloods tal vez no sea una de las grandes series de la parrilla actual, pero nos habla de nuestro día a día, y siempre me deja alguna pregunta pendiente.

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Soñar en los tiempos de Trump

Moonlight

Una película de colores llamativos con un envoltorio de caja de bombones para una época políticamente tumultuosa en la que mejor no pensar, dulce con su puntito amargo de romanticismo naíf, con canciones un poquito cursis e inocuas y escenas de baile prefabricadas que intentan recuperar el gran esplendor del género en el Hollywood clásico a través de la reivindicación de la nostalgia en su vertiente más cool.”

Ganó Moonlight. La La Land vio anoche su sueño frustrado. Conveniente y hasta poética metáfora de su temática en la ficción: puedes triunfar, pero las decepciones enturbiarán tu camino. Un histórico y lamentable error en la entrega del premio -y desde ya exitoso meme de Internet- puso el broche más tristemente adecuado a una película que, sin llegar a perder (6 Oscar no son desdeñables, ni mucho menos), sí ha sido derrotada en su propio campo. En el de los sueños rotos.

Lo ocurrido anoche confirmó tres tendencias. Moonlight remataba su imparable y poco sorprendente ascenso en la campaña de premios: nunca dejó de estar entre las favoritas. La Academia, visto lo visto en los últimos años, se ha decidido por el reparto a lo bruto en momentos de indecisión: desde la ceremonia de 2012, solo Birdman acumuló los premios a Película y Director. Y, en esto de los Oscar, la quiniela no se decide hasta el último momento. Siempre hay factores impredecibles que pueden dar un vuelco a una noche que peca por lo general de previsible.

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